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¡Ya tenemos nuestro propio Ezra!

A propósito de la intención dominicana de poner en orden nuestra casa con el asunto de los inmigrantes irregulares o residentes ilegales, mayormente haitianos, grupos con interés distinto entre los cuales muy pocos actúan de buena fe, están denigrando a la República Dominicana acusándonos de xenofobia, de anti-haitianos, de violadores de derechos humanos y hasta nos han comparado con los nazis.

El novelista Junot Díaz –destilando un penoso resentimiento social- ha llegado a decir que tenemos campos de concentración, que existe un estado de terror generalizado, que los dominicanos merecemos toda clase de repudio moral y sanciones estatales…

La xenofobia, o sea odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros, difícilmente podría considerarse característica de los dominicanos, líderes regionales en el negocio de la hospitalidad, o turismo, de la inversión foránea y además proverbiales devotos de casi todo lo exótico. Al alegato de “anti-haitianos” podría oponerse la argucia de atribuirle a ellos ser “anti-dominicanos”, lo cual no ayudaría mucho a dilucidar la cuestión. Que violemos derechos humanos como política de Estado es un absurdo a todas luces insostenible, aún cuando es innegable que ha habido abusos ocasionales como podría ocurrir hasta en Austria, patria del célebre y visceral anti-gringo Sigmund Freud. ¿Nazis nosotros los dominicanos? Ni como chiste…

En su discurso en Centroamerica el viernes pasado el Presidente Medina hizo una magistral exposición del interés dominicano en la regularización interna de la cuestión de los inmigrantes a la nación dominicana.

Opuesto a la inexistente xenofobia dominicana, sí está tomando cuerpo un fenómeno propio de seres sin arraigo ni mucha comprensión de una identidad que no pueden asumir por carecer de herramientas culturales. Se trata de dominicanos, o hijos de emigrados dominicanos, que de manera reiterativa y sin mayor base que su emotividad o inadaptación social, manifiestan temor y odio hacia su propio pueblo y su historia y su cultura. Ese rechazo de la esencia nacional es la “oikofobia”, neologismo que denota su categorización como fenómeno social y psicológico. Uno de los casos más notorios es el citado del laureado autor Junot Díaz, estadounidense de origen dominicano.

Díaz, nacido en Santo Domingo pero cuya madre emigró con él a New Jersey cuando él tenía apenas seis años de edad en 1974, escribe en inglés, tiene pasaporte estadounidense, es profesor de literatura en el Massachussetts Institute of Technology, ganó en el 2008 el premio Pulitzer por su novela “La breve vida maravillosa de Oscar Wao”. Es lo que llaman una “celebridad” literaria. Políticamente, ha puesto su fama al servicio del lobby haitiano que no pierde oportunidad para desacreditar a la República Dominicana.

Por ejemplo, hace pocos días en Miami un puñado de activistas liderados por Junot y su reincidente colega haitiana Edwidge Danticat protagonizaron una marcha “convocando a una serie de protestas contra la deportación de migrantes desde la República Dominicana”, según The Associated Press. El minúsculo mitin buscaba promover “presiones políticas, boicoteo al turismo y contra el consumo de productos como el azúcar dominicano” en supuesto apoyo de las claques haitianas que se oponen al plan dominicano de regularización de la inmigración.

La oikofobia ha ido definiéndose como fenómeno desde que la llamada generación perdida de literatos estadounidenses refugiados en Europa comenzó a dar muestras de un acentuado anti-americanismo, parecido al manifestado décadas antes por franceses como el obispo Talleyrand o ingleses como el escritor Dickens. Que éstos fuesen asiduos críticos o mordaces censores de la cultura estadounidense no resultaba para nada extraño. Sartre, Ortega y Gasset, y los alemanes de principios del siglo XX profesaban un anti-americanismo que podía explicarse o hasta entenderse pues no eran ellos mismos estadounidenses. Pero el anti-americanismo de algunos propios americanos con cierta fama o renombre alcanzó su cénit con Ezra Pound, quien pasó de condenar a la usura y el capitalismo a elogiar a Mussolini y Hitler en arengas radiofónicas. Pese a su genialidad literaria, Pound terminó más loco que Chochueca, interno en hospitales psiquiátricos.

En el caso de las descabelladas propuestas de los escritores Danticat y Díaz en sus vitriólicas diatribas anti-dominicanas, ¿contribuirían positivamente a mejorar cualquier cosa dominicana o haitiana el que a nuestro país los Estados Unidos lo sometan a mayores presiones políticas, a un boicot al turismo o a nuestras exportaciones como el azúcar? Parecen ideas salidas de la cabeza de un Ezra Pound redivivo. El resentimiento social, la pena o dolor por asumirse como un marginado, la confusión cultural y similares resquemores son esenciales del alma de los personajes de Díaz. Evidentemente ese revoltillo emocional no es sólo de sus ficciones.

Algunos autores como Revel creen que la oikofobia comenzó como un rechazo a la organización social propia del capitalismo, pero otros sociólogos señalan cómo en la antigua Unión Soviética y en China, disidentes del totalitarismo opuestos por igual al capitalismo podían categorizarse como “oikofobos” por su animadversión a los valores culturales e intereses de sus propias patrias.

Díaz dijo a la prensa que a su juicio la capital dominicana ha estado en los últimos días “en un estado de terror” al culminar el plazo del plan de regularización para inmigrantes y que “quienes critican al gobierno están recibiendo amenazas de muerte y llevando a sus familias a ocultarse”. ¡Wao!

“He estado trabajando para identificar como objetivos (“targeting”) a todos los autores intelectuales de esto, no sólo identificándolos sino también boicoteando y buscando la manera de interrumpir su acceso a su fácil privilegio aquí en los Estados Unidos. Hay muchos de nosotros que estamos poniendo mucho dinero en los bolsillos de estos corruptos seres humanos y hay que realizar preguntas a un nivel personal y organizacional”, declaró Díaz a The Associated Press. ¡Ay, si Mundito coge un mandito!

Los dominicanos nos salvamos. Nos faltarán muchas otras cosas pero ya contamos con nuestro propio “oikofobo” de lujo, un Ezra Pound caribeño que se dice dominicano aunque apenas machaque pocas palabras en castellano, la dulce lengua que tantos haitianos buscan escuchar en nuestra República Dominicana.

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