Experta llama a fortalecer programas de apoyo psicológico para víctimas de relaciones tóxicas en la región.
Experta llama a fortalecer programas de apoyo psicológico para víctimas de relaciones tóxicas en la región.
Santo Domingo.– Las relaciones de pareja suelen asociarse con compañía, afecto y crecimiento conjunto. Sin embargo, cuando la dinámica se distorsiona y uno de los miembros empieza a sentirse minimizado, controlado o emocionalmente agotado, surge una realidad que muchas veces se esconde detrás de la palabra “amor”: la toxicidad.
Para la psicóloga clínica y terapeuta sexual de pareja Virginia Pérez, una relación tóxica no solo afecta el equilibrio emocional, sino también tiene repercusiones en la vida sexual, la identidad y la estabilidad psicológica de quienes la viven.
Desde una perspectiva emocional y sexual, Pérez explica que una relación tóxica es aquella marcada por el desequilibrio y la desigualdad. Puede existir abuso físico, emocional o psicológico, manipulación, falta de transparencia y una comunicación deficiente que deteriora la autoestima.
En este tipo de relaciones, el deseo sexual también puede verse afectado: puede aumentar por dependencia emocional o disminuir drásticamente por miedo, estrés o desgaste psicológico. Ambos extremos son señales de alarma que no deben ignorarse.
El inicio de una relación tóxica rara vez es evidente. Muchas veces comienza con gestos que pueden parecer protectores o apasionados, como querer saber todo lo que haces, con quién hablas o dónde estás.
Otras señales tempranas incluyen críticas disfrazadas de “consejos”, bromas hirientes que se repiten, falta de disposición para dialogar o resolver problemas, y la constante sensación de que tus emociones son invalidadas. Estas señales suelen ignorarse porque aparecen gradualmente, intercaladas con momentos de afecto o disculpas que confunden y suavizan el impacto del maltrato.
La especialista enfatiza que muchas personas normalizan estas conductas porque crecieron en entornos donde los conflictos constantes o la desvalorización eran parte de la dinámica familiar. Esto hace que, inconscientemente, repitan patrones que consideran “normales”, aunque en realidad son profundamente dañinos.
Uno de los aspectos más complejos de una relación tóxica es que, mientras más avanza, más difícil es reconocerla. Pérez explica que esto se debe al apego emocional, al miedo al cambio y a la manipulación sutil que muchas personas ejercen sobre su pareja.
Frases como “sin mí no eres nada”, “nadie más te va a querer”, o “si te vas, yo me destruyo” pueden tener un efecto psicológico devastador. Estas expresiones buscan generar culpa, miedo y una dependencia emocional que ata a la víctima incluso cuando reconoce que algo está mal.
La toxicidad también se vuelve difusa porque las personas suelen aferrarse a los momentos buenos, que funcionan como “refuerzo intermitente”: pequeños episodios de cariño o calma que hacen creer que todo puede mejorar, aunque la violencia vuelva más adelante. Este vaivén emocional agota, confunde y atrapa.
La baja autoestima es uno de los factores más determinantes en la permanencia dentro de una relación que hace daño. Quien se siente insuficiente, poco valioso o incapaz de ser amado tiende a tolerar más de lo que debería.
Pérez destaca que estas personas suelen justificar el comportamiento de su pareja, minimizar la violencia o convencerse de que “todo el mundo tiene problemas”.
También existe el miedo a empezar de cero, a no encontrar a alguien más o a pensar que “ninguna relación es perfecta”.
Esta visión distorsionada favorece que la víctima permanezca dentro del ciclo tóxico, creyendo que el problema se resolverá con tiempo o esfuerzos individuales, cuando lo cierto es que la pareja debe trabajar en conjunto para sanar.
La psicóloga indica que alrededor del 80 % de los casos que recibe en consulta presentan algún grado de toxicidad. Esto revela una realidad social preocupante: muchas personas desconocen los límites sanos en una relación o han aprendido a amar desde la carencia, no desde la salud emocional.
En algunos casos, incluso la sociedad fomenta la normalización del control o los celos, interpretándolos como muestras de amor, cuando en realidad son señales de inseguridad, dependencia y falta de manejo emocional.
Pérez subraya que cortar con la toxicidad no ocurre de un día para otro. Es un proceso que requiere valentía, claridad y apoyo emocional. Entre sus recomendaciones, destaca:
Aceptar que la relación no es sana es el primer gran paso. No se puede cambiar lo que no se admite.
La comunicación es fundamental, incluso cuando es incómoda. Expresar necesidades, emociones y límites puede marcar un antes y un después.
Aprender a decir “esto no lo acepto” o “esto me hace daño” es un acto de amor propio. Los límites protegen tu bienestar emocional y ayudan a frenar dinámicas abusivas.
La terapia ayuda a identificar patrones inconscientes, sanar heridas previas, trabajar la autoestima y aprender herramientas para construir relaciones saludables. En casos de violencia, además, el acompañamiento profesional es fundamental para elaborar un plan seguro de salida.
Para Virginia Pérez, la mayor enseñanza es clara: el amor debe ser un espacio de paz, respeto y crecimiento. Cuando una relación erosiona tu identidad, apaga tu voz o te hace vivir en constante ansiedad, es momento de reevaluar.
Las relaciones tóxicas no son una condena; son una señal de que necesitas mirarte, fortalecer tu valor propio y tomar decisiones que te permitan vivir en plenitud. Salir de ese ciclo no es un fracaso, sino un acto profundo de valentía.