Cuando los pobres lloran, cantan y aplauden

¿Cuánto cuestan para un rico unas lentes recetadas? Lo que disponga la moda.

¿Y para un pobre? La vida, aunque sean baratas. Y si regaladas, eterna gratitud.

Frente al cadáver del polifacético Freddy Beras Goico, en el funeral público instalado frente al palacio de Bellas Artes, una anciana indigente lloraba desconsolada y, bañada en lágrimas, le reclamaba a Dios la decisión de llevárselo tan temprano. Gritaba a toda garganta ante las cámaras que él, Freddy, fue su vida porque le había regalado los primeros anteojos.

Seguro que ella tiene un nombre. Pero nadie se lo preguntó. Poco importaba eso, si carecía de abolengo y fama; si solo era una mujer de barrio que, sin dejarse vencer por las dolencias de su anochecer ni por la falta de pasaje, quiso decir adiós a quien alguna vez le tendió la mano.

El sábado, hasta las seis de la tarde, varios miles de personas desfilaron ante el ataúd del más afamado humorista, animador, presentador y productor de la televisión dominicana de entretenimiento y asistencia social. Había fallecido en la víspera de sus 70 años, el jueves 18 de noviembre a las 4 de la madrugada (3, hora de Nueva York), luego de cuatro años de soportar un cáncer de páncreas.

Y en ese océano de gentes, hubo de todo: desde simples curiosos hasta figureo político y artístico. En este panorama, la mejor calificación la obtuvieron, no obstante, los centenares de precarizados que, con su asistencia, desafiándolo todo, dieron cátedra de verdadera gratitud.

Como la madre de Paola. Mujer hermosa, mulata, joven, con un manto de cabello negro y lacio al cuello, quien se abrió paso entre la multitud y llegó con su hija de unos ocho años sobre los hombros.

Ya frente el féretro, la bajó, y la niña, bella como su madre, demostró que ya puede caminar, aunque con dificultades motoras. “Mira a Paola, Freddy, mírala; ella está viva por ti; ella camina por ti”, gritaba y gritaba mientras retomaba a su criatura y la cámara le quitaba el foco.

Seguía el desfile. Otras Paola y Juancito Pérez llegaban. Pese a la lluvia.

Vi a un anciano que solo atinó a decir: “Dios necesitaba un humorista allá en el cielo”. Vi a un adulto: “Vine a agradecerte porque hace 27 años me ayudaste a que a mi padre le hicieran una operación de corazón abierto.

Sin tu ayuda, estuviera muerto, porque de otra forma no se podía”. Vi a niños y niñas que cantaron y aplaudieron porque viven hoy gracias a su ayuda. Vi a jóvenes que crecieron y alcanzaron metas por gestiones de él… Al fondo, la sinceridad brotaba a borbotones y opacaba la hipocresía de unos cuantos encorbatados con gafas oscuras de finas marcas.

En el pódium, sin embargo, nadie habló a nombre de los sin voz, aunque lucían en franca mayoría y sus lágrimas no eran cocodrilo; aunque hubo algunos chanches para chispazos de figureo mediático de encumbrados.

Pero el humorista y diputado Luisín Jiménez, desde la tribuna, rompió la rutina de poses y halagos discursivos, evacuados sin miramientos a casi todo el que se muere. Tras agradecer la ayuda que Freddy le brindó, expresó con rectitud: “Murió avergonzado por la descomposición moral que sufre la sociedad dominicana… No soportó la podredumbre; no lo mató el cáncer, lo mató la vergüenza… Si él se hubiera quedado tranquilo, descansando, no se hubiera muerto… Soy diputado por él, seguiré su ejemplo”.

Al filo de las 7 de la noche, Corporán de los Santos, otro icono de la televisión social, redifundía por Color Visión un homenaje que pocos días antes del deceso le había hecho al artista en su programa “Sábado de Corporán”. En una de las repetidas gracias, con su inseparable humor, Beras Goico le enrostró a su colega el que solo buscara a sus amigos para que hablaran bien en el reconocimiento. “Pero yo te puedo dar una lista de los otros (para equilibrar)”, ironizó y rió.

Y esos otros no son los pobres. Porque éstos, en general, cuando lloran, cantan y aplauden, lo hacen de buena gana, aunque luzcan desaliñados y enseñen sus dentaduras cariadas. Quizás porque han aprendido que los ingratos son desmemoriados.

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