El apetito, el deseo y el orden Humano

El consejo ancestral sobre el cuidado personal refleja la importancia de la responsabilidad femenina en el destino familiar.

Santo Domingo.– El apetito es una de las primeras señales de la vida. Antes de la palabra, antes de la conciencia, el cuerpo aprende a pedir. 

El hambre no es un vicio: es un mensaje.

Dice que el organismo necesita alimento para sostenerse, para mantenerse en pie frente al desgaste del tiempo. Comer, en su origen, es un acto de conservación.

Pero desde que el ser humano dejó de vivir únicamente por instinto y comenzó a organizar su existencia en comunidad, entendió algo fundamental: no todo lo que se puede hacer debe hacerse sin medida. 

El exceso, incluso en lo necesario, termina convirtiéndose en amenaza. Comer sin hambre enferma; beber sin sed degrada; repetir sin límite destruye.

Con el estímulo sexual ocurre algo semejante, aunque con consecuencias mucho más profundas.

El deseo no es un enemigo del amor; es su aperitivo natural

Es la llamada inicial, la chispa que despierta la atracción entre el hombre y la mujer y que, cuando encuentra su cauce, conduce a la unión, a la familia y a la reproducción de la especie en condiciones estables y honorables. Todas las civilizaciones lo supieron, aunque lo expresaran de formas distintas.

El problema no es el deseo. El problema es cuando el deseo deja de servir al amor y pretende gobernarlo. Entonces el estímulo se vuelve impulso ciego, la repetición sustituye al vínculo y el placer deja de construir para comenzar a vaciar. Igual que con la comida: ya no se come para vivir, se vive para comer. Ya no se ama para compartir la vida, se usa al otro para saciar un instante.

Por eso los pueblos antiguos hablaron de templanza. No como negación del cuerpo, sino como gobierno de sí mismo. El exceso nunca fue sinónimo de libertad; siempre fue una forma de esclavitud.

    En ese orden invisible de la vida humana, la experiencia enseñó algo que las teorías modernas a menudo esquivan: la mujer posee un papel decisivo en el control del desorden. No por imposición cultural, sino por realidad biológica, emocional y social. 

    El hombre suele ser impulso; la mujer, filtro. El hombre empuja; la mujer decide. Y de esa decisión nacen historias que pueden durar generaciones o disolverse en el olvido.

    Por eso el abuelo —que no había leído tratados de sociología ni manuales de psicología— aconsejaba a sus nietas con una frase rústica, directa, casi brutal en su sencillez:


    Cuídense el Toto.”

    No hablaba de miedo ni de culpa. Hablaba de control, dignidad y consecuencia. Sabía que en última instancia es la mujer quien abre o cierra la puerta por donde el deseo se convierte en acto, y el acto en destino. 

    Sabía que quien no se cuida, se pierde; y que quien se entrega sin medida termina siendo gobernada por los excesos ajenos.

    Ese consejo encerraba una verdad incómoda para los tiempos modernos: la mujer, cuando se valora, eleva la relación; cuando se desvaloriza, la degrada. No porque sea culpable del desorden, sino porque posee la capacidad real de poner límite. Y donde no hay límite, no hay hogar.

    Por eso ella es, en sentido profundo, la Ama del Hogar. No la sirvienta, no la subordinada, no la figura decorativa. Ama en su sentido original: la que rige, la que custodia, la que preserva

    El hogar no es una casa; es un orden moral. Es el espacio donde el deseo se humaniza, donde el apetito se regula, donde la vida no se consume a sí misma.

    La mujer que se preserva no solo se protege a sí misma: protege la continuidad, protege a los hijos que aún no existen, protege el equilibrio que permite que la familia no se disuelva en impulsos pasajeros. 

    Cuando ese eje se rompe, no se desordena solo una pareja: se desordena la sociedad entera.

    No se trata de poder para dominar, sino de autoridad para preservar. De la misma manera que el fuego necesita contención para dar calor y no incendiar la casa, el deseo necesita límite para dar vida y no destrucción.

    El apetito sostiene la vida.

    El deseo impulsa la unión.

    El exceso, en cambio, conduce al descontrol.

    Y en ese delicado equilibrio entre necesidad y medida, la sabiduría del abuelo —probada por la vida y no por teorías— sigue diciendo lo esencial: quien cuida el origen, cuida el futuro.