Vivimos obsesionados con el tiempo. Lo medimos, lo perdemos, lo administramos, lo tememos.
El tiempo en la Biblia: qué dice la fe sobre el paso de los años
Santo Domingo.- Vivimos obsesionados con el tiempo, lo medimos, lo perdemos, lo administramos, lo tememos; nos angustia en los cumpleaños, nos apura en las agendas y nos persigue en forma de plazos.
Pero la Biblia no empieza preguntando qué hora es, sino quién crea el tiempo, y esa diferencia lo cambia todo.
Desde la fe bíblica, el tiempo no es un enemigo que nos roba la vida, sino un espacio habitado por Dios. No es solo cronología: es historia, promesa, memoria y cumplimiento.
“El principio” no es una fecha: es una decisión divina, cuando el Génesis habla del inicio, no está interesado en calendarios, sino en sentido.
El tiempo nace cuando Dios crea, y por eso nunca es neutro. Cada día de la creación no es solo una unidad temporal, sino un ritmo bendecido, un orden que hace posible la vida.
Aquí aparece ya una clave teológica: el tiempo no nos pertenece, pero nos es confiado. Vivir es responder a ese don.
La Biblia maneja una tensión que sigue siendo actual. Por un lado está el tiempo que pasa el que envejece los cuerpos, marca generaciones y acumula historias. Por otro, está el tiempo de Dios: el momento oportuno, el instante cargado de sentido.
Los profetas lo sabían bien. No anunciaban fechas exactas, sino momentos decisivos.
Cuando la Escritura dice que “llegó el tiempo”, no habla de relojes, sino de madurez, de cumplimiento interior.
Uno de los escándalos bíblicos es la presunta lentitud de Dios. Promesas que tardan generaciones, liberaciones que no llegan cuando se esperan, silencios prolongados.
Abraham envejece esperando, Israel camina años por el desierto, los salmos preguntan una y otra vez: ¿hasta cuándo?
Y, sin embargo, esa demora no es abandono, es pedagogía. El tiempo bíblico forma, purifica, ensancha el corazón. La fe aprende a esperar no porque ignore el dolor, sino porque confía en que la historia no está cerrada.
Con Jesús ocurre algo radical: el tiempo deja de ser solo promesa y se vuelve presencia. No elimina la espera, pero la transforma. El Reino ya no es solo futuro; irrumpe en el ahora.
Jesús vive plenamente insertado en el tiempo humano nace, crece, envejece, muere, y al mismo tiempo lo transfigura. Cada encuentro, cada sanación, cada parábola revela que el tiempo puede ser lugar de salvación. No hace falta huir del presente para encontrar a Dios: basta habitarlo con fe.
La Biblia no idealiza la juventud ni demoniza la vejez. Los años no son solo desgaste: son memoria acumulada, sabiduría encarnada. Moisés comienza su misión siendo anciano. Ana reconoce al Mesías después de una larga espera. El paso del tiempo, en la fe, no es solo decadencia: es profundidad.
En un mundo que teme envejecer, la Biblia propone otra mirada: los años no nos alejan necesariamente de Dios; pueden acercarnos más.
Creer no nos saca del tiempo, nos enseña a vivirlo. A distinguir lo urgente de lo importante. A aceptar que no todo se controla. A confiar en que incluso lo que parece tardar puede estar gestándose.