La Programación por “Vibra”: Cuando la Inteligencia Artificial Comenzó a Pensar por Nosotros

La accesibilidad a herramientas técnicas crece, permitiendo a usuarios sin formación especializada crear soluciones informáticas.

Santo Domingo.– Hay momentos en la historia en que una escena aparentemente trivial revela un cambio civilizatorio. No ocurre en los grandes salones del poder ni en los discursos solemnes de los parlamentos, sino en espacios cotidianos donde la vida moderna transcurre sin sospechar que está cruzando una frontera invisible.

Así ocurre con la imagen descrita recientemente por un tecnólogo norteamericano: un hombre que, mientras viaja en metro por Nueva York, dicta instrucciones a su teléfono y, al salir del túnel, descubre que una inteligencia artificial ha construido para él una aplicación completa, una base de datos funcional o un pequeño sistema informático que antes habría requerido meses de trabajo humano.

Esa escena, que podría parecer anecdótica, marca en realidad el comienzo de una mutación histórica de gran alcance. Se ha llamado “vibe coding”, es decir, programación por intuición o por “vibra”: no escribir código, sino ordenar en lenguaje natural lo que se desea y permitir que la máquina lo ejecute.

Es el tránsito del programador artesano al director conceptual; del técnico que teclea al individuo que imagina y manda. Como si el pensamiento humano hubiese encontrado, por fin, un ejército silencioso que ejecuta sus ideas sin protestar, sin salario y sin descanso.

    Durante décadas, el desarrollo de software fue uno de los pilares de la clase media global. Ingenieros, diseñadores y analistas de datos formaron una aristocracia técnica cuya destreza era indispensable para el funcionamiento del mundo moderno.

    Impacto en la estructura laboral y económica

    Pero la inteligencia artificial, al automatizar progresivamente la escritura de código, introduce una paradoja inquietante: la misma industria que creó las herramientas para expandir el trabajo intelectual está construyendo ahora las condiciones para reducirlo o transformarlo radicalmente.

    El programador se convierte en supervisor de máquinas que programan; el diseñador en evaluador de prototipos generados por algoritmos; el analista en corrector de informes que una inteligencia artificial redacta en segundos.

    El impacto económico de este fenómeno no ha pasado desapercibido para los mercados financieros, que reaccionan con la frialdad característica de los mecanismos impersonales.

    Si el software puede producirse con rapidez y a bajo costo mediante instrucciones simples, el valor de los servicios humanos asociados tiende a disminuir.

    No porque desaparezca la necesidad de software, sino porque su producción se democratiza y se abarata.

    Es la misma lógica que, en el siglo XIX, llevó a los telares mecánicos a desplazar a los artesanos textiles: la productividad aumentó, pero la estructura del empleo cambió de forma irreversible.

    Sin embargo, la revolución actual tiene un matiz más profundo que las transformaciones industriales del pasado. No se limita a automatizar la fuerza física, sino que incide directamente en el trabajo intelectual, que durante siglos fue considerado el dominio exclusivo del ser humano.

    Cuando una persona puede construir, en unas pocas horas y por un costo mínimo, herramientas informáticas que antes exigían equipos completos de profesionales, la noción misma de especialización comienza a diluirse.

    La creatividad técnica se vuelve accesible a millones de individuos que, hasta ayer, dependían de expertos para materializar sus ideas.

    Democratización y riesgos de la programación asistida

    Esta democratización del software encierra una promesa y una amenaza simultáneas. Por un lado, podría liberar a innumerables pequeñas empresas, médicos, organizaciones sociales y administraciones públicas de la tiranía de sistemas informáticos costosos, lentos y burocráticos.

    Por otro, plantea el riesgo de una obsolescencia acelerada de profesiones enteras, cuya experiencia acumulada podría perder valor en un entorno donde la velocidad y el costo reducido se imponen sobre la perfección artesanal.

    La historia muestra que cada avance tecnológico produce, al mismo tiempo, prosperidad y desarraigo, oportunidades inéditas y nostalgias inevitables.

    El propio entusiasmo de quienes impulsan estas herramientas convive con una inquietud difícil de disimular. La sensación de crear, casi por juego, lo que antes justificaba salarios elevados y equipos numerosos genera una mezcla de fascinación y culpa, como si el progreso técnico avanzara más rápido que la capacidad moral de la sociedad para asimilarlo.

    Es el viejo dilema de la modernidad: la máquina que facilita la vida cotidiana puede, al mismo tiempo, desestabilizar las bases del trabajo humano que sostiene el orden social.

    Más allá del ámbito laboral, la programación por “vibra” anuncia una transformación cultural más amplia.

    La humanidad ha comenzado a acostumbrarse a dialogar con sistemas que ejecutan tareas complejas en función de instrucciones simples, y esa práctica cotidiana redefine la relación entre el pensamiento y la acción.

    La distancia entre imaginar un proyecto y verlo realizado se acorta drásticamente. Donde antes mediaban años de aprendizaje técnico y recursos considerables, ahora bastan unas frases bien formuladas y la supervisión posterior de los resultados.

    El mundo se vuelve más maleable, pero también más inestable, pues la facilidad de creación implica, inevitablemente, una multiplicación exponencial de productos imperfectos, efímeros o improvisados.

    En ese contexto, la inteligencia artificial deja de ser una herramienta auxiliar para convertirse en una infraestructura esencial del poder contemporáneo. No solo organiza la producción material, sino que comienza a reorganizar el trabajo intelectual y la creatividad técnica.

    Los Estados, las empresas y los individuos que comprendan esta transición tempranamente tendrán una ventaja estratégica decisiva. Quienes la ignoren o la subestimen corren el riesgo de quedar rezagados en un orden mundial donde la capacidad de transformar ideas en sistemas operativos será tan importante como lo fue, en su tiempo, la capacidad de producir acero o energía.

    La historia ofrece múltiples ejemplos de tecnologías inicialmente consideradas imperfectas o poco confiables que, con el tiempo, transformaron de manera irreversible la vida humana.

    La web fue vista durante años como un experimento marginal antes de convertirse en la plataforma central de la economía global.

    La computación en la nube generó desconfianza hasta que las grandes corporaciones migraron masivamente hacia ella.

    De manera similar, la programación asistida por inteligencia artificial puede parecer hoy una práctica incipiente, defectuosa o peligrosa, pero su lógica interna apunta hacia una expansión progresiva e inevitable.

    Todo indica que el mundo se encamina hacia una etapa en la que el software querrá “despegar” con mayor rapidez, liberándose de la burocracia, los costos elevados y los largos ciclos de desarrollo que caracterizaron a la industria tecnológica durante décadas.

    Ello no garantizará que los productos sean mejores, pero sí que serán más numerosos y accesibles. Y para millones de usuarios, esa accesibilidad bastará para satisfacer necesidades concretas que el mercado tradicional no atendía por falta de rentabilidad.

    Así, mientras los trenes subterráneos atraviesan las ciudades y los viajeros dictan instrucciones a sus teléfonos sin advertir la magnitud del cambio que protagonizan, la inteligencia artificial continúa tejiendo silenciosamente la red que conectará el trabajo humano con sistemas automatizados de creación y decisión.

    No se trata de un reemplazo inmediato del ser humano, sino de una reconfiguración profunda de sus funciones, sus competencias y su valor económico dentro de la sociedad.

    Cuando los historiadores del futuro analicen estos años, tal vez no señalen un decreto gubernamental ni un descubrimiento espectacular como el inicio de la nueva era tecnológica.

    Quizá recuerden, más bien, la escena simple de un individuo que, desde el metro de una gran ciudad, ordenaba a una máquina que construyera software por él y observaba, con mezcla de asombro y desasosiego, cómo el trabajo intelectual comenzaba a automatizarse ante sus propios ojos.

    Allí, en ese gesto cotidiano y silencioso, habrá comenzado realmente la revolución que redefine el lugar del ser humano en la economía del conocimiento.