Papa León XIV: la inteligencia artificial no es ni demonio ni panacea

La región latinoamericana produce datos para IA pero tiene limitada participación en su diseño y regulación.

Santo Domingo.– En medio de la creciente disputa mundial por el control de la inteligencia artificial —expresada en las críticas de Elon Musk a empresas de IA, en la pugna entre corporaciones tecnológicas por los datos y en el reciente ultimátum del Pentágono a una compañía que opera en sistemas militares clasificados— la reflexión del Papa León XIV introduce un elemento de serenidad histórica y moral que resulta indispensable para comprender el momento que vivimos.

Su postura, lejos de ser apocalíptica o ingenuamente entusiasta, recuerda una lección fundamental: la inteligencia artificial no es ni un demonio ni una panacea; es, sencillamente, lo que el ser humano haga con ella.

Esta afirmación, que podría parecer contemporánea, en realidad pertenece a una larga tradición intelectual que se remonta a la Antigüedad clásica.

    Platón, en el Fedro, hace decir al rey egipcio Tanos que la escritura sería una invención peligrosa porque implantaría el olvido en el alma de los hombres, debilitando la memoria y destruyendo la relación viva entre maestro y discípulo.

    Historia de revoluciones tecnológicas y cultura

    Aquella crítica revela que toda gran revolución tecnológica ha sido, desde sus inicios, acompañada por temores sobre la pérdida de autenticidad cultural.

    Sin embargo, la escritura no destruyó la sabiduría; la transformó. Gracias a ella nacieron las bibliotecas, las escuelas y la filosofía sistemática que cimentaron la civilización occidental.

    Siglos después, la invención de la imprenta por Gutenberg provocó lamentos similares. Se temía que la difusión masiva de libros vulgarizaría el saber y degradaría la cultura elevada.

    Pero la historia demostró lo contrario: la imprenta democratizó el conocimiento, permitió la Reforma, impulsó la ciencia moderna y dio origen a obras inmortales como el Quijote o las tragedias de Shakespeare. La cultura no desapareció; se multiplicó y se hizo más compleja.

    Algo semejante ocurrió con la televisión, con internet y con las redes sociales. Cada una de estas innovaciones fue anunciada como el principio del fin de la reflexión profunda y de la cultura exigente.

    Sin embargo, la humanidad no dejó de pensar ni de crear; simplemente cambió los modos de hacerlo. La inteligencia artificial se inscribe en esa misma secuencia histórica: es una revolución tecnológica que genera temor porque altera los equilibrios tradicionales del conocimiento, del trabajo y del poder.

    Reflexión del Papa León XIV sobre inteligencia artificial

    El Papa León XIV ha señalado con lucidez que el desafío no consiste en detener la innovación digital, sino en guiarla con responsabilidad, cooperación y educación.

    Su planteamiento coincide, de manera sorprendente, con la reflexión histórica sobre la escritura y la imprenta: la tecnología nunca es moralmente neutra, pero tampoco es moralmente autónoma; refleja las intenciones y decisiones de quienes la diseñan y utilizan.

    La escritura permitió transmitir el Evangelio y, al mismo tiempo, difundir doctrinas totalitarias; la imprenta hizo posible tanto el Quijote como el Mein Kampf.

    Del mismo modo, la inteligencia artificial puede servir para ampliar el conocimiento humano o para manipularlo; la diferencia no reside en la tecnología, sino en la ética que orienta su uso.

    Esta perspectiva moral resulta especialmente relevante si se la coloca en el contexto geopolítico actual.

    La inteligencia artificial ha dejado de ser una simple herramienta científica para convertirse en un componente esencial de la seguridad nacional de las grandes potencias.

    El reciente enfrentamiento entre el aparato militar estadounidense y una empresa tecnológica que intenta limitar el uso de su modelo en aplicaciones bélicas confirma el nacimiento de un nuevo complejo de poder: el complejo IA–militar.

    Así como el siglo XX estuvo dominado por el complejo militar-industrial, el siglo XXI se perfila como la era en que los algoritmos y los modelos de aprendizaje automático serán considerados infraestructuras estratégicas comparables a los sistemas nucleares o satelitales.

    En ese escenario, las críticas públicas entre líderes tecnológicos y las presiones de los Estados no son simples controversias comerciales; son episodios de una competencia estructural por el control del conocimiento automatizado.

    La inteligencia artificial, alimentada por gigantescos volúmenes de datos provenientes de la vida cotidiana de millones de personas, se ha convertido en el nuevo recurso decisivo del poder mundial.

    Si el petróleo definió la geopolítica del siglo XX, los datos y los algoritmos definirán la del siglo XXI.

    Sin embargo, la reflexión del Papa introduce un elemento que suele faltar en los análisis puramente estratégicos: la dimensión antropológica.

    La tecnología, recuerda León XIV, no puede sustituir la responsabilidad moral de la persona humana.

    No debemos confiar ingenuamente en la inteligencia artificial como si fuera un oráculo omnisciente capaz de resolver todos nuestros problemas, pero tampoco debemos demonizarla como si fuera una amenaza inevitable para la civilización.

    La historia demuestra que ninguna tecnología, por sí sola, destruye o salva a la humanidad; son las decisiones humanas las que determinan su impacto.

    Esta visión coincide con la enseñanza implícita en la evolución histórica de las grandes innovaciones culturales.

    La escritura no eliminó la memoria; la reorganizó.

    La imprenta no acabó con la alta cultura; la expandió.

    Internet no suprimió el pensamiento crítico; lo desafió a adaptarse a nuevas formas de comunicación.

    La inteligencia artificial tampoco destruirá necesariamente la inteligencia humana; la obligará a redefinir su papel, a profundizar su capacidad crítica y a asumir un mayor sentido de responsabilidad ética.

    Para América Latina y el Caribe, este debate adquiere una importancia particular. Nuestra región participa activamente en la producción de datos culturales y sociales que alimentan los modelos de inteligencia artificial, pero tiene una presencia limitada en su diseño y regulación.

    Esta asimetría puede generar una nueva forma de dependencia tecnológica: ya no basada en materias primas físicas, sino en materias primas digitales.

    Así como en el pasado nuestras economías dependieron del azúcar, del café o del petróleo, hoy corremos el riesgo de depender de algoritmos cuyo control reside en centros de poder externos.

    En este contexto, la reflexión del Papa León XIV adquiere un sentido profundamente político y moral. Su llamado a la responsabilidad, la cooperación y la educación no es solo un consejo espiritual; es un programa estratégico para la gobernanza de la inteligencia artificial.

    La responsabilidad implica que los creadores y propietarios de estas tecnologías asuman las consecuencias de su impacto social.

    La cooperación exige que Estados, empresas, académicos y ciudadanos participen conjuntamente en su regulación.

    La educación, finalmente, es la condición indispensable para que los usuarios comprendan las posibilidades y los riesgos de estos sistemas y no se conviertan en sujetos pasivos de su influencia.

    La historia nos enseña que cada revolución tecnológica genera temores legítimos, pero también oportunidades inéditas.

    Platón temía que la escritura debilitara la memoria; Gutenberg fue acusado de vulgarizar el saber; los críticos de internet anunciaron la muerte del pensamiento profundo.

    Sin embargo, la cultura humana sobrevivió y se enriqueció con cada transformación. La inteligencia artificial no será una excepción. No destruirá necesariamente la civilización, pero sí la transformará radicalmente, obligándonos a repensar la relación entre conocimiento, poder y ética.

    En última instancia, la cuestión decisiva no es tecnológica sino moral y política.

    La inteligencia artificial será lo que nosotros queramos que sea: una herramienta para la manipulación y el control o un instrumento para el progreso humano y la justicia social.

    La elección no depende de los algoritmos, sino de las decisiones de los Estados, de las empresas y de los ciudadanos.

    En esa responsabilidad compartida se juega el futuro de la cultura, de la democracia y de la dignidad humana en la era digital.