La visita en 2016 incluyó autoridades de Azerbaiyán y resaltó la conexión entre arqueología y diplomacia cultural.
Santo Domingo.– En febrero de 2016 descendí a las entrañas silenciosas de Roma para conocer las catacumbas de los Santos Marcelino y Pedro, situadas en el antiguo complejo de Ad Duas Lauros, donde la historia imperial, la fe primitiva y la arqueología cristiana se entrelazan como estratos de una misma memoria civilizatoria.
Aquella visita no fue simplemente un recorrido arqueológico; fue, más bien, una experiencia espiritual y diplomática que me permitió contemplar, desde la profundidad de la tierra romana, el origen humilde y perseguido de la Iglesia que siglos después se convertiría en interlocutora universal de naciones y pueblos.
Allí, en corredores estrechos y en nichos alineados con austera disciplina, reposaron miles de fieles que profesaron su fe en tiempos de incertidumbre, cuando el Imperio toleraba a regañadientes una religión que todavía parecía marginal.
El silencio de esas criptas, interrumpido apenas por la luz tenue de las lámparas modernas, parecía custodiar el eco de las oraciones de aquellos primeros creyentes que, sin saberlo, estaban preparando la transformación espiritual del mundo romano.
Fue organizada en el marco de las iniciativas culturales del entonces Pontificio Consejo de Cultura de la Santa Sede, con el propósito de dar a conocer la recuperación y conservación de estas reliquias paleocristianas tras un ambicioso proceso de restauración financiado por la República de Azerbaiyán, a través de la Fundación Heydar Aliyev.
En esa jornada estuvieron presentes altas autoridades de ese país, incluida su Primera Dama y Vicepresidenta, lo que confería al acto una dimensión singular: el diálogo entre la arqueología cristiana de los primeros siglos y la diplomacia cultural contemporánea.
Bajo la superficie de Roma, la Iglesia mostraba al mundo no sólo su pasado, sino su capacidad permanente de tender puentes entre civilizaciones.
El lugar mismo estaba cargado de significados históricos mayores. El complejo de Ad Duas Lauros perteneció al fundus imperial de Flavia Giulia Elena, madre del emperador Constantino.
La tradición consignada en el Liber Pontificalis recuerda que el propio Constantino donó esta área a la Iglesia, señalando sus límites desde la Porta Maggiore hasta la Via Latina y hacia el sur hasta Monte Cavo.
Aquella donación simboliza el tránsito decisivo entre la Iglesia perseguida y la Iglesia reconocida, entre las sombras de las catacumbas y la luz de las basílicas constantinianas.
Pero el subsuelo que recorríamos guardaba todavía una historia más antigua y dramática.
Antes de convertirse en cementerio cristiano, la zona había albergado la necrópolis de los Equites singulares Augusti, la guardia de caballería imperial.
Aquellos soldados, vinculados al aparato militar del Imperio, combatieron en las guerras civiles del siglo IV, particularmente en el conflicto que culminó con la victoria de Constantino en el Puente Milvio.
Tras derrotar a Majencio, el emperador disolvió ese cuerpo militar y el espacio funerario imperial quedó progresivamente integrado en el complejo cristiano.
Así, bajo las criptas donde yacen los fieles de los primeros siglos, descansan también los restos de una antigua élite militar romana, testigos involuntarios del tránsito de un Imperio pagano hacia una civilización marcada por el cristianismo.
Al recorrer los pasillos donde hoy se conservan fragmentos de sarcófagos, relieves y epígrafes, uno comprende que el subsuelo de Roma es un archivo vivo, más elocuente que cualquier documento escrito.
Cada fragmento de mármol, cada inscripción incompleta, habla de nombres olvidados por la historia política pero preservados por la memoria religiosa. En esas piedras mutiladas no hay triunfalismo imperial; hay humildad, esperanza y una convicción que sobrevivió a persecuciones, epidemias y al paso de los siglos.
Particularmente sobrecogedora resulta la presencia de cámaras funerarias descubiertas en excavaciones recientes, donde se hallaron centenares de cuerpos colocados simultáneamente, probablemente víctimas de una epidemia que pudo haber sido la peste antonina.
Ese hallazgo recuerda que las catacumbas no fueron solo refugio espiritual, sino también testimonio del sufrimiento colectivo de una humanidad vulnerable ante la enfermedad y la muerte.
Así, el subsuelo cristiano de Roma no es únicamente un espacio teológico; es también un espejo de la fragilidad histórica de los pueblos.
Para quien, como yo, ejercía en aquellos años la misión diplomática de la República Dominicana ante la Santa Sede, aquella visita adquiría un significado adicional.
Descender a las catacumbas era descender a las raíces de la institución con la que diariamente dialogaba en la superficie del mundo contemporáneo.
La diplomacia vaticana, con su compleja red de relaciones internacionales, encuentra su origen remoto en estos corredores donde los primeros cristianos se reunían clandestinamente para celebrar la Eucaristía y enterrar a sus muertos con la esperanza de la resurrección.
En cierto modo, el contraste era elocuente: arriba, en la Roma moderna, se desarrollaban encuentros oficiales, audiencias protocolares y negociaciones diplomáticas; abajo, en la tierra húmeda de las catacumbas, se encontraba la memoria de una Iglesia sin poder político, pero dotada de una fuerza moral que terminaría transformando la historia universal.
Comprendí entonces que la continuidad histórica de la Santa Sede no se sostiene únicamente en tratados y concordatos, sino en la fidelidad a una tradición nacida en la persecución y consolidada en la paciencia de los siglos.
La experiencia de febrero de 2016 quedó grabada en mi memoria como una lección de perspectiva histórica.
Las catacumbas de los Santos Marcelino y Pedro recordaban que toda institución que aspire a perdurar debe hundir sus raíces en convicciones profundas y no en coyunturas pasajeras.
Allí, entre galerías silenciosas y frescos paleocristianos, se percibía la continuidad entre la Iglesia de los mártires y la Iglesia diplomática del presente, entre la fe subterránea del Imperio romano y la presencia universal del Vaticano contemporáneo.
De este modo, la visita a Ad Duas Lauros no fue solo un acto cultural o protocolar, sino una meditación histórica sobre la permanencia de las ideas espirituales frente a la volatilidad de los poderes temporales.
Aquellas catacumbas, nacidas en la marginalidad del siglo II, continúan hoy siendo un recordatorio de que la historia profunda de la humanidad se escribe muchas veces bajo tierra, en silencio, antes de emerger a la superficie para orientar el curso de las civilizaciones.