La inteligencia artificial se convierte en infraestructura crítica para la seguridad nacional en EE.UU.
Santo Domingo.– En el siglo XX, las grandes disputas entre potencias se libraban por el control del petróleo, del acero o del uranio.
En el siglo XXI, la batalla se libra por un recurso más invisible y más poderoso: los datos.
En este nuevo campo de combate digital, las empresas tecnológicas han adquirido un protagonismo que antes solo correspondía a los Estados.
La reciente polémica pública en torno a Anthropic —acusada por Elon Musk de utilizar datos de entrenamiento de manera indebida— y, simultáneamente, el ultimátum del Pentágono a esa misma empresa para que acepte las condiciones del uso militar de su tecnología, revelan una transformación histórica de gran alcance: la inteligencia artificial ha pasado de ser una innovación científica a convertirse en un instrumento central del poder geopolítico mundial.
Este episodio no es una simple disputa empresarial. Es el síntoma de una transición estructural: la humanidad ha entrado en la era del poder algorítmico.
La inteligencia artificial moderna se alimenta de grandes volúmenes de información disponibles en Internet: libros, artículos, música, imágenes, conversaciones y bases de datos de todo tipo.
Pero esa realidad tecnológica plantea una cuestión jurídica y filosófica fundamental: ¿de quién son los datos del mundo? ¿Puede entrenarse una inteligencia artificial con contenido público sin vulnerar derechos de autor? ¿O el uso de esos datos constituye una apropiación indebida del trabajo intelectual de millones de personas?
No existe aún una respuesta definitiva en el derecho internacional. Por eso proliferan demandas judiciales, debates legislativos y enfrentamientos mediáticos entre empresas que compiten por liderar la nueva economía digital.
En este contexto, la acusación pública de Elon Musk contra Anthropic debe interpretarse dentro de una rivalidad estructural más amplia: la competencia entre titanes tecnológicos por el dominio del futuro de la inteligencia artificial.
Él mismo impulsa proyectos de inteligencia artificial y compite por talento científico, inversiones estratégicas y contratos gubernamentales dentro del mismo ecosistema donde operan empresas como Anthropic, OpenAI o Google DeepMind. Sus críticas, por tanto, no solo tienen un contenido técnico o legal; forman parte de una disputa por el liderazgo narrativo: quién define las reglas éticas, jurídicas y económicas del desarrollo de la inteligencia artificial.
La historia del capitalismo tecnológico ofrece precedentes claros. Microsoft fue acusada de monopolizar el software; Apple y Microsoft se enfrentaron por las interfaces gráficas; Google fue cuestionada por el uso masivo de datos para consolidar su dominio en la búsqueda en línea.
Hoy la inteligencia artificial reproduce ese mismo ciclo histórico, pero con una diferencia esencial: lo que está en juego no es un producto específico, sino la infraestructura intelectual del futuro.
El dato decisivo es que la controversia adquirió una dimensión histórica cuando el Departamento de Defensa de los Estados Unidos emitió un ultimátum a Anthropic, exigiendo que la empresa acepte las condiciones de uso militar de su tecnología.
Informaciones recientes indican que la compañía es actualmente la única empresa de inteligencia artificial operando en sistemas militares clasificados estadounidenses, lo que significa que la IA ha dejado de ser una herramienta comercial para convertirse en un componente esencial del aparato de defensa, comparable a los sistemas satelitales, los radares estratégicos o las plataformas de ciberseguridad avanzada.
El Pentágono amenazó con invocar la Defense Production Act —una ley utilizada en tiempos de guerra para obligar a empresas privadas a producir bienes estratégicos— si la empresa no aceptaba las exigencias del gobierno.
Al mismo tiempo, advirtió que podría calificarla como “riesgo para la cadena de suministro”, lo que pondría en peligro sus contratos gubernamentales.
Esta aparente contradicción —amenazar con excluir a la empresa mientras se la obliga a suministrar su tecnología— revela el verdadero fondo del conflicto: el Estado considera la inteligencia artificial una infraestructura crítica de seguridad nacional y no está dispuesto a que su uso quede limitado por decisiones corporativas privadas.
El dilema es profundamente novedoso. Por primera vez en la historia contemporánea, una corporación tecnológica posee un instrumento de poder estratégico cuya utilización militar depende de su consentimiento ético.
Anthropic ha insistido en establecer restricciones y salvaguardas en el uso de sus modelos de inteligencia artificial, mientras que el aparato militar estadounidense exige control operativo pleno.
Durante la Guerra Fría, la relación era inversa: los Estados financiaban el desarrollo tecnológico y las empresas ejecutaban las directrices gubernamentales. En la era de la inteligencia artificial, las empresas desarrollan las tecnologías y los Estados negocian su acceso a ellas.
Este episodio confirma el surgimiento de un nuevo eje de poder global que podría denominarse el complejo IA–militar.
Así como en el siglo XX existió el complejo militar-industrial, en el siglo XXI emerge un sistema en el que las empresas tecnológicas desarrollan modelos avanzados de inteligencia artificial, el Estado exige acceso a esos modelos para fines de defensa nacional y ambos actores negocian el grado de control ético, jurídico y operativo sobre su uso.
China ha adoptado desde hace años un modelo de integración directa entre Estado y empresas tecnológicas.
Estados Unidos, en cambio, se encuentra en una fase de transición: intenta preservar la autonomía de las corporaciones privadas, pero al mismo tiempo busca garantizar que sus tecnologías no queden fuera del control estratégico nacional.
La confrontación entre el Pentágono y Anthropic no es un conflicto aislado. Forma parte de una competencia global entre modelos civilizatorios de inteligencia artificial.
Estados Unidos impulsa un modelo basado en corporaciones privadas que operan en estrecha relación con el Estado, pero con cierta autonomía ética y comercial.
China desarrolla un modelo integrado donde la inteligencia artificial se articula directamente con la planificación estatal y los sistemas de seguridad nacional.
Europa intenta establecer un marco regulatorio que limite los riesgos éticos y preserve los derechos ciudadanos.
Este panorama sugiere la formación de una nueva bipolaridad digital, análoga a la bipolaridad ideológica y militar que caracterizó a la Guerra Fría del siglo XX.
Para América Latina y el Caribe, el debate sobre los datos y la inteligencia artificial tiene implicaciones profundas. La región produce enormes volúmenes de información —textos, imágenes, conversaciones y contenidos culturales— que alimentan modelos de inteligencia artificial desarrollados en el exterior.
Sin embargo, participa poco en la propiedad intelectual, en el diseño de algoritmos o en la regulación de estas tecnologías.
Se configura así una nueva forma de dependencia: no ya de materias primas físicas, sino de materias primas digitales.
Así como en el pasado nuestras economías dependieron del azúcar, del café o del petróleo, hoy corremos el riesgo de depender de algoritmos y plataformas cuyos centros de decisión se encuentran fuera de nuestras fronteras.
Las acusaciones cruzadas entre líderes tecnológicos, las presiones del aparato militar y los debates jurídicos sobre los datos son señales de una transición histórica de gran magnitud.
La humanidad está entrando en una era en la que el poder se medirá por la capacidad de entrenar, controlar y gobernar inteligencias artificiales cada vez más complejas.
Si el siglo XX estuvo marcado por la lucha por los recursos naturales, el siglo XXI estará definido por la lucha por los datos y los algoritmos.
Quien controle la información que alimenta a las inteligencias artificiales tendrá una influencia decisiva sobre la economía global, la seguridad nacional y la formación de la opinión pública.
La controversia entre Musk y Anthropic, junto con el ultimátum del Pentágono, marca el momento en que la inteligencia artificial dejó de ser una herramienta civil para convertirse en un instrumento central del poder estratégico mundial.
Es el equivalente contemporáneo al paso de la energía nuclear de los laboratorios científicos al control militar en la década de 1940.
La cuestión fundamental para las naciones en desarrollo es clara: ¿serán simples consumidoras de tecnologías diseñadas por otros, o participantes activos en la construcción y regulación de este nuevo orden digital?
La respuesta a esa pregunta determinará, en gran medida, el equilibrio de poder del mundo que emerge ante nuestros ojos, un mundo donde los algoritmos sustituyen al petróleo como recurso decisivo y donde la soberanía tecnológica se convierte en el nuevo nombre de la independencia nacional.