Países con alta tecnología reproductiva enfrentan una baja natalidad por razones culturales y falta de esperanza social.
Santo Domingo.– La crisis mundial de fertilidad y la crisis mundial de nacimientos se tocan, se confunden en las estadísticas, pero nacen de lugares diferentes del cuerpo y del alma de las sociedades contemporáneas.
La crisis de fertilidad es, ante todo, biológica y médica, aunque su raíz profunda sea social.
Los cuerpos —masculinos y femeninos— ya no responden como antes. La fertilidad masculina ha caído de forma sostenida en las últimas cinco décadas: menos espermatozoides, menor movilidad, más infertilidad funcional.
En las mujeres, la maternidad se posterga hasta edades en que la biología empieza a pasar factura: ovarios cansados, ciclos irregulares, mayores riesgos.
A eso se suman los disruptores hormonales, los plásticos, los pesticidas, el estrés crónico, el sobrepeso, la mala alimentación, la vida sedentaria.
Es una crisis silenciosa: el cuerpo deja de obedecer sin hacer ruido, como una maquinaria que se oxida sin chirriar.
Pero la crisis de nacimientos es otra cosa. Es cultural, económica y existencial.
Aquí los cuerpos podrían, pero no quieren o no se atreven. Las parejas existen, el deseo existe, incluso la fertilidad existe, pero el hijo se convierte en una decisión que se posterga indefinidamente.
No por egoísmo vulgar —como repiten algunos moralistas apresurados—, sino por miedo.
Miedo al futuro, al empobrecimiento, a la inestabilidad laboral, al colapso ambiental, a criar hijos en un mundo que parece perder el sentido.
El control de la reproducción, que fue una conquista civilizatoria, terminó convirtiéndose en un freno demográfico estructural.
La mujer —con razón— no quiere volver a ser un vientre forzado por la tradición; el hombre —desorientado— ya no sabe cuál es su lugar; la pareja —agobiada— siente que un hijo no es una bendición sino una carga financiera, emocional y logística.
Países con excelente salud pública, tecnología reproductiva avanzada y larga esperanza de vida —Europa, Japón, Corea del Sur— se están quedando sin niños no porque no puedan tenerlos, sino porque no encuentran razones suficientes para traerlos al mundo.
Antes, los hijos eran continuidad, herencia, seguridad para la vejez, sentido trascendente. Hoy son percibidos como riesgo, costo, sacrificio sin recompensa clara.
La sociedad promete libertad individual, pero no ofrece futuro compartido. Y sin futuro común, la vida se repliega sobre sí misma.
La crisis de fertilidad se combate con medicina, ciencia, prevención y ambiente sano.
La crisis de nacimientos exige algo más difícil: esperanza.
Ninguna política pública funciona si la gente siente que el mañana será peor que el presente.
Ningún bono por hijo compensa una vida precaria.
Ningún discurso moral revive el deseo de continuidad cuando la cultura ha perdido el relato del porqué vivir juntos.
Por eso no son lo mismo.
Una es el agotamiento del cuerpo.
La otra es el agotamiento del sentido.
Y cuando ambos coinciden, como hoy, las civilizaciones no colapsan de golpe: simplemente dejan de reproducirse, como si se apagaran sin estruendo, convencidas de que ya han dicho todo lo que tenían que decir.