El 30 de junio de 1998

La crónica publicada en La Nación reflejó la trascendencia histórica del homenaje realizado el 30 de junio de 1998.

Santo Domingo.– La mañana del 30 de junio de 1998 amaneció con esa calma engañosa de los días que no parecen históricos hasta que pasan. 

En la Biblioteca Nacional, el país se reunió sin alboroto alrededor de un hombre que había pasado su vida entera escribiendo para explicarlo: Juan Bosch

No era un acto político en el sentido habitual. No había consignas, ni promesas, ni discursos de ocasión. Había libros, páginas abiertas y una decisión silenciosa: rendir homenaje leyendo.

Bosch cumplía años, y la celebración eligió el único lenguaje que él respetaba sin reservas: el de la palabra escrita.


    Cada uno de los participantes leyó una página de su libro sobre la Historia de la Restauración, como si el texto necesitara volver a ser pronunciado en voz alta para confirmar que seguía vivo, vigente, respirando. Era un gesto sencillo y, precisamente por eso, profundo. La historia no se declamaba: se compartía.

    Leonel Fernández, entonces Presidente de la República, estaba allí no como figura central sino como lector atento. En ese salón, el poder no hablaba; escuchaba. 

    La escena tenía algo de lección cívica: el Estado rindiendo tributo a la inteligencia, el gobierno inclinándose ante el maestro. A su alrededor, Antonio Espín, otros invitados y yo mismo asumíamos el turno de leer como quien entra en una conversación iniciada mucho antes y destinada a continuar después.


      Cuando llegó mi momento y leí la página que me correspondía, ocurrió algo que ningún protocolo podía prever y que ninguna fotografía puede explicar del todo. Juan Bosch aplaudió. No fue un aplauso largo ni teatral. Fue inmediato, sincero. Y luego, con esa voz suya que nunca necesitó alzar demasiado para imponerse, dijo en voz alta, clara, audible para todos:

      “Bueno… Bueno… Bueno.”

      Tres veces.

      No era una muletilla. No era una cortesía. En Bosch, el elogio no era fácil ni frecuente. Ese triple “Bueno” fue un juicio. Fue el reconocimiento público del autor a una lectura que había respetado no solo el texto, sino el espíritu. Allí, delante de todos, el maestro aprobaba al lector. Y lo hacía sin artificios, como quien certifica que la palabra ha sido dicha correctamente, sin exageración.

      La sala entendió de inmediato el peso del momento. Hubo sonrisas discretas, miradas cómplices, un silencio distinto después de esas tres palabras.

      La Biblioteca dejó de ser edificio y se convirtió, por unos minutos, en aula. Y el homenaje dejó de ser ceremonia para transformarse en enseñanza viva.

      Ese instante quedó fijado también en el papel. El vespertino La Nación, propiedad del doctor Julio Hazim, publicó la crónica ese mismo martes 30 de junio de 1998, comprendiendo que no se trataba solo de una noticia cultural, sino de un hecho con densidad histórica.


        La fotografía muestra a Bosch en el centro, rodeado de generaciones distintas, como si el tiempo hubiera decidido detenerse un segundo para dejar constancia de la continuidad.

        Hoy, al volver sobre esas imágenes y sobre ese recuerdo, queda claro que aquel homenaje fue más que una celebración de cumpleaños. 

        Fue una afirmación de método y de ética. Leer antes de hablar. Entender antes de gobernar. Recordar antes de decidir. En un país acostumbrado a la prisa y al ruido, Juan Bosch fue celebrado como él mismo había enseñado: con un libro abierto y con la palabra justa.

        Y en medio de todo, ese “Bueno… Bueno… Bueno”, repetido tres veces, permanece como una de esas pequeñas frases que no figuran en los manuales, pero que dicen más que muchos discursos. 

        Porque a veces la historia no se escribe con largos párrafos, sino con una aprobación breve, dicha en voz alta, en el momento exacto.