El proceso venezolano: ¿hacia dónde se encamina?
El acuerdo transaccional entre EE.UU. y el régimen chavista reduce la presión internacional y excluye a la oposición.
Actualizado: 06 de Febrero, 2026, 08:31 AM
Publicado: 06 de Febrero, 2026, 08:23 AM
Flavio Darío Espinal.
Santo Domingo.– Hasta hace apenas algo más de un mes el deseo y la expectativa de una buena parte de la oposición venezolana y de la derecha latinoamericana era que el presidente Donald Trump lograría finalmente poner fin al régimen encabezado por Nicolás Maduro y llevar de la mano a la presidencia de Venezuela a Edmundo González, quien ganó las elecciones del 28 de julio de 2024 con el liderazgo detrás de María Corina Machado, de cuyo triunfo fue despojado mediante manipulaciones institucionales y maniobras fraudulentas según las evidencias presentadas por múltiples observadores electorales.
Esos sectores vieron la intervención militar directa de Estados Unidos como la única opción posible para lograr ese propósito.
En un giro inesperado de los acontecimientos, el Gobierno norteamericano llevó a cabo el 3 de enero de este año una operación militar puntual para capturar a Maduro y su esposa Cilia Flores y presentarlos ante un tribunal federal en Manhattan para enfrentar cargos criminales, al tiempo que negoció un arreglo de continuidad en el poder del régimen, ahora encabezado por la vicepresidenta Delcy Rodríguez.
Curiosamente, a la derecha política latinoamericana, tan activa en su defensa de María Corina Machado y su oposición -con razón, debe decirse- al gobierno de Maduro, no se le ha sentido reclamar con igual vehemencia que se les dé un lugar relevante en el esquema de transición a quienes el pueblo venezolano eligió abrumadoramente en las pasadas elecciones.
En realidad, se ha producido una recomposición política en muy corto tiempo en la que quien ha perdido legitimidad ha sido María Corina Machado y, con ella, toda la coalición opositora, la cual en estos momentos carece de capacidad de acción tanto fuera como dentro del país.
Se podría alegar que, aunque por vías distintas, se está logrando una transición política en Venezuela, cuya mejor muestra es la amnistía declarada por el Gobierno venezolano a favor de los presos y exiliados políticos.
Sin duda, para cualquier familia que vuelva a recibir en su hogar a uno de los suyos injustamente encarcelado o exiliado, esta medida es motivo de alivio y satisfacción.
Como suele suceder, hay momentos en la historia de los regímenes autoritarios en los que estos se sienten suficientemente seguros de liberar presos políticos y adoptar otras medidas liberalizadoras, sin que esto implique una amenaza a su estructura de poder. Este parece ser el caso.
La amnistía proclamada por el régimen venezolano pudo estar movida por dos factores: uno, es casi seguro que el gobierno del presidente Trump le puso presión para que se adoptara esa medida y así dar alguna muestra de que las cosas están cambiando; y dos, el régimen sabe perfectamente que la oposición ha quedado desarticulada, sin líderes aglutinantes -María Corina Machado ya no es ni sombra de lo que fue- y sin capacidad para movilizar al pueblo de una manera efectiva. Sabe, también, que la oposición quedó sin el apoyo norteamericano, factor clave para hacer posible su ascenso al poder. Así, la liberación de los presos políticos resulta una operación de muy bajo riesgo, a la vez que ayuda al régimen a ganar algo de credibilidad mientras hace ajustes para consolidar su poder.
En este contexto, todo parece indicar que el proceso venezolano se encamina hacia una estabilidad del régimen chavista-madurista sustentado en un acuerdo transaccional con las autoridades norteamericanas, pero sin abrir espacio alguno a una transición democrática que tendría que empezar por reconocer como actores legítimos de la negociación política a quienes ganaron las elecciones.
En este nuevo esquema, el régimen comienza a sentir una reducción de la presión externa, flujos favorables de recursos y un reconocimiento por parte de Estados Unidos que nunca soñaron tener. Mientras tanto, la oposición ha quedado sin voz, sin asiento en la mesa de discusión y sin capacidad de movilización a favor del cambio democrático. De hecho, es probable que el régimen procure dividir la coalición opositora que alcanzó el triunfo electoral para debilitarla aún más.
Se sabe que no existe un modelo único de transición democrática.
En América Latina cada país ha seguido su propio camino luego de sus experiencias autoritarias, unos más exitosos que otros. No obstante, en el caso venezolano en la coyuntura actual no se puede hablar de transición democrática, ya que los actores que han luchado por la democracia -elecciones libres y transparentes, alternabilidad política, subordinación del poder civil al poder militar- han sido excluidos del proceso de toma de decisiones. Sin duda, esto podría cambiar, pero no es el caso por ahora.
Paradójicamente, el régimen autoritario venezolano, el cual en un momento determinado llegó a perder el reconocimiento hasta de sus propios amigos, ha tomado un segundo aire, por decirlo de alguna manera, que parece augurarle un buen tiempo de continuidad en el poder.
Eso sí, aquel discurso antiimperialista y antiamericano que le dio base al fracasado populismo de izquierda llamado Socialismo del Siglo XXI ha sido abandonado a la carrera ante la oportunidad que se les ha dado a los personeros del régimen de permanecer en el poder siempre que respondan con presteza a los requerimientos de Washington.
Todo esto ha resultado en una especie de tutelaje por parte de las autoridades norteamericanas del proceso político y económico venezolano muy conveniente para ambas partes: el Gobierno norteamericano puede anotarle un triunfo a la renovada Doctrina Monroe, mientras que el régimen autoritario venezolano logra continuar en el poder sin que se abra un proceso significativo de restauración democrática.
Este es un experimento único en la historia latinoamericana cuyo derrotero promete traer nuevas y desconcertantes sorpresas.


