Europa hizo la guerra durante siglos

El agotamiento de EE.UU. para administrar conflictos heredados obliga a Europa a asumir mayor responsabilidad.

4 minutos de lectura
Víctor Grimaldi Céspedes.

Víctor Grimaldi Céspedes.

Escuchar el artículo
Detener

Santo Domingo.– No fue un accidente ni una desviación ocasional de la historia, sino una vocación cultivada con paciencia, método y arrogancia intelectual

Desde que los viejos imperios descubrieron que podían convertir la ambición en doctrina y la violencia en sistema, el continente se volvió experto en fabricar conflictos con la misma destreza con que levantaba catedrales o escribía tratados filosóficos. 

Las Guerras Napoleónicas no fueron una locura personal de un corso ambicioso, sino la culminación de siglos de rivalidades dinásticas, resentimientos acumulados y delirios de grandeza nacional. Francia incendió Europa, pero toda Europa llevaba pólvora en los bolsillos.

La Primera Guerra Mundial fue el resultado lógico de ese aprendizaje. No estalló: fue cuidadosamente preparada, ensayada en congresos diplomáticos, alimentada por nacionalismos inflamados y legitimada por una élite convencida de que la guerra era una herramienta legítima del progreso. 

Alemania, antes incluso de disparar el primer tiro en Europa, ya miraba más allá del Atlántico, tanteando el Caribe como espacio estratégico, como si el Nuevo Mundo fuera una prolongación natural de sus ambiciones imperiales. Inglaterra, vieja maestra del imperio, hacía lo propio en América Latina, entrometiéndose en economías, gobiernos y puertos con la elegancia hipócrita del comerciante que sonríe mientras impone condiciones.

España, por su parte, había dejado antes un legado distinto pero no menos pesado. Su colonialismo fue largo, agotador y profundamente ineficiente.

Gobernó más por inercia que por visión, y cuando se retiró dejó estructuras débiles, sociedades fracturadas y una memoria amarga que aún hoy pesa en la conciencia de muchos pueblos. No construyó Estados modernos: dejó ruinas administrativas y nostalgias mal curadas.

Y cuando la maquinaria europea de la guerra se desbordaba, cuando los incendios crecían más rápido que los discursos, entonces sí, Europa levantaba el teléfono invisible de la historia y llamaba a Estados Unidos.

Lo hizo en 1917, cuando ya no podía sostener la carnicería de trincheras. Lo hizo definitivamente en 1941, cuando la Segunda Guerra Mundial se había convertido en una amenaza existencial para la civilización europea misma. Washington entraba tarde, pero entraba con recursos frescos, industrias intactas y una energía histórica que Europa ya había agotado.

Después de 1945, el mundo quedó cubierto de escombros morales y materiales. Europa estaba devastada, física y espiritualmente. Sus imperios se habían derrumbado, pero no sus problemas. 

Colonias abandonadas a medio camino entre la independencia y el caos, fronteras trazadas con regla y soberbia, conflictos étnicos y religiosos incubados durante décadas quedaron flotando como bombas de tiempo. Esa fue la herencia que Estados Unidos recibió, sin haberla pedido del todo, pero sin poder rechazarla.

Conviene decirlo con claridad, aunque incomode: Estados Unidos cargó durante décadas con el peso del colonialismo europeo. No solo reconstruyó Europa con dinero, sino que se convirtió en árbitro, policía y garante de un orden internacional que otros habían destruido. No fue una tarea limpia ni inocente.


    Hubo errores, abusos y contradicciones, pero también hubo una idea central que marcó la segunda mitad del siglo XX: que el desarrollo económico, la estabilidad social y la paz relativa podían sostenerse sobre democracia, libertades individuales e instituciones representativas.

    Fueron líderes estadounidenses —con todas sus imperfecciones— quienes llevaron esa narrativa al mundo. No siempre la cumplieron de manera ejemplar, pero la colocaron en el centro del debate global. Frente a los totalitarismos derrotados y a los nuevos autoritarismos emergentes, Estados Unidos ofreció una promesa que, para millones, resultó creíble: progreso sin dictadura, crecimiento sin partido único, modernización sin campos de concentración.

    Ese ciclo histórico, sin embargo, está llegando a su fin. No porque Estados Unidos haya desaparecido, sino porque el mundo que heredó tras la Segunda Guerra Mundial ya no existe. 

    La paciencia estratégica se agota. El cansancio se nota.

    Administrar conflictos ajenos, pagar la factura de errores históricos europeos y sostener una arquitectura global que otros critican pero no reemplazan, dejó de ser un mandato incuestionable.

    Europa, mientras tanto, despierta tarde. Durante décadas se acostumbró a predicar valores universales mientras delegaba su seguridad, su energía y, en el fondo, su responsabilidad histórica. Ahora descubre que la historia no se congela, que los conflictos regresan y que nadie puede vivir eternamente bajo la sombra protectora de otro.


      Tal vez ha llegado el momento de aceptar una verdad incómoda pero necesaria: quien se especializó en armar guerras no puede fingir sorpresa cuando el bombero decide retirarse

      La historia, como la memoria, no perdona las amnesias selectivas. Y el mundo que viene será menos indulgente con quienes confundieron moralismo con liderazgo y discurso con responsabilidad.


        Victor Grimaldi Céspedes

        Victor Grimaldi Céspedes

        Biografía completa »
        Sígueme en :
        LO MÁS LEÍDO
        LO MÁS VISTO
        TE PUEDE INTERERSAR