Jimmy Carter, Bill Clinton y la ruptura del pudor público

La política estadounidense cambió tras los escándalos de Clinton, afectando la confianza institucional y la moral pública.

Santo Domingo.– Los nombres de Jimmy Carter y Bill Clinton corresponden a dos expresidentes de los Estados Unidos muy relacionados con la República Dominicana, aunque de maneras profundamente distintas.

Ética presidencial y coherencia moral en la política estadounidense

A Jimmy Carter lo conocí en junio de 1972, en Atlanta, cuando era gobernador de Georgia. Siempre lo he recordado como quien representa, para mí, el mejor modelo de persona pública y de presidente de los Estados Unidos.

Respeto, por supuesto, las simpatías de quienes tienen como referencia a otros líderes, sean de derecha o liberales.

Pero en Carter encontré algo cada vez más escaso en la política contemporánea: coherencia moral entre la vida personal, el ejercicio del poder y la conducta posterior al mandato.

Por décadas, la política estadounidense se sostuvo sobre una ficción compartida: la separación tácita entre lo que los líderes eran en privado y lo que representaban en público.

No se trataba de santidad, sino de pudor. El poder debía, al menos, simular límites morales, porque esos límites sostenían la confianza institucional y la idea de que la ley estaba por encima de los hombres. Esa ficción se quebró en los años noventa, y el punto de inflexión tuvo un nombre propio: Bill Clinton.

Clinton no fue el primer presidente infiel, ni el primero en abusar de su posición. Pero sí fue el primero en sobrevivir políticamente a la exposición total del escándalo, a la mentira bajo juramento y a la humillación pública del cargo sin asumir una verdadera responsabilidad moral.

Con Clinton no nació el pecado; nació la desvergüenza institucionalizada.

El caso Monica Lewinsky no fue un asunto privado mal gestionado. Fue una relación sexual entre el presidente de los Estados Unidos y una joven becaria dentro de la Casa Blanca, negada públicamente, negada bajo juramento y finalmente probada. El hecho central no fue solo el acto, sino la secuencia: mentira, evidencia, impeachment y supervivencia política.

Clinton no cayó. Y al no caer, dejó un mensaje devastador: la verdad ya no era condición para gobernar; bastaba con resistir.

    Hasta entonces, el sistema político estadounidense había operado con un principio no escrito: el escándalo sexual podía tolerarse mientras permaneciera oculto.

    John F. Kennedy fue protegido porque todavía se creía que ciertas cosas no debían cruzar la frontera de lo público.

    Richard Nixon cayó no tanto por Watergate en sí, sino por mentir y obstruir.

    Carter, con todos sus límites, representaba aún una ética de responsabilidad personal. Clinton rompió ese hilo histórico.

    Jimmy Carter fue la distancia ética que nunca se cruzó.

    Contraste moral entre Jimmy Carter y Bill Clinton

    La distancia entre Jimmy Carter y Bill Clinton no fue solo generacional ni partidaria. Fue, ante todo, moral.

    Carter representó la última expresión visible de una ética presidencial que entendía el poder como servicio y la vida privada como prolongación de la responsabilidad pública.

    Clinton, en cambio, encarnó la ruptura de ese principio: la separación definitiva entre conducta personal y legitimidad política.

    Carter no fue un presidente carismático ni exitoso en términos de poder. Gobernó en un contexto adverso —crisis energética, inflación, rehenes en Irán— y perdió la reelección.

    Pero Carter nunca utilizó la presidencia como espacio de gratificación personal ni confundió el cargo con impunidad. Su vida, incluso después de dejar la Casa Blanca, mantuvo una coherencia poco frecuente en la política contemporánea: modestia personal, trabajo humanitario y defensa de los derechos humanos sin excepciones partidarias.

    Esa coherencia explica su distancia constante respecto a Clinton, incluso cuando ambos compartían el Partido Demócrata. Carter jamás defendió el comportamiento de Clinton durante el caso Lewinsky ni lo relativizó como un “asunto privado”.

    Tampoco participó en la reescritura moral que pretendía presentar la mentira bajo juramento como una falta menor o como una persecución política. En su silencio y en su ausencia hubo un juicio más severo que cualquier condena retórica.

    La diferencia es estructural. Carter entendía que la credibilidad moral del presidente no es negociable, porque de ella dependen la autoridad del Estado y la confianza cívica. Clinton entendió —y demostró— que la credibilidad podía administrarse, fragmentarse y sobrevivir al escándalo si se contaba con respaldo partidario suficiente y una narrativa eficaz. Carter perdió el poder; Clinton aprendió a resistirlo todo.

    No es casual que Carter jamás apareciera vinculado a redes de corrupción personal, tráfico de influencias o tramas de privilegio posteriores a su mandato. Tampoco buscó controlar el relato histórico de su presidencia mediante fundaciones opacas o cercanías incómodas con el poder económico global. Su autoridad moral no provenía de la astucia, sino de la coherencia.

    Esa es la frontera que Clinton cruzó y que Carter se negó a traspasar.

    Carter y Clinton nos sirven para entender la pedagogía del escándalo.

    Desde esta perspectiva, Donald Trump no surge como una anomalía moral, sino como el producto extremo de una pedagogía política iniciada en los años noventa.

      Clinton enseñó que el escándalo podía administrarse; Trump demostró que podía convertirse en identidad.

      Entre ambos queda la figura de Carter como recordatorio incómodo de que otro camino era posible: uno en el que el poder todavía reconocía límites morales y la vergüenza no era una variable estratégica, sino una señal de fracaso.

      Decir que Bill Clinton inauguró en Estados Unidos la era del descaro institucional no es una consigna moralista, sino una constatación histórica. Significa que el país pasó de fingir virtud a gestionar el vicio, de ocultar el abuso a normalizarlo mediante el cinismo, y de proteger las instituciones a utilizarlas como escudos personales. El daño no fue solo ético, sino pedagógico. Y ese aprendizaje sigue activo.