La entrevista revela tensiones en las fuerzas armadas y la oposición política en la República Dominicana.
Santo Domingo.– En su segunda cita con Ramfis Trujillo, celebrada en la casa de Boca Chica en septiembre de 1961, John Bartlow Martin, el enviado de Kennedy para auscultar la situación dominicana -quien sería el embajador ante el Consejo de Estado y Bosch-, lo sondea sobre tópicos candentes de la transición bajo la llamada fórmula Ramfis/Balaguer. La conversa, bocatto di cardinale.
Ramfis estaba en ropa deportiva y mucho más relax e informal que en nuestro primer encuentro. Bebió Anisette toda lo noche. Durante el coctel y la cena, en pequeñas charlas, desplegó un real desprecio por el pueblo dominicano, sus costumbres y cultura, mostrando particular desdén por las clases media y alta.
Hizo muchas referencias a su padre como una realidad en nada sentimental, pese a lo reciente de la muerte del Generalísimo. Tras la cena, me llamó la atención la frecuencia de dicha mención y le pregunté cómo se sentía al respecto, sobre la forma en que murió y cómo veía su rol al presente.
Describió cómo su padre había forzado el ingreso de los libaneses en un club aristocrático de Santiago, del cual antes se les impedía la entrada. (Santiago era y es el centro de la oposición a Trujillo, quien odiaba a la clase media y trató de destruirla). Dijo que su padre provenía de una "familia principal" de San Cristóbal pero que esto no significaba nada en el resto del país.
Su padre era pobre y opuesto a la discriminación social. Creó un "socialismo incompleto" en el país, acotó con orgullo. Acerca de su muerte la describió gráficamente, con sangre y todo, incluyendo detalles como el de la dentadura postiza. Dijo que los asesinos intentaron capturar al viejo vivo. En ese caso, señaló, no lo conocían en nada.
Refiriéndose al Generalísimo, afirmó que era intrépido. contentándose con que "fuera de esa manera". Lo comparó con un dictador dominicano del siglo XIX, odiado en vida, ahora un héroe legendario, y agregó que a su padre le disgustaba "porque emitía moneda sin valor pese garantizar su respaldo".
A lo largo del relato Ramfis habló de la vida y la muerte de su padre sin rastro alguno de emoción, como si refiriera hechos con los cuales no tenía conexión personal. Su descripción del asesinato sonaba a la de un informe policial. Él es bastante frío y duro.
Acerca de su rol, nos dijo: "Mi misión es ver alcanzar la estabilidad y luego el retiro". Como cabeza de familia y poseedor de una gran fortuna, tiene asuntos personales que atender, señaló. "Si salgo vivo de esta, me dedicaré a esas cosas". Cooperaría con Balaguer, "tanto como me sea posible".
Hace poco Ramfis envió una carta a la OEA prometiendo renunciar como comandante en jefe tan pronto se levanten las sanciones. Cuando se lo comunicó a Balaguer, éste expresó que también renunciaría. Ramfis cree que pudo disuadirlo.
Pero me dejó claro que no tiene intención de abandonar el país, aunque querría juntarse con su familia. No se exiliaría permanentemente y mantendría su residencia aquí. Podría renunciar como comandante en jefe e ir y venir desde el país que desee. Y "si ellos me necesitan, estaría dispuesto a ayudar a mantener la estabilidad política".
Aunque no se involucraría en política. "Ahora mismo no pienso postularme a la presidencia y menos más adelante. Tampoco volvería al servicio militar". Cuando se retire su cuñado León Estevez se irá también.
Pregunté si el general Sánchez hijo podría sucederle como comandante en jefe. Me contestó que era "el más calificado" pero "hay algunos problemas" y rio irónicamente al explicar que no era un oficial con antigüedad (Sánchez es probablemente peor que Ramfis). Este lo ascendió rápidamente a comandante en jefe de la fuerza aérea y hoy es su mano derecha.
Una noche vi a Sánchez y al comandante en jefe de la Armada, escoltados por 30 o 40 secuaces de Sánchez en la capital. Habían montado a caballo en el centro de la ciudad y se detuvieron frente a un pequeño café, rodeados por soldados y secuaces civiles armados de ametralladoras.
Hablando y riendo escandalosamente, ordenando a los camareros llevarles sus bebidas a la acera, mientras la policía y carros militares cargados con hombres armados bloquearon la mitad de la calle y la población encogida observaba en silencio. Sánchez estaba vestido con sombrero de cowboy y botas de montar, con dos pistolas calibre 6.35 mm atadas a sus muslos.
Me dicen que a veces monta a caballo hasta la piscina del Hotel Embajador, arranca una flor de hibisco, se la ofrece a alguna dama que le llama la atención en la terraza y se va al galope. Se lo comenté a Ramfis, sonrió indulgente y me dijo, es su costumbre, le gusta jugar al vaquero.
Me confió que su padre generó entre los oficiales la duda sobre la conveniencia de tener un presidente civil. Pero al tener a Ramfis como referente estaban conformes. Se había propuesto incluir a Balaguer en las conversaciones con los oficiales. De todos modos, ellos apoyarían a Balaguer. Sin embargo, la confianza en él se vio gravemente afectada cuando Balaguer ofreció a los partidos de oposición formar una coalición. Para tranquilizarlos, Ramfis les ha prometido que el cargo de Secretario de las FFAA nunca estaría en juego. Y le dijo a Balaguer que, si planeaba una reforma constitucional, debía incluirse que el Secretario de las FFAA perteneciera al cuerpo de oficiales y de modificarse la ley militar fuera aprobada por el comandante en jefe o el Secretario.
Al notar que las cosas iban a la deriva, pronuncié un breve discurso. Dije que quería hablar con franqueza, crudamente, porque en vísperas de mi partida teníamos poco tiempo, al igual que su país. Me parecía que había muchas ideas poco realistas por todas partes.
El, Ramfis, estuvo hablando de renunciar y regresar e irse cuando lo deseara. Pero el hecho es que si él fuera a regresar la oposición intentaría asesinarlo y si tratara de irse del país sus propios oficiales lo intentarían. Era un prisionero.
Además, Balaguer estaba hablando de coalición. Pero esto sería políticamente un suicidio para la oposición, comprometida con deshacerse de él y su familia, unirse a un gobierno que Ramfis apoyaba. Más aún, la OEA hablaba de la legalidad de las sanciones, pese a que su principal valor era moral y simbólico.
Asimismo, la oposición hablaba de echarlo del cargo y del país, pero cómo lo haría si él tiene las armas. Y nada la une más que demandar su salida -se desmoronaría mañana si intentara desarrollar algún programa político.
Todos en su gobierno y en el mío estaban expresando gran preocupación por la amenaza comunista, pero no hay comunistas aquí, excepto las marionetas que su padre había importado, quien pasó 31 años asegurándose de que no hubiera verdaderos comunistas.
Además, todos hablaban de elecciones libres, pero de hecho eran imposibles ya que el Partido Dominicano siempre ha mantenido el poder "votando con cédulas". Un funcionario del partido colecta las cédulas de sus votantes, las envía a los centros de votación, emiten las boletas en las urnas por ellos, y las retornan para entregarlas a sus dueños, sin siquiera molestarse de que acudan ante las urnas. Y obvio, esto podría continuar.
Todo esto y mucho más era solo vestirse para dar una apariencia de democracia. Tras 31 años, no íbamos a conseguir la democracia. El pueblo dominicano no tenía la experiencia y nunca ha sabido lo que significa. No había nada que permitiera construir una democracia.
Sin irrespetar a su padre, le dije a Ramfis que aquél hizo que la democracia fuera imposible. Esta era una sociedad destruida.
Ramfis escuchó con atención lo que le dije. Cuando terminé comentó: "Yo veo la situación igual que usted". Durante el resto de la noche habló tan francamente que consternó a Marco Gómez y abandonó la mayor parte de lo que había sido su postura oficial: la amenaza roja, la democratización de fachada, la idea de irse del país, la posibilidad de un gobierno de coalición ahora. Esto lo dejaba nada más que con las Fuerzas Armadas, algo más que suficiente.
Ramfis refirió que era el freno en las fuerzas armadas. Si partiera esta noche del país, habría problemas mayúsculos -el cuerpo de oficiales, los veteranos, y los políticos del Partido Dominicano. Le señalé que no mencionó la tan mentada amenaza roja. Estuvo de acuerdo en que su padre la detuvo. "Hay algunos aquí ahora", indicó. "En cualquier momento que queramos podemos encargarnos de ellos". (El viejo solía importar comunistas para asustar a los Estados Unidos, cumplían sus órdenes y cuando se cansaba del juego, los mataba o los inmovilizaba). Ramfis está haciendo lo mismo ahora...
"Balaguer, reiteró, era la única solución. La fuerza aérea estaba comprometida porque había liquidado a los invasores de 1959. La confianza en Balaguer debe construirse entre los oficiales. Entonces se podría evitar un golpe militar. "En este país los políticos se organizan en torno a los militares, no por partidos. Tú nunca puedes ignorar la realidad".
"El problema no es el hombre de la calle, son los líderes agitadores de la oposición". Ellos son sus enemigos personales y de los oficiales. "Quieren una vendetta, no una plataforma y partidos. Cuando te centras en los problemas del país, estos no me incluyen a mí. Seré una solución, no un problema. Si el problema fuera yo, lo resolvería."
Le pregunté qué podría suceder si fuera asesinado. "Si yo fuera asesinado, no quedaría oposición". ¿Y qué si tratara de irse? "Otros en el ejército podrían matarme. Así como también a la oposición." ¿Qué pasaría si lograra irse ahora? "Poco al principio. Más adelante, las cosas se complicarían. Mi presencia es un símbolo y un foco de respeto".
Así hablaba Ramfis, entre sorbos de Anisette.