Des-Globalización en la Era Trump

El malestar social actual surge de la precarización y la pérdida de sentido vinculados a un modelo global desigual.

Santo Domingo.– Escribí de economía antes de que la economía se volviera espectáculo.

Entre 1973 y 1982, cuando aún se pensaba con lentitud y se escribía con los dedos manchados de tinta, tecleaba a cuatro dedos en máquinas Olivetti columnas enteras sobre un mundo que ya comenzaba a resquebrajarse.

Recuerdo con precisión la crisis petrolera de 1973, el sobresalto de las capitales occidentales, la formación del G-5 —luego G-7— y la competencia silenciosa, pero feroz, con el campo socialista. Aquellos textos, trabajados con paciencia artesanal, reposan hoy en las colecciones de La Noticia, depositadas en el Archivo General de la Nación y en el Banco Central. Incluso publiqué un libro con una muestra de esos trabajos, como quien deja constancia de haber estado allí cuando la historia todavía hablaba en voz baja.

Más tarde, entre 1986 y 1994, don Rafael Herrera me abrió las páginas del Listín Diario para escribir sobre la economía del mundo y de la República Dominicana. No existían entonces las facilidades tecnológicas de hoy, pero sí una virtud que se ha ido perdiendo: el hábito del estudio, de la lectura, del análisis reposado.

Lo que escribí desde jovencito está registrado, fechado, contrastable. Por eso hoy me resulta natural —casi inevitable— ocuparme de estos temas que he venido observando y estudiando durante más de medio siglo.

La globalización post Guerra Fría y sus promesas incumplidas

La llamada globalización que siguió al fin de la Guerra Fría nació envuelta en un aire mesiánico. Con la caída del Muro de Berlín se anunció el advenimiento de un mundo integrado, racional, gobernado por reglas comunes, mercados abiertos y una prosperidad que, se decía, acabaría derramándose sobre todos.

Aquella promesa fue presentada como el triunfo definitivo de la modernidad liberal, como el célebre “fin de la historia”. Treinta años después, lo que tenemos ante los ojos no es la confirmación de esa profecía, sino su desmentido minucioso.

    Más que una integración armónica, la globalización fue una construcción política e ideológica profundamente asimétrica. Se edificó sobre instituciones multilaterales como la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que establecieron reglas aparentemente universales, pero aplicadas con vara distinta.

    Las grandes potencias conservaron subsidios, control tecnológico y poder financiero; a los países más débiles se les exigió apertura inmediata, desregulación y disciplina fiscal. La igualdad formal sirvió para ocultar una desigualdad real.

    Impacto cultural y social de la globalización acelerada

    Pero el daño mayor no fue solo económico. La globalización post Guerra Fría produjo algo más profundo y más corrosivo: una alienación cultural e intelectual que se fue instalando sin hacer ruido.

    Antes de esa etapa, incluso en sociedades ideologizadas o polarizadas, existía una vida intelectual más densa. La gente estudiaba, leía, discutía, trataba de entender los procesos históricos y sociales. Había una conciencia —imperfecta, sí, pero viva— de que el mundo debía ser comprendido, no simplemente consumido. Con la globalización acelerada, esa densidad comenzó a evaporarse.

    La promesa de que la tecnología democratizaría el conocimiento terminó convertida en su caricatura. El conocimiento fue sustituido por información fragmentada; el estudio, por el reflejo inmediato; la reflexión, por el dictado del algoritmo.

    El ciudadano se transformó en usuario, el trabajador en dato, la cultura en entretenimiento fugaz. Lejos de elevar el nivel crítico de las sociedades, el modelo produjo un embrutecimiento funcional: millones de personas hiperconectadas, pero cada vez menos capaces de comprender los procesos que determinan su propia vida.

    De ahí surge el malestar contemporáneo. Las reacciones que hoy sacuden a tantas sociedades no pueden explicarse con etiquetas ideológicas cómodas.

    No son, como se repite con ligereza, simples reacciones de derecha o de extrema derecha.

    Son reacciones frente a una realidad concreta: precarización, pérdida de sentido, ruptura del vínculo entre esfuerzo, conocimiento y futuro. La gente no se subleva contra teorías abstractas; se rebela contra lo que vive cada día.

    Incluso los templos simbólicos del modelo han comenzado a reconocer la grieta. Cuando en Davos el primer ministro de Canadá, Mark Carney, habla con amargura de ruptura del orden mundial, no describe una anomalía pasajera. Describe el agotamiento de un relato. Davos, durante años púlpito optimista de la globalización feliz, se ha convertido en un lugar donde ya no se celebra el modelo, sino que se intenta administrar su crisis con palabras medidas y rostros tensos.

    La Organización Mundial del Comercio es quizá el espejo más elocuente de este fracaso. Concebida para garantizar previsibilidad y reglas comunes, hoy enfrenta parálisis institucional, bloqueo de su sistema de apelaciones, tensiones entre grandes potencias y una incapacidad creciente para disciplinar un comercio cada vez más politizado.

    El multilateralismo comercial sobrevive más como referencia formal que como poder efectivo.

    Lo que estamos viviendo no es un rechazo irracional de la globalización, sino su desmitificación. Nunca fue un proceso neutro ni espontáneo; fue un modelo impuesto, sin suficiente debate social, sin pedagogía histórica, sin cuidado por los tejidos culturales que sostenían a las sociedades. Ignoró una verdad elemental: los pueblos no viven solo de mercados, sino de educación, sentido, memoria y conciencia.

    El fracaso de la globalización post Guerra Fría no radica en que haya integrado demasiado al mundo, sino en que lo hizo mal, de forma desigual y empobrecedora en lo esencial.

    Prometió libertad y produjo dependencia; prometió ilustración y generó confusión; prometió prosperidad compartida y concentró beneficios.

    El resultado es el que hoy vemos: una reacción amplia, difusa, a veces torpe, a veces peligrosa, pero profundamente real.

    No asistimos al fin del mundo, pero sí al fin de una ilusión. Y reconocerlo no es un gesto ideológico, sino un acto de honestidad histórica.

    Porque ningún modelo que empobrece la conciencia y vacía la cultura puede sostenerse indefinidamente. La realidad, tarde o temprano, siempre pasa factura.