La revolución que se desteñía al sol

El texto subraya la importancia del capital moral para la convivencia democrática frente a sistemas autoritarios.

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Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

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Santo Domingo.– Solo una vez en mi vida he estado en Cuba: septiembre de 1985.

Era un tiempo en que el mito de la Revolución aún flotaba en el aire latinoamericano como una consigna sagrada, repetida con solemnidad por políticos, intelectuales y militantes que veían en La Habana una especie de Jerusalén ideológica del siglo XX.

Yo, dominicano formado en la turbulenta historia de mi país, viajé a la isla con curiosidad, respeto y también con la prudencia de quien ha visto de cerca cómo los grandes proyectos políticos pueden chocar contra la realidad humana.

Experiencia en Cuba 1985: análisis del modelo revolucionario y su impacto social

Después de ese viaje, en 1986, un amigo sacerdote cubano me había de decir una frase que nunca olvidé:

"¿Qué revolución puede haber en Cuba si los vecinos se roban entre sí la ropa puesta a secar al sol?"

Aquella frase me parecía, en su momento, casi cruel en su sencillez. No era una crítica teórica, ni un discurso ideológico. Era una observación doméstica, mínima, cotidiana. Sin embargo, contenía una profundidad histórica que solo comprendí plenamente cuando puse los pies en La Habana.

    Conocí a Fidel Castro. Lo vi de cerca, lo escuché, y comprendí la magnitud de su carisma y su inteligencia política. Era un personaje histórico, sin duda alguna, uno de los protagonistas centrales del siglo XX en América Latina. Pero la historia no se mide únicamente por los líderes, sino por la vida concreta de los pueblos que gobiernan esos líderes. Y fue en esa vida concreta donde descubrí la grieta silenciosa del modelo cubano.

    Recuerdo con nitidez un episodio aparentemente trivial: en el hotel, para poder ordenar cualquier servicio, había que entregar unos tickets manoseados, revisados una y otra vez por empleados que actuaban más como guardianes de la escasez que como servidores del público.

    Aquellos papelitos, sobados por múltiples manos, eran el símbolo de una economía vigilada hasta en los gestos más pequeños. No se trataba solo de racionar productos; se racionaba la espontaneidad de la vida.

      Fue allí, en ese instante, donde comprendí que el llamado "modelo" cubano tenía un problema estructural. No era solo un sistema político centralizado; era una forma de organizar la existencia humana sobre la base de permisos, controles y limitaciones permanentes. La Revolución prometía dignidad colectiva, pero en la práctica regulaba hasta la manera de pedir un café.

      Desconfianza social y control en Cuba: reflexiones desde la experiencia en 1985

      Entonces recordé las palabras de mi amigo sacerdote. La ropa robada al sol no era una anécdota pintoresca: era el síntoma de algo más profundo.

      Cuando en una sociedad los vecinos comienzan a desconfiar unos de otros, la revolución deja de ser una comunidad moral y se convierte en una estructura política sostenida por la disciplina y la necesidad, no por la convicción interior del ciudadano.

      Cuba en 1985 aún recibía el apoyo económico de la Unión Soviética. No había ocurrido el colapso del bloque socialista ni el llamado Período Especial.

      Sin embargo, los signos de desgaste estaban presentes en la vida cotidiana: colas interminables, escasez controlada, mercado informal tolerado en silencio y una cultura del "resolver" que sustituía la ética revolucionaria por la ética de supervivencia.

      El Estado proclamaba la igualdad, pero la vida real obligaba a cada cual a buscar soluciones personales, muchas veces al margen de la legalidad.

      Comprendí entonces que las revoluciones no fracasan únicamente por conspiraciones externas o por errores ideológicos. Fracasan, sobre todo, cuando se deteriora el tejido moral que une a los ciudadanos entre sí. Ninguna revolución puede sostenerse indefinidamente si la vida cotidiana se organiza sobre la desconfianza, el miedo o la necesidad extrema.

      Mi experiencia cubana me llevó inevitablemente a comparar aquella realidad con la dominicana. Nosotros habíamos vivido una dictadura feroz hasta 1961, luego una revolución, una guerra civil, una intervención extranjera y una transición democrática compleja.

      Sin embargo, en los barrios populares de Santo Domingo —San Carlos, San Lázaro, Cristo Rey— donde crecí y que siempre llevo en la memoria, existía una pobreza material acompañada de una solidaridad espontánea.

      La ropa podía secarse al sol sin que el vecino la robara, porque la comunidad vigilaba y protegía a sus propios miembros. Ese capital moral invisible era, en el fondo, la base de nuestra posterior convivencia democrática.

      En Cuba, por el contrario, advertí que la igualdad proclamada desde el Estado convivía con una erosión silenciosa de la confianza social.

      No era un fenómeno universal ni absoluto, pero sí lo suficientemente visible como para revelar un desgaste en la conciencia moral colectiva.

      La Revolución había intentado crear un "hombre nuevo", pero el ser humano real, con sus necesidades y tentaciones, terminaba adaptándose al sistema mediante pequeñas transgresiones cotidianas que se volvían normales.

      Con el paso de los años, la historia confirmó aquellas intuiciones tempranas. Tras la caída de la Unión Soviética en 1991, Cuba entró en una crisis profunda que desnudó las fragilidades estructurales del modelo.

      La heroicidad de los años sesenta dio paso a una sociedad disciplinada políticamente, pero obligada a sobrevivir mediante redes informales, remesas, favores y pequeñas ilegalidades toleradas.

      La revolución sobrevivió como sistema político, pero su mística moral inicial se fue diluyendo lentamente en la práctica diaria.

      Por eso, cuando hoy afirmo que un pobre dominicano puede considerarse "rico" en comparación con un cubano, no me refiero únicamente a una comparación material de bienes de consumo, aunque esa diferencia exista de manera visible en los mercados, en la variedad de alimentos y en la libertad para emprender pequeñas actividades económicas.

      Me refiero, sobre todo, a la posibilidad de elegir, de moverse, de comerciar, de inventar soluciones sin necesitar tickets ni autorizaciones estatales para cada acto de la vida.

      El dominicano humilde tiene limitaciones, carencias y desigualdades que debemos combatir con políticas públicas responsables; pero dispone de una libertad económica y social que le permite construir su propio destino con mayor margen de iniciativa.

      El cubano promedio, en cambio, ha vivido durante décadas bajo un sistema que le garantiza ciertos servicios básicos universales, pero a costa de restringir profundamente su autonomía individual y su capacidad de prosperar materialmente.

      Mi visita a Cuba en 1985, el encuentro con Fidel Castro y aquel episodio aparentemente insignificante de los tickets en el hotel se convirtieron, con el tiempo, en una lección histórica duradera.

      Comprendí que los grandes discursos revolucionarios pueden impresionar al observador extranjero, pero son los pequeños detalles de la vida cotidiana los que revelan la verdadera naturaleza de un sistema político.

      Las revoluciones se proclaman en las plazas y en los discursos oficiales, pero se prueban en los patios donde se tiende la ropa al sol. Cuando en esos patios desaparece la confianza entre vecinos, la revolución deja de ser una fe compartida y se convierte en una estructura administrada que la gente acepta por disciplina, por costumbre o por necesidad, pero ya no vive como una misión moral colectiva.

      Aquella frase del sacerdote cubano, escuchada hace casi cuatro décadas, sigue resonando en mi memoria como una advertencia histórica y humana.

      Ningún proyecto político, por noble que sea su propósito, puede triunfar plenamente si no logra cultivar la virtud cívica, la solidaridad y la confianza mutua entre los ciudadanos comunes.

      Sin ese fundamento moral, toda revolución —de izquierda o de derecha— corre el riesgo de desteñirse lentamente, como la ropa abandonada al sol en un patio donde ya nadie confía en nadie.

      Victor Grimaldi Céspedes

      Victor Grimaldi Céspedes

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