Las campanas de Roma

Ambos pontífices han debido equilibrar la santidad divina con la fragilidad humana en procesos disciplinarios y reformas.

8 minutos de lectura
Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

Escuchar el artículo
Detener

Santo Domingo.– Las campanas de Roma no suenan siempre para anunciar un pontificado.

A veces suenan para advertir que algo se ha resquebrajado en los muros invisibles de la conciencia cristiana.

Son campanas que no se oyen en las plazas ni en los noticiarios, sino en los corredores largos y silenciosos donde la historia de la Iglesia se escribe con tinta de fe y de pecado, de santidad y de miseria humana.

Fue una de esas campanas la que resonó, grave y desnuda, en la noche del 25 de marzo de 2005, cuando el entonces cardenal Joseph Ratzinger, todavía sin saber que pocos días después sería elegido Papa con el nombre de Benedicto XVI, pronunció en el Coliseo de Roma aquella frase que habría de perseguirlo como una conciencia encendida:

"¡Cuánta suciedad hay en la Iglesia!". (Papa Benedicto XVI).

No fue una exclamación improvisada ni un gesto teatral para conmover a los fieles reunidos en el Vía Crucis del Viernes Santo.

Fue una meditación escrita con la sobriedad de un teólogo que llevaba décadas contemplando la historia de la Iglesia como se contempla una herida antigua: sin negarla, pero sin perder la esperanza en su cicatrización. Ratzinger no hablaba contra la Iglesia, sino desde la Iglesia; no denunciaba su misterio divino, sino las incoherencias de quienes la servían.

En su lenguaje, la suciedad no significaba herejía doctrinal, sino infidelidad moral; no aludía a la pérdida de fe, sino a la pérdida de coherencia entre el Evangelio proclamado y la vida vivida.

Aquella frase, escuchada en el silencio solemne del Coliseo, quedó suspendida como un diagnóstico profético sobre la conciencia eclesial contemporánea.

    Pocos días después, al ser elegido Papa, el mundo entendió que no se trataba de una advertencia pasajera, sino de un programa espiritual: la convicción de que la reforma verdadera de la Iglesia no comienza con decretos ni con oficinas, sino con una purificación interior que devuelva credibilidad a su misión histórica.

    Desde entonces, cada crisis, cada escándalo, cada proceso disciplinario fue leído a la luz de aquella confesión inicial, como si el nuevo pontífice hubiese querido gobernar recordando que la santidad de la Iglesia convive, inevitablemente, con la fragilidad de sus miembros.

    Impacto en la comunidad

    Los años siguientes confirmaron que aquella intuición no era retórica. La Iglesia universal se vio sacudida por revelaciones dolorosas que afectaban a su autoridad moral, especialmente en el campo de los abusos y de las responsabilidades institucionales acumuladas durante décadas.

    La conciencia histórica de Ratzinger, formada en la teología agustiniana y en la experiencia del siglo XX, le permitía comprender que ninguna institución humana —ni siquiera la más sagrada— está exenta de la tentación del poder, del silencio cómplice o de la negligencia moral. Por eso hablaba de suciedad con la franqueza de quien limpia su propia casa antes de acusar a los vecinos.

    Pero las campanas de advertencia no sonaban solo en Roma. También resonaban, con eco particular, en los territorios periféricos donde la diplomacia pontificia se mezcla con las realidades políticas y sociales de cada nación.

    En el Caribe, en la República Dominicana, el caso del ex nuncio Józef Wesolowski emergió como una herida que obligó a la Iglesia local y a la Santa Sede a enfrentarse de manera dramática a esa tensión entre el misterio sagrado y la miseria humana.

      Aquella crisis, que estalló públicamente en 2013, no surgió de la nada. Como ocurre tantas veces en la historia eclesial, las primeras alarmas sonaron en círculos reservados, en conversaciones prudentes, en informes que viajaban discretamente de una mesa episcopal a los despachos romanos.

      Acciones de la autoridad

      En ese contexto, la actuación del cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez adquirió un peso histórico particular.

      Antes de que la prensa internacional difundiera el escándalo, las preocupaciones habrían sido comunicadas personalmente a Roma, siguiendo la lógica tradicional de la responsabilidad pastoral y de la lealtad institucional.

      No se trataba de una denuncia pública ni de un gesto de confrontación mediática, sino de un acto de conciencia dentro de la estructura jerárquica de la Iglesia.

      La prudencia, en esos casos, no es sinónimo de encubrimiento automático; es parte de una diplomacia espiritual que intenta evitar que el remedio cause más daño que la enfermedad.

      Cuando finalmente el caso se hizo público y la Santa Sede reaccionó con medidas canónicas inéditas, el mundo percibió el episodio como una explosión repentina.

      Sin embargo, como ocurre en los procesos históricos complejos, la revelación mediática fue solo la última fase de un drama que ya había comenzado en el silencio de los informes internos y en la conciencia de quienes, dentro de la Iglesia, comprendían la gravedad moral de los hechos.

      La distancia entre el conocimiento reservado y la exposición pública generó críticas, sospechas y debates, pero también mostró el peso de una institución milenaria que no se mueve con la velocidad de los titulares, sino con el ritmo lento y a veces doloroso de sus procedimientos.

      En esa tensión entre silencio institucional y verdad pública se inscribe la continuidad entre el diagnóstico de Ratzinger y los desafíos enfrentados luego por el Papa Francisco.

      Ambos pontificados, distintos en estilo y lenguaje, se vieron obligados a caminar sobre la misma herida histórica: la necesidad de purificar la Iglesia sin destruir su credibilidad espiritual, de reconocer los pecados humanos sin negar la santidad de su origen.

      La frase del 2005, lejos de quedar confinada a una meditación de Viernes Santo, se convirtió así en una clave interpretativa de los años siguientes, como si hubiese sido pronunciada no solo para aquel momento, sino para toda una época de crisis y reforma.

      Quien haya recorrido los pasillos del Vaticano en esos años —cuando las decisiones disciplinarias, las investigaciones internas y las reformas administrativas buscaban responder a las heridas acumuladas— sabe que la frase de Ratzinger no sonaba a exageración, sino a advertencia profética.

      No era la voz de un adversario de la Iglesia, sino la de un guardián de su conciencia histórica. En su teología, la Iglesia permanece santa por su origen divino, pero peregrina y pecadora en la historia concreta de los hombres que la sirven. Esa tensión, lejos de ser una contradicción, constituye su drama permanente: anunciar la redención mientras lucha con sus propias sombras.

      De ahí que los episodios dolorosos, como el caso Wesołowski, no puedan leerse únicamente como crisis aisladas, sino como manifestaciones de una problemática más profunda: la dificultad de una institución espiritual para confrontar, con transparencia y firmeza, los pecados de quienes actúan en su nombre.

      La denuncia reservada, la reacción posterior de Roma, el impacto mediático y el debate público forman parte de un mismo proceso histórico en el que la Iglesia se ve obligada a mirarse en el espejo de su propia coherencia moral.

      Al final, las campanas que sonaron en el Coliseo en 2005 siguen resonando, como un eco que atraviesa pontificados, escándalos y reformas.

      Recordaban entonces, y recuerdan hoy, que la verdadera renovación eclesial no nace de estrategias de comunicación ni de ajustes administrativos, sino de una purificación interior que devuelva a la Iglesia la credibilidad de su testimonio. Porque la suciedad de la que hablaba Ratzinger no era la negación de la fe, sino la traición silenciosa a su coherencia; no era la derrota del misterio divino, sino la debilidad de la condición humana que, una y otra vez, obliga a la Iglesia a volver al Evangelio con humildad, examen de conciencia y esperanza de redención.

      Victor Grimaldi Céspedes

      Victor Grimaldi Céspedes

      Biografía completa »
      Sígueme en :
      LO MÁS LEÍDO
      LO MÁS VISTO
      TE PUEDE INTERERSAR