Por el bolsillo
La tolerancia social a la corrupción y la vanidad influyen en los niveles de corrupción en Latinoamérica.
Actualizado: 12 de Febrero, 2026, 08:41 AM
Publicado: 12 de Febrero, 2026, 08:10 AM
Marisol Vicens Bello.
Santo Domingo.– La corrupción sigue siendo una gran debilidad en Latinoamérica, la cual afecta las posibilidades de crecimiento y de mejoría de las condiciones de vida para la gente ahondando las desigualdades sociales y castrando oportunidades, y al mismo tiempo es un mecanismo de ascenso para muchos, en sociedades que generalmente privilegian la tenencia de dinero a la de valores, lo que desgraciadamente va de la mano con un alto nivel de tolerancia frente a esta.
El recién publicado informe de Transparencia Internacional sobre el índice de percepción de la corrupción en el 2025 resalta que doce de los 33 países de las Américas han empeorado considerablemente desde el año 2012, y que solo la República Dominicana y Guyana con puntuaciones respectivamente de 37 y 40 han "registrado mejoras significativas", siendo Canadá con 75 puntos, Uruguay con 73 y Barbados con 68 los que ostentan puntuaciones más altas, en contraste con los de puntuación más baja, Venezuela (10) , Nicaragua (14) y Haití (16).
Independientemente de los naturales cuestionamientos que se producen luego de la publicación de este tipo de informes, el hecho de que la percepción de la corrupción esté mejorando en el país es positivo, porque esos datos reflejan lo que perciben organismos internacionales, organizaciones locales y actores fundamentales, y sirven de referente en cualquier evaluación de riesgo país; pero al mismo tiempo hay que admitir que tenemos mucho por hacer pues la puntuación de 37 sigue siendo baja, y no se trata de que seamos un país en vías de desarrollo porque Uruguay con sus 73 puntos, supera a Francia con 66, a Estados Unidos de América con 64, a España con 55 y a Italia con 53.
Algunos se preguntan que como esto puede ser posible si finalizamos el 2025 con un escándalo mayúsculo de corrupción en la Administradora de Riesgos de Salud pública, SENASA, y probablemente dos factores entre otros inciden ahí, los efectos de este caso todavía no se perciben en la evaluación, y elementos positivos de control de la corrupción balancearon la evaluación, como la misma Transparencia Internacional explica al dar detalles respecto de su metodología.
Hay una medición que probablemente no se hace y es la del índice de tolerancia a la corrupción
El cual sin lugar a duda tiene correlación con el de la corrupción misma, pues en la medida en que las sociedades toleran menos o más la corrupción, habrá un menor o mayor porcentaje de esta, como tampoco se hace la medición del índice de vanidad, la cual de realizarse posiblemente arrojaría que en la medida que las sociedades y las personas están más centradas en el dinero y las posesiones, más vulnerables y proclives a la corrupción serán.
Y así nos lo recordaba el papa Francisco al decir en una célebre homilía "Aléjense de la vanidad, del orgullo, del dinero", utilizando la sencilla pero sabia frase que le enseñó su abuela, de que "El diablo entra por el bolsillo y te corrompe si no lo sabes usar bien", recordándonos que el dinero por sí solo no es ni bueno ni malo, pero que sí es un instrumento poderoso que puede ser utilizado para el bien, o para el mal.
Por eso resulta tan abominable que la gente vea como un medio para enriquecerse programas destinados a la salud de las personas, como es el caso no solo de SENASA, sino de otros grandes escándalos de corrupción en el mundo como la acusación en Argentina del extitular de la Agencia Nacional de Discapacidad, y de otros exfuncionarios y empresarios por el cobro de sobornos y fraude al Estado, en el marco de una investigación por irregularidades en la compra de medicamentos para discapacitados; pero hay que recordar que toda corrupción es dañina.
Lo más penoso es que entre los largos tiempos del sistema de justicia y las perversas prácticas de abogados locales de abusar de los reenvíos, y la complacencia de los jueces en aceptar abusos y excesos, en vez de encarar con responsabilidad el deber de revertir una acendrada cultura de evadir el peso de la justicia.
La gente se acomoda más a la idea de que la corrupción si es poderosa no paga condena, mientras otros la replican pensando que nunca les llegará su día, olvidando que no hay nada oculto que no llegue a saberse.


