Las hermanas no habían estado juntas públicamente desde 2010, cuando compartieron escenario en Puerto Rico en una presentación cargada de emoción, en la que también participó su hermano menor, Martín, en un momento especial para la familia.
Santo Domingo.- En una conversación alejada de los escenarios, sin aplausos ni reflectores, Milly Quezada y su hermana Jocelyn se sentaron frente a sus recuerdos para hablar de la vida, la familia y los vínculos que las han sostenido a lo largo de los años.
El encuentro, presentado en El Informe con Alicia Ortega, mostró a dos hermanas que dejaron de lado la fama para mirar de frente las memorias que duelen, los silencios que pesan y el amor que permanece.
No fue una entrevista sobre el éxito artístico, sino sobre los sacrificios, las heridas y las decisiones que marcaron su historia personal y profesional.
Ambas coincidieron en que su camino sirve hoy de inspiración para los niños, al demostrar que los sueños no tienen fecha ni límites, que el talento se cultiva con esfuerzo y que la constancia abre caminos.
Las hermanas no habían estado juntas públicamente desde 2010, cuando compartieron escenario en Puerto Rico en una presentación cargada de emoción, en la que también participó su hermano menor, Martín, en un momento especial para la familia.
El estreno de la película “Milly, la reina del merengue”, presentada la semana pasada en el Festival de Cine Global Santo Domingo, propició su regreso al país y este reencuentro íntimo.
La producción recoge los primeros 20 años de carrera de Milly, junto a Jocelyn y Los Vecinos, y revive una etapa decisiva de su trayectoria artística.
Jocelyn recordó cómo la música fue siempre un refugio, incluso antes de la fama.
También relató el momento en que decidió apartarse radicalmente de la orquesta en 1992, cuando esta atravesaba uno de sus mejores momentos, tras iniciar un proceso profundo de fe que contó con el apoyo de su familia.
Ese giro estuvo marcado por la enfermedad de su esposo, Rafael, diagnosticado años después con trombocitopenia, una condición que afectó su salud en plena vorágine de giras internacionales.
El episodio, ocurrido cuando Jocelyn tenía siete meses de embarazo, representó un antes y un después que llevó a la familia a cuestionarse el sentido de tanto sacrificio.
Las hermanas evocaron sus inicios en Washington Heights, en la década de los 70, cuando eran niñas inmigrantes en una industria dominada por hombres; describieron esa etapa como una aventura, marcada por la inocencia, la dominicanidad y el deseo de hacer música para mantenerse unidas y alejadas de las calles peligrosas de Nueva York.
Recordaron cómo comenzaron tocando gratis en fiestas de barrio, iglesias y calles cerradas con permisos municipales, hasta recibir su primer pago: 80 dólares, una cifra modesta que simbolizó el inicio formal de un camino que cambiaría sus vidas.