Desde su fundación, el diario Hoy innovó en impresión a color y estableció un equipo permanente de investigación.
Santo Domingo.– Recuerdo el 11 de agosto del 1996: Ahí estaba Juan Bosch, y estaba también el Presidente Leonel Fernández como recién electo en un hotel de Santo Domingo, celebrando los primeros 15 años del HOY.
Juan Bosch amigo de jovencito de don Manuel Corripio, el padre de Pepín, había de tener un diferendo con el periódico diez años antes en 1986 y lo cuento más adelante en este artículo.
Me encontraba también entre los invitados, y el mes anterior había participado como Contralor General de la República en la Esquina Joven de HOY con Francisco Ortega Polanco como entrevistador.
La cuestión era la evocación de aquel amanecer del 11 de agosto de 1981, cuando el sol apenas comenzaba a marcar su territorio sobre Santo Domingo, otra luz —más silenciosa, más obstinada— salió de la rotativa.
No iluminó calles ni fachadas: iluminó conciencias. En el papel recién nacido aparecieron tres letras negras, sobrias, sin adornos innecesarios: Hoy. No era un nombre; era una declaración de tiempo. Un presente que se negaba a pasar sin dejar rastro.
Afuera, los canillitas comenzaron el pregón y la ciudad supo que algo había cambiado. En los anaqueles, el diario se dejaba mirar con un formato moderno, un diseño audaz, el color como lenguaje y no como espectáculo. La prensa dominicana entraba, sin estridencias, en otra edad.
Detrás de ese parto estaba José Luis Corripio Estrada, Pepín, con una idea clara y una ambición que no necesitaba alardes: crear un periódico que sirviera a la democracia, que respetara al lector y que entendiera el periodismo como una institución civil, no como un instrumento del poder ni como una mercancía de coyuntura.
Desde su primera edición, el diario decidió innovar donde más costaba: en el método. Fue pionero en la impresión a color, en el grafismo moderno, en la publicación sistemática de encuestas con rigor técnico y en la creación del primer equipo permanente de investigación periodística del país.
No era una carrera por la primicia vacía, sino por la noticia que resiste el tiempo. Hoy entendió pronto que la información sin memoria es apenas ruido.
Ese espíritu quedó fijado en un editorial que todavía respira: “pan, sal y levadura”.
Pan para alimentar la información, sal para darle criterio y levadura para hacerla crecer con sentido público.
El ideario era explícito y exigente: servir, defender las libertades, interpretar la realidad con ánimo constructivo.
No practicar un periodismo neutral cuando la neutralidad encubre injusticias; tomar partido por la justicia y la libertad, y contra los privilegios irritantes y las opresiones. Aspirar, sin eufemismos, a ser conciencia pública.
La dirección inicial de Virgilio Alcántara dio forma y carácter a ese proyecto. Virgilio fue mi Profesor en el Instituto Dominicano de Periodismo.
Luego vendrían Mario Álvarez Dugan, sosteniendo durante dos décadas la credibilidad ganada, y Bienvenido Álvarez Vega, desde la investigación, consolidando una escuela.
Hoy fue una redacción, pero también fue una escuela cívica. En aquella primera generación confluyeron trayectorias que luego se cruzarían en otros espacios del poder mediático y económico.
Miguel Franjul, tras su paso inicial por Hoy, trabajó Relaciones Públicas con Alejandro Grullón en el Grupo Popular y luego regresó al Listín Diario, donde había trabajado antes de la fundación del diario HOY, ahora como director, designado por Ramón Báez Figueroa.
Álvarez Vega, por su parte, fue recomendado por mí en 1989 al presidente del Banco del Comercio, José Ureña, para dirigir el nuevo diario El Siglo. Años después regresaría a Hoy como subdirector, cerrando un círculo profesional y ético.
Pero la verdadera prueba de fuego de un periódico no se mide solo en redacciones ni en cargos, sino en los momentos en que incomoda al poder real, incluso al poder moral. Uno de esos episodios ocurrió antes de las elecciones del 16 de mayo de 1986.
Llegué al apartamento donde residía entonces Juan Bosch, en la avenida César Nicolás Penson número 60. Al entrar, encontré una escena que aún conservo con nitidez: Pepín Corripio, en mangas cortas de camisa, sentado en una silla ordinaria, esperando. No había séquito, ni poses, ni privilegios. Solo espera.
—Hola, Pepín —le dije. Pepín, así siempre nos hemos tratado.
—Hola, Víctor. ¿Cómo estás?
—Viéndote ahí sentado. ¿Por qué no has entrado al despacho?
—Tun, tun… toqué la puerta y el mismo don Juan me dejó pasar.
Entré yo entonces.
—Don Juan, ahí está Pepín esperando.
Bosch ni levantó la vista.
—¿Y qué, Víctor? Que espere.
Juan Bosch estaba encuerdado con Hoy. El motivo era una encuesta publicada por el periódico, realizada por Violeta Yangüela, que no coincidía con sus expectativas políticas. Violeta, además, trabajaba en ese momento con Jacobo Majluta, el candidato del Partido Revolucionario Dominicano.
Aquella escena —Bosch molesto, Pepín esperando sin reclamar trato especial, el periódico defendiendo su encuesta— resume mejor que cualquier discurso lo que fue Hoy desde su nacimiento: un medio que aceptó el costo de la independencia, incluso cuando esa independencia tensaba relaciones con figuras históricas y morales del país.
Pepín no estaba allí para pedir disculpas, sino para dar la cara. Y Bosch, fiel a su carácter, no cedía ni un centímetro cuando sentía que la política tocaba territorio sensible.
Hoy sobrevivió a esos choques porque no nació para agradar, sino para informar. Y porque su fundador entendió que un periódico que se arrodilla una vez queda condenado a hacerlo siempre.
Ese mismo espíritu se extendió a la cultura. El 22 de agosto de 1981 apareció Isla Abierta, suplemento cultural dirigido por Manuel Rueda, con Soledad Álvarez como presencia esencial.
En su segundo aniversario, a solicitud expresa de Rueda, escribí y publiqué en Isla Abierta un ensayo sobre la empresa de la comunicación social: una reflexión crítica sobre el poder del medio, sus responsabilidades y sus límites. No era un elogio complaciente, sino una invitación a pensar el periodismo como servicio público y no como simple engranaje comercial.
A lo largo de las décadas, Hoy fue registrando la “década perdida”, las crisis económicas, las transiciones políticas, los huracanes, las quiebras bancarias, los cambios tecnológicos, las tensiones sociales.
Cada edición dejó un documento para el estudio del país. Cuando la computadora sustituyó a la máquina de escribir y el clic abrió mundos, el periódico entendió que cambiar de soporte no implicaba cambiar de principios.
En 2004, con Hoy Digital, el presente se volvió ubicuo sin perder rigor.
Hoy, más de cuatro décadas después, el objeto ha cambiado —papel, formato, pantalla—, pero la voz es reconocible.
Hoy no prometió infalibilidad; prometió método. No ofreció complacencias; ofreció contexto. Por eso sus páginas funcionan como archivo vivo de la República Dominicana, como memoria de lo que fuimos y advertencia de lo que podríamos ser.
El 11 de agosto de 1981 no nació solo un periódico. Nació una manera de mirar el país con respeto por la verdad y confianza en la inteligencia del lector. Ese presente continuo, trabajado con rigor, se convirtió en memoria. Y esa memoria, todavía, sigue llamándose Hoy.