Pepín y Gómez Díaz en la intrahistoria

El crecimiento de Telemicro contrasta con la preservación de espacios familiares en la capital dominicana.

Santo Domingo.– Yo nací en la diminuta ciudad de Santo Domingo cuando todavía cabía entera en la memoria de un muchacho y no pasaba de doscientos o trescientos mil habitantes, una capital recogida en sí misma como un pueblo grande donde todos se conocían por el nombre, por el apodo o por la manera de caminar bajo el sol.

Barrio histórico y memoria urbana

El parque Independencia, con su glorieta blanca y sus cuatro subidas y bajaditas, era el centro magnético de los muchachos que llegábamos con patines, ilusiones y rodillas raspadas.

Debajo corría un canalito con plantas y peces que parecían ajenos al ruido de la historia y al murmullo de las conspiraciones políticas que siempre flotaban en el aire dominicano como polvo invisible.

Al cruzar desde el parque hacia la calle Mariano Cestero estaba Repuestos, C. por A., donde trabajaba mi madre, en un edificio que era propiedad de un tío de Pepín Corripio y que hoy tiene otro dueño, como si los muros también emigraran con el tiempo.

Enfrente, donde antes se alzaban el cine teatro Independencia y el Club de los Árabes, terminó instalándose, muchos años después, el imperio televisivo de Juan Ramón Gómez Díaz, uno de los más influyentes empresarios de la comunicación dominicana.

    Telemicro fue creciendo como crecen los árboles ambiciosos: conquistando terreno, ganando espacio, extendiendo sus ramas de antenas y pantallas. Y, sin embargo, a pesar de su expansión, todavía le queda adyacente a su solar una reliquia doméstica que parece resistirse al progreso: la antigua vivienda familiar de los Corripio Estrada, con su patio amplio y silencioso, su techo envejecido y sus columnas que guardan más historia que cualquier archivo notarial.

    Era marzo del año 2020, cuando comenzaba a sentirse el rumor ominoso de la pandemia del coronavirus, y fui invitado por el senador Adriano Sánchez Roa a su programa en el canal 15.

    Desde el último piso de Telemicro —donde los empleados de los canales 5 y 15 y de las radiomisoras se asoman al balcón como quien mira un escenario cotidiano de la ciudad— se veía con claridad casi sentimental el patio de la vieja casa de Pepín Corripio, inmóvil bajo el sol ardiente de la avenida Bolívar.

    Mientras el calor caía sobre los techos y las aceras y el tráfico seguía su curso imperturbable, corría entre los empleados de Gómez Díaz una broma repetida con sorna caribeña: decían que Gómez Díaz, con la audacia del empresario en permanente ascenso, le había dicho a Pepín que quería comprarle aquella casa; y que Pepín, sin levantar la voz y con la ironía pausada de los hombres que conocen el verdadero peso del dinero, le respondió con una frase que quedó flotando como sentencia irrevocable:

    —Tú no tienes dinero para pagar lo que esa casa vale.

    Las cosas de Pepín

    No hablaba del precio en pesos ni en dólares. Hablaba de otra cosa. De la memoria familiar, de los años duros de la posguerra, de los periódicos impresos de madrugada, de las conversaciones políticas en el comedor, de los hijos creciendo bajo ese techo y del poder silencioso que da el tiempo cuando se convierte en patrimonio.

    Así, entre risas y comentarios, la ciudad seguía su curso, ignorando que aquellas frases aparentemente ligeras eran en realidad retratos breves de una época en que los comerciantes aún luchaban por ser llamados empresarios y las viejas casas conservaban un valor que no se medía solo en dinero, sino en prestigio, memoria y linaje invisible.

    Ese es mi barrio.

    No el que aparece en los mapas modernos ni en las fotografías aéreas, sino el barrio vivo que se mide por los pasos de un muchacho que sube y baja calles con un cuaderno bajo el brazo y el sol de la mañana golpeándole la frente.

    Cercana a Pepín estaba la casa de los padres de Juan Luis Guerra, quien era mucho menor que yo, y enfrente de ellos se extendía el solar vacío de la parte trasera de la Santo Domingo Motors, cuyo frente se encontraba al doblar la esquina en la calle Julio Verne, donde comenzó la empresa de don Amadeo Barletta, sin sospechar que levantaría un emporio sobre aquel terreno que después fue juego y polvo de muchachos.

    En ese solar vacío de la avenida Bolívar jugaba yo con los hermanos de Juan Luis, y jocosamente me llamaban Juan Marichal por ser pitcher en el béisbol juvenil, sin saber que los sobrenombres infantiles son a veces la primera forma de inmortalidad.

    En dos o tres minutos desde la casa de Pepín se llegaba caminando hasta la Juan Isidro Pérez esquina Palo Hincado. Era una distancia corta en metros, pero larga en formación humana.

    Allí residí desde 1960 hasta 1971, cuando Santo Domingo todavía olía a imprenta, a tinta fresca y a café colado en casas donde los apellidos pesaban más que las marcas comerciales.

    Cada mañana yo bajaba y subía la calle Emilio Prud’Homme rumbo al Colegio Nuestra Señora de la Altagracia.

    Aquella via de almacenes de la época era una paralela a la calle 16 de Agosto, donde estaba el Colegio : los vendedores saludaban, los choferes tocaban bocina con familiaridad y los vecinos sabían quién era hijo de quién y hacia dónde iba cada niño con uniforme planchado por manos maternas.

    Formación social y económica en Santo Domingo

    Y detrás de la Distribuidora —la Casa Corripio— se veía el otro mundo: el del trabajo disciplinado.

    Allí estaba don Manuel Corripio, el padre de Pepín, dirigiendo con firmeza serena aquel centro de labor donde los empleados, de mangas arremangadas y mirada concentrada, construían sin saberlo una parte importante del comercio dominicano moderno.

    No era una oficina de lujo, era un taller humano donde se aprendía que la empresa se levanta con constancia diaria y respeto por el esfuerzo ajeno.

    Yo pasaba por allí sin sospechar que esas escenas quedarían guardadas para siempre en mi memoria: el ruido de cajas moviéndose, el saludo respetuoso al “Don Manuel”, el olor mezclado de papel, madera y sudor honrado.

    Era la educación silenciosa de una generación que creció viendo trabajar a los mayores antes de entender del todo lo que significaba el poder económico.

    Por eso, cuando hoy miro esas casas —las de Pepín, las de mi infancia, las de ese barrio que en dos o tres minutos conectaba mi hogar con el colegio y con el centro de trabajo de don Manuel— no estoy viendo simples construcciones antiguas.

    Estoy viendo el escenario donde se formó una conciencia: la del muchacho que caminaba cada día por la calle Emilio Prud’Homme sin saber que algún día recordaría esas caminatas como el verdadero prólogo de una vida pública y de una vocación de observar la historia desde adentro, desde esa intrahistoria que no aparece en los libros, pero que sostiene, en silencio, el peso entero de una nación.