Crisis USA–Venezuela muestra lo que evitó Juan Bosch a un futuro gobierno del PLD

Juan Bosch y dirigentes históricos definieron el boschismo como base política para proteger al PLD y al país.

Santo Domingo.– La crisis abierta entre los Estados Unidos y Venezuela en enero de 2026 ofrece una clave histórica para comprender uno de los episodios menos comentados, pero más decisivos, de la evolución política dominicana reciente. 

El Partido de la Liberación Dominicana evitó a tiempo un problema mayor que habría condicionado de forma grave el futuro de cualquier gobierno suyo y, por extensión, la estabilidad internacional de la República Dominicana.

En 1986, el PLD había alcanzado un tercer lugar electoral con un porcentaje de votos superior al que obtendría ocho años después, en 1994.


    Aquellos resultados ya lo perfilaban como una opción real de poder a mediano plazo. Sin embargo, en ese mismo período comenzaron a incorporarse a la organización grupos y dirigentes de izquierda radical, muchos de ellos con formación política y entrenamiento en Nicaragua y Cuba, que intentaron desplazar el eje doctrinal del partido hacia una definición abiertamente obrera y socialista.

    Esos sectores no solo promovieron intrigas internas, sino que llegaron a influir en decisiones de alto nivel. Sus maniobras condujeron incluso a la expulsión del doctor Rafael Alburquerque, quien había sido candidato vicepresidencial y que años más tarde sería una figura clave en los gobiernos de Leonel Fernández

    Para 1986, esos grupos ya estaban enclavados en instancias relevantes de la dirección del PLD y presionaban para que, en el Congreso partidario de 1986–1987, la organización se declarara formalmente socialista. Como muestra de su influencia, lograron incluso la presencia de Daniel Ortega en un acto público del PLD en Santo Domingo.


    Frente a ese intento de captura ideológica, se produjo una reacción interna decisiva. Dirigentes como Euclides Gutiérrez Félix —formado políticamente con la experiencia de la era de Trujillo junto a figuras como Francisco Caamaño y Rafael Fernández Domínguez—, junto a otros cuadros históricos como Norge Botello, convencieron a Juan Bosch de que la fortaleza del partido no estaba en imitar modelos externos, sino en afirmar el boschismo como teoría política propia del PLD, compatible con la democracia representativa y la economía moderna.

    Tras evaluar la conducta de esos grupos después de las elecciones de 1990, Juan Bosch fue finalmente persuadido de la urgencia de una definición drástica

    Entre 1991 y 1992 se tomó la decisión de expulsar del PLD a los sectores extremistas de izquierda que se habían incorporado en los años previos. No fue una ruptura menor ni un ajuste administrativo: fue una definición estratégica de fondo, con consecuencias históricas.

    Bosch fue explícito y contundente. En un programa de televisión llegó a calificarlos de traidores, una palabra dura y deliberada, que no respondía a un conflicto personal, sino a una incompatibilidad política e histórica.


      Los expulsados prefirieron llamarse a sí mismos “renunciantes”, pero el hecho central es que quedaron fuera del proyecto político del PLD

      Con esa decisión, el partido cerró definitivamente cualquier ambigüedad ideológica que pudiera arrastrarlo hacia una confrontación directa con los Estados Unidos.

      Juan Bosch conocía bien los riesgos de ese tipo de ambigüedad. Ya en 1973, cuando aún militaba en el PRD, hablaba en privado con profunda desconfianza del G2 cubano y de los métodos de penetración política e inteligencia utilizados por La Habana en otros países. 

      Esa experiencia, acumulada durante décadas de exilio, observación directa y contacto con la política internacional, le permitió anticipar escenarios que otros preferían ignorar.

      La historia reciente de Venezuela confirma cuán fundadas eran esas preocupaciones. El 5 de enero de 2026, el propio gobierno cubano admitió públicamente que 32 de sus ciudadanos habían muerto en ataques estadounidenses en territorio venezolano.

        Según declaró el presidente Miguel Díaz-Canel, se trataba de personal de las fuerzas armadas y del Ministerio del Interior de Cuba, enviados en misión oficial a solicitud del gobierno de Nicolás Maduro

        Fue una admisión excepcional que confirmó, sin eufemismos, la profundidad de la presencia cubana en Venezuela, no solo en áreas civiles, sino en seguridad, inteligencia y protección directa del poder político.

        Durante años, Cuba ha enviado miles de ciudadanos a Venezuela a cambio de petróleo. Muchos son médicos y profesores, pero otros han sido agentes de inteligencia, asesores militares y personal de seguridad. Informes periodísticos recientes revelaron que, ante la creciente presión militar de Estados Unidos

        Maduro había ampliado el papel de los guardaespaldas cubanos en su seguridad personal y reforzado la presencia de agentes de contrainteligencia cubanos dentro de las Fuerzas Armadas venezolanas, precisamente para prevenir un golpe de Estado. 

        Los ataques estadounidenses, que dejaron al menos 80 muertos en total, expusieron el costo real de esa dependencia.

        Ese es el escenario del que el PLD se apartó conscientemente a comienzos de los años noventa. De haberse mantenido dentro del partido aquellos grupos y dirigentes con simpatías explícitas hacia la Revolución Cubana o el sandinismo nicaragüense, un eventual gobierno del PLD habría quedado inevitablemente bajo sospecha estratégica en Washington. 

        La relación con los Estados Unidos habría estado marcada por la desconfianza permanente, la vigilancia política y, en el peor de los casos, por la confrontación abierta.

        Bosch entendió que la política dominicana no podía darse el lujo de repetir los errores de otros países del Caribe y de América Latina. 

        Previamente en 1989 viajó con Euclides Gutiérrez Félix y Leonel Fernández a reunirse con Bernard Aronson en el Departamento de Estado durante el Gobierno de Bush padre. Aseguró luego políticas pro sector privado en la Cámara Americana de Comercio.

        La República Dominicana no tenía ni la posición geopolítica de Cuba ni los recursos energéticos de Venezuela para sostener un pulso prolongado con los Estados Unidos. Cualquier intento de ambigüedad ideológica habría tenido consecuencias económicas, diplomáticas y de seguridad difíciles de manejar.

        Al depurar el PLD, Bosch no solo protegió al partido; protegió al país. Permitió que, años después, un gobierno encabezado por Leonel Fernández pudiera nacer con legitimidad internacional, sin sospechas de tutelaje extranjero ni de alineamientos ocultos

        Evitó que la República Dominicana quedara atrapada en redes de inteligencia, asesoría militar o dependencia política como las que hoy resultan evidentes en Venezuela.

        Por eso, la expulsión de los llamados “renunciantes” no fue un episodio sectario ni un gesto autoritario. Fue una decisión preventiva, estratégica y profundamente realista. En ese momento, el PLD se liberó de un problema que habría condicionado su futuro y, con ello, contribuyó decisivamente a que la República Dominicana no terminara recorriendo el camino de Cuba, Nicaragua o Venezuela.