Trujillo fue eliminado por una conspiración sin una ruptura real, lo que permitió la supervivencia de su sistema.
Santo Domingo.– La caída de las dictaduras no sigue una sola lógica. En el siglo XX se pudo observar que no todas las tiranías mueren de la misma manera ni generan las mismas consecuencias políticas.
Italia, Cuba y la República Dominicana representan tres modelos distintos de salida del autoritarismo, y de esa diferencia se explica por qué Fidel Castro fue visto durante años como un revolucionario legítimo incluso en Estados Unidos, mientras que Rafael Leónidas Trujillo terminó convertido en un estorbo estratégico que Washington decidió abandonar.
En Italia, el fascismo no colapsó por desgaste interno ni por una transición pactada. Fue derrotado por una insurrección armada popular, combinada con la ofensiva militar de los Aliados.
El Duce fue capturado, juzgado y fusilado. Ese acto, brutal pero simbólicamente decisivo, permitió que la nueva República italiana naciera sobre una ruptura clara con el pasado. El fascismo quedó moralmente condenado por una victoria popular.
En Cuba ocurrió algo semejante. Aunque el proceso se degradara con el tiempo y terminara en una dictadura ideológica, la Revolución Cubana de 1959 nació como una insurrección armada contra una tiranía corrupta.
Batista no cayó por elecciones ni por presión diplomática: cayó porque fue derrotado por una guerrilla que se ganó el respaldo popular.
Trujillo, en cambio, no fue derrotado por una revolución. Fue eliminado por una conspiración. No hubo una insurrección nacional ni una victoria moral que fundara una nueva República.
Murió el hombre, pero no el sistema. Sus redes económicas, militares y políticas sobrevivieron. Por eso, al no existir una ruptura real, el trujillismo se recicló bajo otras formas.
Washington entendió perfectamente esta diferencia. Para Estados Unidos, Fidel era peligroso ideológicamente, pero tenía una legitimidad revolucionaria que hacía difícil destruirlo sin quedar como enemigo de un pueblo que había derrocado a su tirano.
De ahí el giro. No fue moral. Fue estratégico. Estados Unidos aprendió que es más rentable negociar con una revolución que con una tiranía agotada. Fidel podía ser contenido; Trujillo solo podía ser eliminado.
Esta lógica explica por qué una revolución que terminó en dictadura fue inicialmente celebrada incluso en el corazón del capitalismo, mientras que una dictadura anticomunista fue sacrificada sin contemplaciones.
La historia no se mueve por simpatías. Se mueve por legitimidades interesadas.