La historia muestra cómo las fronteras ganadas se legitiman con el tiempo, influyendo en debates internacionales actuales.
Santo Domingo.– La historia tiene una virtud incómoda que la vuelve antipática para los poderosos: no absuelve, pero explica. Y cuando explica bien, cuando se toma el trabajo de mirar hacia atrás sin pedir permiso, deja al desnudo las ironías morales con que los vencedores se envuelven para dormir tranquilos.
La historia no grita; susurra. Pero a veces ese susurro resulta más demoledor que un cañonazo.
La Casa de Saboya construyó el Estado moderno de Italia sobre un despojo territorial consumado por la fuerza.
No fue un accidente, ni una desviación momentánea del camino virtuoso de la nación. Fue el precio exacto de la unificación.
En nombre del progreso, de la patria y de una Italia que aún no existía, se despojó a la Iglesia católica de los Estados Pontificios, un entramado territorial que durante siglos había sido tan real como cualquier reino europeo.
La operación culminó en 1870, cuando las tropas saboyanas entraron en Roma. No hubo notarios ni sellos solemnes: hubo fusiles.
El Papa perdió su territorio; el nuevo Estado ganó su capital simbólica; Europa aplaudió el nacimiento de una nación tardía que por fin se sentaba a la mesa de las potencias.
Durante décadas, el Papa se declaró prisionero en el Vaticano. No era una metáfora piadosa, sino una protesta política sostenida en el tiempo, como esas heridas que no sangran pero tampoco cierran.
La solución llegó mucho después, en 1929, con los Pactos de Letrán. El Estado italiano reconoció una soberanía mínima a la Ciudad del Vaticano; la Iglesia aceptó la pérdida del resto.
No hubo restitución, solo administración del daño. El despojo quedó consagrado por el tiempo, que es el notario más eficaz de la historia.
Italia siguió adelante. El Risorgimento se convirtió en epopeya. Los manuales escolares hablaron de unificación, no de expropiación.
La palabra despojo fue enterrada bajo capas de solemnidad patriótica. Así funciona la historia cuando la escriben los que ganan: lo irreversible se vuelve natural.
Como si primero se escribieran las normas y luego ocurrieran las guerras, y no al revés.
La ironía es tan evidente que duele. Cuando Saboya tomó Roma, fue progreso. Cuando otros retienen territorios ganados, es crimen.
La diferencia no está en la moral —que suele acomodarse— sino en el calendario. Las fronteras que uno ganó ayer se llaman historia; las que otro consolida hoy se llaman anexión. El tiempo, ese viejo cómplice, decide qué es legítimo y qué es escandaloso.
El argumento se vuelve todavía más claro cuando se lo empuja hasta sus últimas consecuencias.
Pretender que Rusia “devuelva” Crimea y el Donbás equivale a pedirle a Estados Unidos que devuelva Texas, Luisiana, California y Alaska. Texas fue mexicano; California también; Luisiana fue francesa; Alaska fue rusa. Ninguna de esas transferencias fue un acto de caridad.
Hubo compras oportunas, guerras desiguales, presiones diplomáticas y tratados firmados con la pistola aún caliente. Todas quedaron legitimadas por el tiempo. Nadie serio plantea hoy su reversión, porque hacerlo sería negar dos siglos de historia consumada.
Italia no devolvió Roma a la Iglesia. Estados Unidos no devolvió California a México. Europa no devolvió Alsacia-Lorena cuando le convenía conservarla.
Sin embargo, se habla ahora como si el tiempo no legitimara nada, como si las reglas actuales pudieran aplicarse retroactivamente según convenga al equilibrio del momento.
Si ese criterio se impusiera, medio planeta debería deshacerse, y los mapas se volverían papeles inútiles, incapaces de fijar nada.
No se trata de absolver a Rusia ni de condenar a la OTAN por principio. Se trata de algo más incómodo: honestidad histórica. Europa —e Italia en particular— no habla desde la inocencia.
Habla desde una experiencia propia de despojo territorial legitimado a posteriori. Olvidarlo no es ingenuidad; es hipocresía con buena memoria selectiva.
La historia no es un tribunal moral permanente. Es un registro de conflictos cerrados por la fuerza y sellados por el tiempo, como tumbas sin epitafio donde yacen viejas disputas que nadie quiere desenterrar. Quien invoca el derecho internacional sin reconocer ese hecho elemental no está defendiendo principios universales: está defendiendo sus propias fronteras ya ganadas.
Y esa, al final, es la ironía mayor: los vencedores del ayer dictan la moral del hoy, como si nunca hubiesen sido vencedores, como si sus mapas hubieran nacido puros, sin sangre ni pólvora, directamente de la imprenta de la historia.