El análisis aborda cómo las camarillas y el poder absoluto afectan la gobernabilidad y la confianza social.
Santo Domingo.– Durante siglos, el poder ha sido presentado como una virtud, una cima a la que solo acceden los mejores, los más capaces, los más lúcidos.
Sin embargo, visto sin disfraces ni retórica, ese supuesto poder que tantos seres humanos persiguen con desesperación para imponerse sobre una sociedad y dirigirla no es más que basura decorada: un residuo envuelto en solemnidades, protocolos y palabras altisonantes que ocultan su verdadera naturaleza.
La historia humana está repleta de ejemplos de “genios del poder” que, al llegar a la cima, no supieron gobernar con justicia ni con dignidad, y que terminaron arrastrando consigo a pueblos enteros y, finalmente, a sí mismos.
Casi siempre el poder no se ejerce en solitario. Aparece acompañado de camarillas. Pequeños grupos que se reúnen, conspiran, se reconocen entre sí y terminan convirtiéndose en bandas organizadas cuyo objetivo no es servir, sino imponer.
Estas camarillas comienzan generalmente dentro de los partidos políticos, utilizando el lenguaje de la modernidad, del cambio y de la renovación como instrumentos para avanzar. Aprenden allí a maniobrar, a desplazar rivales, a fabricar consensos artificiales y a confundir la lealtad con la obediencia ciega.
El partido es, muchas veces, solo el primer laboratorio del poder. No siempre, sin embargo, el camino ha sido partidario. La historia también conoce golpes de Estado, asonadas, cuartelazos y “salvaciones nacionales” que prometían orden y terminaron produciendo devastación. Cambian los métodos, pero no la lógica: un grupo reducido decide que sabe mejor que los demás cómo debe organizarse la sociedad.
A veces no queda más remedio que sonreír ante ese espectáculo. Porque visto con distancia, resulta predecible: intrigas internas, luchas de egos, obsesión por mandar y una fe desmedida en la propia importancia.
En lo personal, nunca me ha interesado el poder por el poder. Los cargos que he desempeñado han sido porque me los han ofrecido y he considerado que podía cumplir una función útil; otros, también ofrecidos, los he rechazado sin drama alguno. Jamás me sedujo la idea de ser jefe, presidente o figura central. Quizás porque siempre he observado el reverso de la medalla.
El poder trae, al inicio, una emoción intensa: aplausos, entusiasmo, reconocimiento. Pero esa fase es breve. Luego llega la rendición de cuentas, el desgaste cotidiano, la soledad del cargo y, con frecuencia, el ostracismo.
Presidentes de la República, jefes de Estado, primeros ministros y ministros descubren pronto que el poder no protege: expone. Y cuando se trata de dictadores, el balance es aún más sombrío. La historia demuestra que su destino rara vez es feliz, ni para ellos ni para sus familias. El poder absoluto no solo destruye a quien lo ejerce; deja cicatrices profundas en su entorno y en la sociedad entera.
Hoy, además, el contexto ha cambiado de manera irreversible. En esta época, lo más legítimo para dirigir una sociedad y un Estado es el ejercicio de la democracia. Pero incluso dentro de los sistemas democráticos, gobernar exige una prudencia y una ética que antes podían eludirse.
La humanidad vive rodeada de medios de comunicación, de plataformas, de archivos digitales, de memoria permanente. Ya no existen las penumbras prolongadas. Cada decisión se registra, cada palabra se conserva, cada contradicción reaparece.
Por eso, la humanidad se ha vuelto, en todas partes, más exigente y más crítica con los gobernantes. No se trata de capricho, sino de conciencia histórica.
La época de los atropellos interminables terminó. También la del cinismo vulgar, ese que se presentaba como astucia política o “realismo” para justificar abusos y desprecio por la dignidad humana. Hoy el cinismo no impresiona: se desnuda. El abuso no se normaliza: se documenta. El poder sin límites ya no genera temor duradero, sino rechazo acumulado.
Exige legitimidad moral, coherencia y respeto. Exige entender que el mando no confiere superioridad ética y que la autoridad solo se sostiene cuando reconoce límites. La democracia no garantiza gobiernos perfectos, pero impone una condición ineludible: nadie es intocable.
Porque en esta etapa histórica, mandar sin respeto ya no es fortaleza. Es debilidad. Y el poder, lejos de ennoblecer por sí mismo, sigue siendo lo que siempre ha sido cuando se ejerce sin conciencia: un residuo que termina ensuciando a quien lo acumula.