Europa, matanza sobre matanza
La cumbre Davos expone la necesidad de que Europa invierta en capacidades estratégicas para sostener su seguridad y soberanía.
Actualizado: 22 de Enero, 2026, 08:15 AM
Publicado: 22 de Enero, 2026, 07:40 AM
Víctor Grimaldi Céspedes.
Santo Domingo.– Ahora que Europa llegó otra vez a la reunión Davos con el ceño fruncido y el gesto solemne de quien cree que todavía puede convencer al mundo con palabras, me trae a la memoria mi Abuelo paterno.
Giuseppe nació en 1891. Hizo su servicio militar obligatorio, y estaba en Brasil con su padre haciendo negocios junto a su padre cuando estalló la Primera Guerra Mundial.
Regresó a Italia y combatió hasta resultar gravemente herido. Fue condecorado como héroe pero en 1920 antes del Gobierno del régimen fascista se marchó de Italia y no retornó jamás.
Era un ciudadano italiano como tantos otros ciudadanos europeos que han vivido a través de siglos y siglos sujetos a las caprichosas matanzas generadas por las ambiciones de sus élites.
Ahora en estos días en Suiza, la nieve cubría los Alpes como una sábana pulcra; adentro, el aire estaba cargado de reproches tardíos, de discursos que llegaban siempre después de los hechos.
Crisis de las élites europeas en Davos 2026
No era una cumbre más. Era, aunque pocos quisieran admitirlo, el punto visible de un proceso largo, lento y casi siempre negado: el agotamiento de las élites europeas surgidas del orden nacido tras la otra guerra concluida en 1945.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Europa no solo estaba devastada físicamente. Estaba moralmente exhausta y políticamente desacreditada. Dos guerras mundiales, incubadas en su propio suelo, habían destruido la legitimidad histórica de sus viejos imperios y de sus clases dirigentes.
Fue en ese vacío donde Estados Unidos ocupó el centro del escenario, no solo como potencia vencedora, sino como arquitecto de un nuevo orden. El Plan Marshall no fue un acto de caridad: fue una operación estratégica de reconstrucción y tutela. Europa aceptó gustosa. Había hambre, ruinas y miedo al comunismo. La subordinación se vivió entonces como salvación.
Durante la Guerra Fría, esa relación se consolidó. Europa Occidental prosperó bajo el paraguas militar estadounidense, mientras reconstruía su economía, levantaba el Estado de bienestar y convertía el recuerdo del horror en un consenso político: nunca más.
Ese "nunca más" fue, al mismo tiempo, una promesa moral y una renuncia estratégica. El poder duro quedó asociado al pasado oscuro; la fuerza militar, a la barbarie; la geopolítica, a un vicio que otros —Washington y Moscú— podían permitirse. Europa se especializó en administrar la paz ajena.
El milagro europeo de la posguerra fue real. Crecimiento, estabilidad, integración, derechos sociales. Pero ese éxito contenía una semilla silenciosa: la convicción de que la historia había sido domesticada para siempre.
Con la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, esa ilusión se convirtió en dogma. Europa creyó que el siglo XXI sería una prolongación tecnocrática del XX tardío, un mundo gobernado por reglas, tribunales, mercados y declaraciones conjuntas. Se habló del "fin de la historia" con una sonrisa satisfecha, como si los fantasmas hubieran sido definitivamente exorcizados.
Fue entonces cuando las élites europeas comenzaron a confundirse a sí mismas con la historia misma. La integración comunitaria avanzó, pero lo hizo sustituyendo política por procedimiento, estrategia por normativa, poder por lenguaje.
La defensa quedó en manos de la OTAN; la energía se ideologizó; la industria pesada se desplazó; la tecnología se importó; la soberanía se volvió una palabra incómoda, casi sospechosa. Europa se convirtió en un gran espacio civilizatorio convencido de que la economía bastaba para garantizar la seguridad y de que la moral podía reemplazar al músculo.
La crisis financiera de 2008 fue una advertencia que no se quiso escuchar. El continente reaccionó con austeridad, tecnocracia y sacrificios sociales que erosionaron la confianza ciudadana, pero no alteraron el núcleo del modelo.
La prioridad siguió siendo la estabilidad administrativa, no la capacidad estratégica.
La brecha entre élites y pueblos se ensanchó, mientras crecía la sensación de que Europa sabía exigir, pero no proteger.
La pandemia llegó como un segundo aviso, más brutal. En nombre de la emergencia y del bien común, las instituciones europeas se apoyaron sin pudor en las grandes plataformas tecnológicas estadounidenses para gestionar información, controlar contenidos y decidir qué podía circular y qué debía desaparecer.
Aquello que hoy algunos denuncian como sumisión fue entonces celebrado como responsabilidad. Nadie hablaba de dependencia; se hablaba de cooperación. Nadie invocaba soberanía; se invocaba eficiencia. Europa no fue forzada: consintió, otra vez.
Dependencia estratégica y desafíos actuales de Europa
Luego vino la guerra, y con ella el despertar brusco. De pronto, la dependencia energética dejó de ser una abstracción verde y se convirtió en una factura imposible de pagar.
La dependencia militar dejó de ser una comodidad heredada y pasó a ser una evidencia incómoda. La dependencia tecnológica dejó de ser una ventaja de mercado y se reveló como una vulnerabilidad estratégica. Europa descubrió, casi con asombro infantil, que los discursos no detienen misiles, que las sanciones no sustituyen fábricas, y que la retórica no produce chips.
En Davos, ese desconcierto se transformó en reproche. Algunos líderes europeos hablaron de dignidad, de no vivir arrodillados ni humillados ante Washington.
Las palabras sonaban firmes, pero llegaban tarde. Porque la humillación que hoy se denuncia no nació con Trump ni en una Casa Blanca hostil. Nació en décadas de decisiones propias, en Bruselas, en Berlín, en París, cuando se decidió que invertir en capacidades estratégicas era innecesario, caro o políticamente incorrecto. Nació cuando se prefirió el aplauso moral al costo del poder.
El regreso de Donald Trump al primer plano internacional no creó esa fragilidad; simplemente la expuso sin cortesía.
Trump no habla el idioma europeo de las sutilezas y las fórmulas diplomáticas. Habla el lenguaje crudo del poder y del precio. Dice lo que muchos en Washington siempre pensaron y pocos se atrevían a decir en voz alta: las alianzas son estratégicas, pero no gratuitas; la amistad no sustituye al equilibrio; y la protección se paga. Frente a ese lenguaje, Europa se descubrió desarmada, no solo en lo militar, sino en lo intelectual.
Algunos evocan con nostalgia los años de mayor sintonía transatlántica bajo Obama o Biden, como si la cordialidad política hubiera significado igualdad real. Pero esa comparación es engañosa. La asimetría ya estaba ahí. La diferencia es que antes se maquillaba con sonrisas, discursos compartidos y declaraciones solemnes.
Hoy se enuncia sin anestesia. El fondo es el mismo desde 1945: una Europa protegida y una América protectora, solo que ahora Estados Unidos ya no quiere seguir cargando solo con el peso del mundo.
Desde el lado estadounidense, los mensajes son fríos, casi contables. Se repite que la alianza atlántica no está en peligro, pero se subraya que sus fundamentos no son sentimentales, sino estratégicos.
Estados Unidos sabe quiénes son sus aliados, dicen. Y precisamente por eso exige más: más inversión, más responsabilidad, más autonomía real. No para debilitar a Europa, sino para dejar de sostenerla.
Mientras tanto, las instituciones europeas responden con un lenguaje que parece detenido en el tiempo. Se afirma que hay herramientas, que existen instrumentos, que la Unión Europea puede mejorar su situación económica y estratégica.
Todo eso es cierto y, al mismo tiempo, insuficiente. Porque Europa siempre ha tenido diagnósticos brillantes y decisiones tardías. Siempre ha prometido futuros que llegan cuando el presente ya cambió.
El fracaso de las élites europeas no es un accidente ni una moda ideológica. Es el resultado histórico de un largo proceso iniciado en 1945: la renuncia progresiva al poder en nombre de la paz, convertida con el tiempo en incapacidad para sostener esa misma paz.
Creyeron que el poder era una reliquia del siglo XX, que la geopolítica podía ser reemplazada por la economía, y que la economía podía vivir separada de la fuerza.
Davos 2026 no marca el inicio de esa crisis. Marca el momento en que ya no puede ocultarse. Bajo la nieve impecable y las alfombras bien aspiradas, Europa se vio a sí misma tal como es: un continente culto, próspero en recuerdos, rico en normas y pobre en músculo, acostumbrado a dar lecciones y cada vez menos capaz de imponer condiciones.
La historia, que Europa creyó haber archivado en 1945, volvió a llamar a la puerta. Y esta vez no trae planes de reconstrucción ni discursos de unidad, sino la cuenta completa de ochenta años de delegación, comodidad y olvido.


