Amigos, familiares y estudiantes expresan condolencias tras la pérdida de un referente en la abogacía dominicana.
Santo Domingo.– Esta columna y su columnista están de duelo: el gran amigo y colega excepcional Juan Manuel Guerrero ha partido inesperadamente para siempre. Se cumple una vez más lo que dijo el poeta a quien él tanto admiraba: “Así se muere la gente, tan sencillamente como respirar; así se queda la vida, como una partida a medio jugar.
Así toda la alegría se pierde en un día, se oscurece así”. Cuánta tristeza ha causado su muerte en mí y en tantos colegas, incluyendo a sus estudiantes en las aulas universitarias que lo admiraban y adoraban.
Juan Manuel y yo fuimos parte de una especie de tribu compuesta por los pupilos de Ramón García Gómez, uno de los abogados más brillantes que ha producido la ciudad de Santiago de los Caballeros en toda su historia.
Al igual que Juan Manuel, Ramón falleció de manera inesperada por problemas cardiovasculares el 25 de agosto de 1989 con apenas 49 años, pero todos los que nos sentimos acogidos y auspiciados por él continuamos, casi cuatro décadas después de su muerte, recordando su don de gente, usando sus frases ocurrentes, evocando sus gestos, rememorando su carisma y haciendo referencia continuamente a su manera genial de abordar cuestiones del derecho y de la vida en general.
Higüeyano como su amigo del alma Olivo Rodríguez Huertas, Juan Manuel fue a Santiago a realizar sus estudios de Derecho en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), pero nuestros pasos no se cruzaron en el campus universitario pues llegó tres años después de yo haber concluido mi carrera.
Nos conocimos en 1988 cuando él vino a la ciudad capital y yo ya me había incorporado como profesor en la recién creada Escuela de Derecho de la PUCMM en Santo Domingo junto a Rafael Alburquerque, Milton Ray Guevara y Mariano Rodríguez, quienes fuimos los primeros profesores de esta escuela por invitación de monseñor Agripino Núñez Collado. Juan Manuel me buscó por encargo de nuestro mutuo mentor Ramón García Gómez, lo cual hizo que se estableciera de inmediato entre notros un vínculo especial por ser ambos de “los protegidos de Ramón”.
Juan Manuel fue una especie de antihéroe. No le gustaban las formalidades ni la grandilocuencia propias de nuestra cultura latina; no era pretensioso ni le interesaba ningún tipo de poder.
Tenía un sentido del humor único con el que desarmaba a cualquiera; no se tomaba en serio a sí mismo, pero sí asumía con absoluta seriedad los asuntos que se ponían en sus manos como profesional o como persona a quien se podía acudir en búsqueda de un consejo o una orientación.
En lo profesional, Juan Manuel era un abogado y jurista brillante, con una formación integral que le permitía ser especialista con credenciales incontestables en múltiples ramas del derecho.
Su vocación por la docencia hizo que él estuviera siempre presto a tomar cursos en diferentes disciplinas -algo poco recomendable para cualquier otro profesor sin el talento de Juan Manuel-, lo que lo obligó a estudiar y prepararse con rigor para cada asignatura. Acumuló un conocimiento jurídico verdaderamente impresionante.
Su saber, sin embargo, trascendía por mucho el derecho. Juan Manuel tenía una vastísima cultura y una curiosidad intelectual poco común. No fue muy dado a escribir ensayos o libros, pero sus opiniones jurídicas eran piezas de una calidad superior.
Las bases de su conocimiento en filosofía, historia y literatura le permitían abordar las ciencias jurídicas desde una perspectiva que trascendía la mera técnica de aplicación del derecho.
Conversar con él, aunque fuese de pasada, era una experiencia maravillosa, pues siempre tenía algo en reserva que le salía espontáneamente para iluminar una conversación y salir de la mediocridad a la que nos suele llevar la cotidianidad.
Alrededor de tres meses atrás lo llamé para consultarle algo y me respondió desde Buenos Aires a punto de entrar a un concierto de Silvio Rodríguez. Ahora me arrepiento de no haber correspondido a su invitación para ir a ver a Amaury Pérez, quien se presentó recientemente en Santo Domingo, pues ese hubiese sido nuestro último encuentro escuchando canciones que marcaron una época.
Sus estudiantes lo admiraban por su sapiencia, su humor y, sobre todo, por esa capacidad de creer en los demás. Tenía una sonrisa cautivante que te transmitía alegría, optimismo y esperanza.
En este momento de recogimiento y expresión de mi sentimiento, pienso en mi alumna Johanna, su esposa, quien ha estado a su lado desde que se conocieron.
También pienso en sus familiares y en sus grandes amigos, especialmente al culto de los administrativistas que lo consideraban como lo que era: un verdadero maestro. A todos ellos, mi condolencia y mi solidaridad.