IA y el triunfo del comunismo
China y Cuba muestran modelos opuestos en el uso de inteligencia artificial para planificación y control social.
Actualizado: 06 de Febrero, 2026, 09:53 AM
Publicado: 06 de Febrero, 2026, 09:49 AM
Victor Manuel Grimaldi Céspedes.
Santo Domingo.– La inteligencia artificial no llegó al mundo como un invento más, sino como llegan los grandes acontecimientos que alteran el curso de la historia: sin pedir permiso y sin respetar calendarios ideológicos.
La inteligencia artificial llegó cuando aún discutíamos viejas palabras —capitalismo, socialismo, mercado, Estado— y las dejó pequeñas, insuficientes, casi decorativas. Porque con la inteligencia artificial no solo cambió la forma de producir: cambió la forma de mandar.
Durante siglos, el poder se apoyó en la fuerza física, luego en la máquina, más tarde en el capital financiero. Hoy se apoya en algo más sutil y más decisivo: el dato. Quien controla los datos controla la predicción, y quien controla la predicción controla el comportamiento humano.
No se gobierna ya solo con leyes o ejércitos, sino con algoritmos que anticipan deseos, miedos y decisiones antes de que el ciudadano sea consciente de ellos.
China y la inteligencia artificial: un modelo de integración estatal
Por eso el mundo ya no puede explicarse con las viejas dicotomías. Cuba y China no encajan en los moldes clásicos. No son capitalistas en el sentido histórico, porque el capital no gobierna por encima del poder político.
Tampoco son socialistas en la versión burocrática del siglo XX, atrapada en fábricas obsoletas y planes quinquenales sin datos.
Son otra cosa: sociedades donde el poder tecnológico ha sido absorbido por un proyecto político centralizado, y donde la inteligencia artificial no sirve al lucro privado, sino al control, la planificación y la continuidad del sistema. Eso, más allá de simpatías o rechazos, se llama comunismo en su forma contemporánea.
La inteligencia artificial ha tenido la virtud brutal de desnudar al capitalismo tardío. En nombre de la eficiencia, ha concentrado datos, decisiones y riquezas en pocas manos.
Las grandes plataformas tecnológicas no responden a la sociedad ni a los Estados: responden a accionistas invisibles y a algoritmos opacos.
El resultado es un sistema que automatiza beneficios y socializa pérdidas, que elimina empleos sin ofrecer horizontes y que convierte al ciudadano en mercancía informacional, medido, clasificado y vendido en tiempo real.
Karl Marx advirtió que el capitalismo terminaría subordinando al ser humano a sus propias creaciones. La inteligencia artificial confirma esa profecía con una precisión inquietante.
El trabajador ya no es explotado solo por su fuerza física, sino por sus hábitos, sus datos, sus pulsiones íntimas.
El capital ya no necesita látigos ni fábricas humeantes: le basta con plataformas, sensores y modelos predictivos que funcionan día y noche sin cansarse ni protestar.
Frente a este escenario, el discurso liberal balbucea. Habla de ética, pero no de poder. Habla de innovación, pero no de propiedad. Habla de derechos, pero no de control estructural.
La inteligencia artificial, en manos del mercado desregulado, no libera: ordena, clasifica, vigila y excluye con una eficacia que ninguna dictadura del pasado pudo soñar.
China entendió antes que otros que la inteligencia artificial no podía quedar librada al juego errático del capital privado. La integró a un proyecto nacional, la subordinó al Estado y la convirtió en instrumento de planificación económica, control social y reducción de la pobreza. No fue un gesto romántico ni una consigna ideológica: fue una decisión histórica.
Porque quien domine la inteligencia artificial dominará el siglo XXI, del mismo modo que quien dominó el acero dominó el XIX y quien dominó el petróleo dominó el XX.
La paradoja cubana frente a la inteligencia artificial
Pero aquí aparece la paradoja cubana, desnuda y dolorosa como una verdad que no admite consuelo.
La inteligencia artificial llegó al mundo como llegan las fatalidades en las novelas del Caribe: sin anunciarse y sin consultar ideologías.
Llegó como el telégrafo, como la electricidad, como la radio, como el petróleo. Y como todas ellas, no vino a igualar a los hombres, sino a revelar con crudeza quién manda y quién obedece.
Cuba es comunista no por lo que produce, sino por lo que controla. El Estado lo vigila todo, lo decide todo, lo distribuye todo. No hay capital privado dominante, no hay grandes corporaciones, no hay oligarquía tecnológica. Y, sin embargo, hay miseria.
Una miseria persistente, antigua, casi hereditaria, que no nació con la inteligencia artificial ni con el siglo XXI, sino con el aislamiento, la dependencia y la incapacidad estructural de generar riqueza propia.
El comunismo, en Cuba, triunfó políticamente, pero fracasó materialmente. Y ese es el núcleo del drama.
Porque la inteligencia artificial no crea riqueza por decreto ni por consignas. Necesita energía, infraestructura, capital humano, datos masivos, capacidad industrial y acceso a mercados globales. China lo entendió a tiempo. Cuba no pudo, no supo o no la dejaron.
China usó el comunismo como disciplina y el mercado como herramienta. Cuba intentó usar el comunismo como moral sustituta de la economía. Y la historia —que no perdona buenas intenciones— pasó factura.
La inteligencia artificial es cruelmente honesta. No respeta épicas. No se conmueve con sacrificios. No premia la resistencia simbólica. Funciona donde hay escala, planificación, recursos y poder. Donde no los hay, simplemente no ocurre.
Por eso China avanza y Cuba sobrevive.
Por eso una exporta algoritmos y la otra exporta médicos.
Por eso una controla datos y la otra controla escasez.
La paradoja no es que Cuba sea comunista y pobre. La paradoja es que el comunismo, sin capacidad productiva moderna, se convierte en administración de la miseria, mientras que el capitalismo, sin control político, se convierte en fábrica de desigualdad.
La inteligencia artificial no resolvió esa contradicción: la hizo irreversible.
En Cuba, el Estado controla al ciudadano.
En el capitalismo algorítmico, el algoritmo controla al ciudadano.
La diferencia es de forma, no de fondo.
La tragedia cubana fue llegar demasiado pronto a una revolución tecnológica para la que no tenía condiciones materiales.
La tragedia del capitalismo es haber llegado demasiado tarde a reconocer que la tecnología, sin control colectivo, devora a quienes la crean.
Así, el comunismo cubano quedó detenido en el siglo XX, administrando carencias con un lenguaje heroico, mientras el mundo entraba al siglo XXI gobernado por datos, sensores y máquinas que aprenden solas. No fue derrotado ideológicamente: fue desbordado por el tiempo.
Y, sin embargo, la paradoja persiste.
Porque la inteligencia artificial —que hoy parece servir al capital global— puede mañana convertirse en el instrumento de una nueva forma de organización colectiva, siempre que exista capacidad real para sostenerla.
No basta la voluntad. Hace falta poder. Poder tecnológico, económico y político.
Cuba tuvo el proyecto.
China tuvo el proyecto y los medios.
Ahí está la diferencia entre la épica y la historia.
Y como en toda novela latinoamericana, el drama no está en la ideología, sino en el destino: un país que quiso abolir la explotación terminó atrapado en la escasez; un sistema que prometió libertad terminó automatizando la obediencia.
La inteligencia artificial no eligió bando.
Solo eligió a los preparados.


