Julio de 2011: 21 años después de 1990
Veintiún años después, el PLD reafirmó su liderazgo con la candidatura de Danilo Medina para las elecciones presidenciales.
Actualizado: 12 de Enero, 2026, 12:34 PM
Publicado: 12 de Enero, 2026, 12:28 PM
Víctor Grimaldi Céspedes.
Santo Domingo.– Hay fechas que no se recuerdan por lo que ocurrió en ellas, sino por lo que terminan revelando con el paso de los años.
El 19 y el 20 de mayo de 1990 fueron una de esas fechas. Y a finales de julio de 2011, veintiún años después, fue otra.
Entre una y otra se cerró un círculo silencioso de la política dominicana, del que yo fui testigo y, en parte, protagonista.
La exclusión en el centro de cómputos y las intrigas internas
La noche del sábado 19 de mayo de 1990, el Partido de la Liberación Dominicana tenía instalado su centro de cómputos en la Editora Alfa & Omega, en la avenida José Contreras. Allí, con el soporte técnico de Dato Centro, que operaba sobre un sistema de computadoras Unisys, se recibían los datos electorales del país. Yo debía estar allí. Pero no me dejaron entrar.
Quien me cerró el paso fue César López.
César no era un burócrata cualquiera. Era un viejo compañero de lucha. Militar constitucionalista en 1965, fue dado de baja por haber defendido la legalidad frente al golpe y la invasión.
Luego fue dirigente del PRD de Juan Bosch, y más tarde del PLD. En 1969 fue uno de los compañeros enviados por el PRD —aunque Bosch estuviera entonces en Europa— en uno de aquellos dos grupos de veinticinco militantes que viajaron a China, Vietnam y Corea para conocer otras experiencias políticas, ideológicas y administrativas. Era un hombre formado en la historia dura del país.
Esa noche me dijo, con incomodidad visible:
"Víctor, tengo orden de que no puedes entrar".
Así de simple. Así de brutal.
Aquella exclusión no fue un detalle menor. Fue parte del clima de intrigas, miedos y maniobras que se apoderó del partido en las horas en que se jugaba el destino de Juan Bosch. Porque los primeros boletines de la Junta Central Electoral daban a Bosch una ligera ventaja.
Dos mil, tres mil, cinco mil, seis mil votos. Poco, pero suficiente para sembrar esperanza y, al mismo tiempo, pánico.
No me dejaron entrar al centro de cómputos, a pesar de Juan Bosch aprobó mi designación como Coordinador de Informática y Comunicaciones, pero la historia no terminó allí.
Al otro día 20 de Mayo de 2020
El ingeniero Antonio Díaz, de Dato Centro, me entregó los resultados que salían del propio sistema del PLD. Con esos datos escribí la carta del domingo 20 de mayo de 1990 dirigida a Juan Bosch, que luego publiqué. Era una carta dura, honesta, basada en cifras reales del propio partido.
Bosch la recibió. Y me llamó.
No me habló de estadísticas. No me habló de porcentajes. Me habló de algo más profundo y más doloroso:
"Víctor, eso de que en el partido hay intrigas... eso no es cierto".
Le respondí lo único que podía responderle con honestidad:
"Sí, usted sabe que hay intrigas, chismes y todas esas cosas".
Él cerró con un "hablamos después". Pero algo se había roto. Quedé alejado de la militancia activa del partido, aunque nunca rompí con Bosch. Y Bosch nunca rompió conmigo.
Años después, en 1995, Miguel Coco me contó un episodio que dice más que mil discursos. Dos ex dirigentes del PLD expulsados o renunciantes en 1992 fueron donde Bosch pocos días después de las elecciones con un documento para que lo firmara, declarando que yo era un traidor al partido. Bosch lo leyó, dijo una sola frase —"Víctor Grimaldi es mi amigo"— y rompió el papel. Lo tiró al zafacón.
Eso fue Juan Bosch.
Seguimos viéndonos después de 1990 con la misma naturalidad de siempre. Ya yo no tenía vinculación política con el PLD, pero seguíamos siendo amigos.
Encuentro en la Asamblea Nacional y designación diplomática
Y el 16 de agosto de 1996, la historia nos colocó en una escena que hoy parece escrita por un novelista. Estábamos en el Salón de la Asamblea Nacional, minutos antes de que Joaquín Balaguer entrara a entregar la banda presidencial a Leonel Fernández. Antes de que comenzara el acto, me senté unos minutos al lado de Bosch.
Él me saludó como siempre y me dijo:
"Víctor, yo quiero que me expliques cómo es eso de la Contraloría General de la República".
Yo era entonces Contralor General. Había sido designado el 5 de febrero de 1996 y permanecería hasta el 19 de agosto, ya bajo el nuevo gobierno. Le dije: "Sí, sí, hablamos en cualquier momento". Así, con la confianza de siempre, mientras el país se preparaba para presenciar uno de los traspasos de poder más simbólicos de su historia.
Pocos días después, el presidente Leonel Fernández me designó Embajador ante la Organización de Estados Americanos, Jefe de Misión.
Veintiún años después de aquella noche de 1990, a finales de julio de 2011, estaba yo de vacaciones en Santo Domingo. Fui invitado —aunque ya no era miembro del Comité Central ni militante activo— a una asamblea del PLD en el Hotel Dominican Concord, ya rebautizado como Dominican Fiesta.
El salón no estaba lleno. En la mesa principal estaban Danilo Medina y Leonel Fernández. Y allí, con el ritual ya institucionalizado del poder, el Comité Político y el Comité Central le levantaron la mano a Danilo como candidato presidencial para las elecciones de 2012.
Yo estaba sentado en la última fila.
A mi lado, César López. Nos pusimos de acuerdo esa noche César y yo en que el PLD podría ganar las elecciones del próximo año 2012 a pesar de que el ex Presidente Hipólito Mejía figuraba en la encuesta Gallup por encima de Danilo Medina.
Era mismo César que me había cerrado el paso en la Editora Alfa & Omega en la noche más tensa de mi vida política.
Nos llevábamos bien. Siempre nos habíamos llevado bien. Y allí estábamos, veintiún años después, viendo cómo el poder volvía a ordenarse desde la cúpula del mismo partido que había sido fundado para hacer las cosas de otro modo.
Por eso sonrío cuando digo "21 años después de 1990".
Porque en esa sonrisa caben muchas cosas: la lealtad de Juan Bosch, las intrigas que él se negó a reconocer, los pactos que hizo cuando ya no tuvo otra salida, y la transformación de un partido de redención en una maquinaria de poder.
No es una fecha.
Es un círculo.
Y a veces, solo al cerrarse, revela lo que siempre estuvo ahí.


