La estrategia Trump de Seguridad Nacional de Estados Unidos reordena el mundo

China es identificada como el eje geopolítico del siglo XXI, desplazando a Europa y Ucrania en la agenda de EE.UU.

Santo Domingo.– La publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de diciembre de 2025 no es un ejercicio burocrático ni un documento más en la larga tradición estratégica de Washington. 

Es, en realidad, una pieza doctrinal que fija con claridad brutal el marco mental desde el cual la Administración Trump concibe el mundo en 2026

Como ha señalado con lucidez Martin Wolf, no se trata solo de una estrategia de seguridad: es una redefinición del liderazgo estadounidense, de sus alianzas y del propio sentido del orden internacional.

La premisa de partida es inequívoca. El mundo ya no gira en torno al Atlántico.

El eje decisivo del siglo XXI es el Asia-Pacífico, y todo lo demás —Europa incluida— queda subordinado a esa prioridad

Estados Unidos no renuncia a Europa, pero la reubica. De socio central pasa a socio necesario, pero secundario. El documento abandona cualquier ambigüedad: la relación transatlántica deja de ser un vínculo histórico cargado de valores compartidos para convertirse en una relación funcional, evaluada en términos de utilidad estratégica concreta.

Desde esa lógica emerge un liderazgo abiertamente transaccional, alineado con el principio de America First. Washington actuará cuando exista un beneficio directo y verificable para su seguridad, su economía o su supremacía tecnológica. 

La retórica del bien común global, del sostenimiento del orden liberal internacional o de la defensa automática de aliados desaparece como fundamento central. 

En su lugar, aparece una visión realista, incluso descarnada, del poder: protección a cambio de aportes, defensa a cambio de activos, compromiso a cambio de resultados.

El documento identifica con precisión quirúrgica puntos críticos del tablero global. Groenlandia, Venezuela e Irán no aparecen como problemas morales ni humanitarios, sino como piezas funcionales dentro de una ecuación estratégica más amplia. 

Groenlandia es geografía, minerales y control del Ártico; Venezuela es energía y proyección hemisférica; Irán es equilibrio de poder en Oriente Medio. La lógica es explícita y deliberadamente desideologizada: la seguridad nacional se asegura controlando espacios, recursos y nodos estratégicos.

En este marco, la OTAN sufre una transformación conceptual profunda. Deja de ser un vínculo “romántico” transatlántico, sustentado en la memoria de la Guerra Fría y en la narrativa de valores compartidos, para convertirse en una herramienta condicionada.


    La defensa colectiva ya no es automática ni incondicional; depende del esfuerzo, la contribución y la utilidad real de cada aliado. La alianza se convierte en un contrato revisable, no en una comunidad de destino.

    Para Europa, el mensaje es particularmente duro. Washington exige más gasto militar, menos regulación, mayor alineamiento tecnológico e industrial, una política energética compatible con los intereses estadounidenses y una política migratoria más restrictiva. 

    A cambio, deja claro que no garantizará el sostenimiento del modelo europeo de bienestar. Más aún, el documento llega a definir a Europa no como un problema militar, sino como un problema civilizacional: debilidad estructural, exceso regulatorio, pérdida de identidad y deterioro demográfico aparecen como factores que limitan su relevancia estratégica.

    En política exterior, la prioridad estadounidense es clara: cerrar o congelar el conflicto entre Rusia y Ucrania lo antes posible, no por altruismo ni por vocación pacificadora, sino para estabilizar Europa y liberar recursos estratégicos. 

    El objetivo real es concentrarse en China, definida implícitamente como el verdadero eje geopolítico del siglo XXI. Ucrania deja de ser el centro moral del sistema internacional y pasa a ser una variable táctica dentro de una competencia mucho mayor.

    En comercio y energía, la estrategia anticipa un periodo de fricciones crecientes. Más presión sobre aliados, más aranceles, más exigencias industriales y un choque frontal con el modelo verde europeo cuando este interfiera con la competitividad estadounidense.

    La transición energética deja de ser un proyecto compartido y pasa a evaluarse en términos de ventaja nacional.

    Lo que revela esta Estrategia de Seguridad Nacional no es solo el pensamiento de una administración, sino un cambio de época

    Estados Unidos ya no se concibe como garante de un orden internacional basado en reglas universales, sino como un actor dominante en un sistema multipolar competitivo. 

    El poder vuelve a ocupar el centro, y la moral queda subordinada a la utilidad.

    En este contexto, la advertencia implícita es clara. Los aliados que no se adapten a esta lógica corren el riesgo de quedar relegados o presionados.


      El mundo que emerge no es el del consenso, sino el de la negociación dura; no el del multilateralismo idealista, sino el de la transacción estratégica. La gran estrategia MAGA no busca administrar el mundo: busca dominar los puntos clave que lo hacen funcionar.

      El tablero está redefinido. Las reglas ya no son las de ayer. Y quienes no comprendan este giro corren el riesgo de descubrir, demasiado tarde, que el orden internacional ya ha cambiado sin pedir permiso.