El envejecimiento demográfico y la lenta llegada de la inteligencia artificial complican la sostenibilidad económica y social.
Santo Domingo.– Hay paradojas que no necesitan explicación: se explican solas por contraste. Otras, en cambio, se disfrazan de lógica hasta que uno se detiene a mirarlas con calma.
Las tres escenas que The New York Times coloca una al lado de la otra en su resumen de este Jueves 5 de febrero 2026 pertenecen a esta segunda categoría: no son hechos aislados, sino síntomas de una misma tensión global entre información, poder y futuro.
Primera paradoja. The Washington Post, uno de los periódicos más influyentes del planeta, recorta más de 300 periodistas y adelgaza precisamente las áreas que le daban sentido público: lo local, lo internacional, el deporte como tejido social.
Menos periodistas no significa menos hechos, sino menos ojos para verlos y menos voces para contarlos.
Segunda paradoja. En China, el Estado encarcela a periodistas de investigación por escribir sobre corrupción. Aquí no hay despidos, pero el resultado se parece inquietantemente al anterior: menos información circulando, menos verdad respirable.
En un caso se corta por costos; en el otro, por miedo. La tijera y la celda producen el mismo silencio. Dos sistemas opuestos, una consecuencia idéntica.
Y entonces aparece la tercera paradoja, más profunda y más lenta, como esas mareas que no se notan hasta que el agua ya está en la sala: el mundo envejece y se vacía.
Menos nacimientos en China, crecimiento anémico en Estados Unidos, desplomes demográficos en Italia, Corea del Sur, América Latina.
El planeta se encamina —por primera vez desde la peste negra— a una contracción poblacional sostenida.
Algunos celebran la idea con un optimismo casi higienista: menos gente, menos problemas. Menos emisiones, menos presión sobre el planeta. Menos trabajadores, menos trauma si la inteligencia artificial arrasa con el empleo. La frase suena limpia, casi elegante. Pero la realidad, como suele ocurrir, es más áspera.
Los estudios recientes —como los de la Universidad de Texas en Austin y Hunter College— desmontan esa ilusión con un argumento tan simple como implacable: el tiempo.
La demografía es un barco enorme que gira despacio; el clima es una tormenta que ya está encima.
Aunque el mundo perdiera miles de millones de personas para el año 2200, el impacto en la temperatura sería marginal. Menos de una décima de grado. Para cuando la población baje de verdad, el daño climático ya estará hecho… o evitado por otras vías.
Aquí la paradoja se vuelve cruel: quienes creen que la caída demográfica salvará al planeta están confiando en un remedio que llega dos siglos tarde.
Con la inteligencia artificial ocurre algo parecido. La fantasía dice: si faltan trabajadores, que trabajen las máquinas. Pero la realidad económica es más terca.
Los robots capaces de sustituir masivamente a los humanos no llegan al ritmo que envejecen las sociedades. Países enteros —Europa del Este, Japón, Italia— ya son viejos sin haberse vuelto ricos. Y aun si la A.I. alcanzara una productividad revolucionaria, un mercado laboral reducido seguiría siendo un freno, no un alivio.
David Autor, del MIT, recuerda algo que la historia repite con obstinación: la tecnología no elimina el trabajo, lo transforma.
Y si eso vuelve a suceder, una población menguante no será un colchón, sino un límite. Incluso un pequeño grupo de desplazados puede desestabilizar sistemas políticos enteros. No hacen falta millones para encender una crisis; a veces bastan miles con rabia y sin horizonte.
Así regresamos al punto inicial. Menos periodistas no significa menos corrupción. Menos nacimientos no significan menos conflictos. Menos personas no garantizan un mundo más justo, más verde ni más gobernable. A veces ocurre lo contrario: menos voces, menos jóvenes, menos trabajadores hacen que los problemas sean más difíciles de ver, más costosos de resolver y más explosivos cuando estallan.
La verdadera paradoja no es demográfica ni tecnológica. Es moral y política. El mundo enfrenta transformaciones gigantescas —clima, A.I., envejecimiento— con instrumentos cada vez más pequeños: redacciones reducidas, debates empobrecidos, decisiones cortoplacistas. Queremos soluciones automáticas para problemas que exigen paciencia, inteligencia colectiva y políticas incómodas.
No hay bala de plata. Ni la inteligencia artificial salvará a sociedades envejecidas, ni la caída poblacional salvará al planeta. Lo único que queda —y es lo más difícil— es el trabajo lento de gobernar, informar y pensar en un mundo que cambia sin pedir permiso. Y para eso, paradójicamente, hacen falta más personas capacitadas, no menos. Más periodistas, no menos. Más política, no menos. Más responsabilidad humana, no su sustitución.