El mayor riesgo de Abinader está en casa
La anticipación de la sucesión presidencial provoca fragmentación y dificulta la cohesión estratégica dentro del PRM.
En los últimos tiempos se han hecho visibles señales preocupantes de sectarismo, trapisondas, disputas territoriales y defensa feroz de cuotas de poder.
Actualizado: 10 de Enero, 2026, 06:14 PM
Publicado: 10 de Enero, 2026, 05:40 PM
Santo Domingo.– A la oposición no se le puede pedir que «deje gobernar» al presidente Luis Abinader. Esa exigencia, recurrente en el discurso político dominicano, desconoce la naturaleza misma del rol opositor en cualquier sistema democrático funcional.
La oposición existe para incomodar, fiscalizar, erosionar consensos y disputar el poder. Puede hacerlo mejor o peor, con mayor o menor responsabilidad, pero reclamarle docilidad equivale a solicitarle que renuncie a su razón de ser. Desde esa óptica, ser un incordio urticante es no solo legítimo, sino necesario.
- La petición, sin embargo, sí resulta pertinente cuando se dirige hacia dentro del propio ecosistema político del Partido Revolucionario Moderno (PRM). No estamos hablando de un partido minoritario ni de una fuerza en resistencia.
El PRM es hoy la organización política más grande del país, ocupa el Palacio Nacional, domina el Congreso y gobierna con un presidente que por decisión propia y mandato constitucional no se va a reelegir. Ese contexto debería inducir cohesión, disciplina estratégica y sentido de Estado.
En los últimos tiempos se han hecho visibles señales preocupantes de sectarismo, trapisondas, disputas territoriales y defensa feroz de cuotas de poder. A ello se suma un ingrediente siempre presente en la política dominicana: el componente monetario-clientelar, que reaparece cuando el horizonte sucesorio se aproxima.
Todo esto configura un caldo de cultivo que amenaza con convertir al propio PRM o, siendo justos, a algunas de sus instancias y liderazgos en el principal dique para una gestión gubernamental razonablemente estable en los casi tres años que le restan a Abinader.
El problema de fondo no es nuevo ni exclusivo de este gobierno. Es el efecto corrosivo de una sucesión adelantada. Cuando la carrera por heredar el poder comienza demasiado temprano, el Estado deja de ser visto como un proyecto colectivo y se convierte en un botín en disputa.
Las decisiones del Ejecutivo empiezan a leerse en clave faccional, el capital humano se convierte en moneda de cambio y la lealtad institucional es sustituida por alineamientos personales.
En ese contexto, resulta particularmente delicado el uso del Congreso como escenario para dirimir conflictos internos del partido gobernante.
Cuestionar decisiones del Poder Ejecutivo relacionadas con cambios de funcionarios o desplazamientos de capital humano no es, en estos casos, un ejercicio democrático sano, sobre todo cuando esas críticas provienen de legisladores del mismo partido que gobierna y responden más a agravios personales que a un genuino control político.
Eso no fortalece la democracia: la degrada. Es una afrenta que traspasa límites implícitos y pone en juego la solemnidad de los poderes del Estado, además de proyectar una imagen de desorden y fragilidad institucional.
Mientras tanto, es previsible que la hostilidad se intensifique en varios frentes. Desde la oposición, como es natural. Desde segmentos de la sociedad civil, atentos a cualquier signo de desgaste o incoherencia.
Y, de manera cada vez más evidente, desde dentro del propio gobierno, entre quienes ya se asumen abierta o silenciosamente como herederos del liderazgo de Abinader.
Vendrán zancadillas, querellas, filtraciones interesadas y relatos escandalosos amplificados al máximo. Será la expresión clásica de una sucesión mal administrada.
El filósofo y político italiano Nicolás Maquiavelo abordó extensamente cómo las facciones internas son más peligrosas para un gobernante que los enemigos externos. En Discursos sobre la primera década de Tito Livio, dijo: «Los hombres pasan de una ambición a otra: primero buscan asegurarse contra el ataque y luego atacan ellos mismos a otros».
Frustrado
Un final frustrado del gobierno de Abinader no sería solo un problema personal para el presidente saliente, sino un pasivo pesado para quien lo releve, una carga difícil de justificar ante el electorado y un flanco abierto para que la oposición reconstruya su narrativa de poder.
Los gobiernos no se evalúan solo por cómo comienzan, sino sobre todo por cómo terminan. Y los últimos años suelen pesar más que los primeros en la memoria política colectiva.
Un PRM inteligente debería entender que su mayor activo hoy es el éxito del gobierno que encabeza Abinader. Protegerlo no implica silencio acrítico ni unanimidad forzada, pero sí disciplina, sentido estratégico y una clara jerarquía de prioridades.
La autodestrucción interna rara vez es una muestra de pluralismo; casi siempre es un síntoma de inmadurez política.
La historia enseña que muchos gobiernos no caen por la presión de la oposición, sino por su incapacidad de administrar sus propias ambiciones. El dilema del PRM no es ideológico ni programático. Es, esencialmente, un dilema de madurez. Y el tiempo para resolverlo se está acortando.


