El discurso destaca la necesidad de coaliciones funcionales frente al debilitamiento de instituciones multilaterales.
Santo Domingo.– En Davos, Suiza, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, no pronunció un discurso más. Lo que ofreció fue un diagnóstico severo del mundo contemporáneo y, al mismo tiempo, una hoja de ruta para las potencias medias en un escenario dominado por la fuerza.
Habló Carney de ruptura, no de transición. De una realidad brutal que sustituye a la “grata ficción” del orden internacional basado en normas. Y lo hizo en un momento en que Estados Unidos, bajo Donald Trump, parece decidido a gobernar como si ese orden ya hubiera dejado de existir.
Carney partió de una afirmación incómoda: la rivalidad entre grandes potencias ya no es una hipótesis, sino el marco cotidiano de la política mundial.
Frente a esa lógica, muchos países han optado por acomodarse, evitar conflictos y esperar que el acatamiento compre seguridad. Carney fue tajante: no lo hará.
Para explicar por qué, recurrió a Václav Havel y a el poder de los sin poder. El verdulero que cuelga un letrero que no cree, solo para evitar problemas, se convirtió en metáfora del comportamiento internacional de las últimas décadas. Países como Canadá —y buena parte de Occidente— prosperaron bajo una ficción útil: un orden basado en normas que ofrecía previsibilidad, aun cuando sabían que esas normas se aplicaban de forma desigual.
La hegemonía estadounidense, con todas sus contradicciones, proporcionó bienes públicos esenciales: rutas marítimas abiertas, estabilidad financiera, seguridad colectiva. A cambio, muchos aceptaron vivir “dentro de la mentira”, evitando señalar la distancia entre la retórica y la realidad.
Ese pacto, sostuvo Carney, ya no funciona. No estamos ante un ajuste gradual, sino ante una fractura. Las crisis encadenadas de las últimas dos décadas —financiera, sanitaria, energética y geopolítica— expusieron los riesgos de una integración global extrema.
Más recientemente, las grandes potencias han convertido esa integración en un arma: aranceles como palanca, finanzas como instrumento de coerción, cadenas de suministro como vulnerabilidades deliberadamente explotadas.
Cuando la integración deja de ser fuente de beneficio mutuo y pasa a ser mecanismo de subordinación, la ficción se vuelve insostenible.
El resultado es un debilitamiento profundo de las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias: la OMC, la ONU, incluso los grandes foros climáticos.
Ante ello, muchos países concluyen que deben reforzar su autonomía estratégica en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y defensa. La reacción es comprensible, advirtió Carney, pero peligrosa: un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.
El enfoque transaccional que hoy domina a las grandes potencias —y que Trump ha elevado a doctrina— tiene límites estructurales. Ningún hegemón puede monetizar indefinidamente todas sus relaciones.
Los aliados, ante la incertidumbre, diversifican, se aseguran, buscan alternativas. La soberanía, antes anclada en normas compartidas, pasa a depender de la capacidad de resistir la presión. Ese proceso tiene costos, pero también abre una oportunidad: compartir la carga de la resiliencia mediante inversiones colectivas y estándares comunes es más eficiente que levantar muros en soledad.
Aquí aparece el núcleo político del discurso: las potencias medias no deben limitarse a adaptarse construyendo defensas más altas.
Canadá, dijo Carney, ya ha abandonado la cómoda suposición de que la geografía y las alianzas garantizan automáticamente prosperidad y seguridad. Su nuevo enfoque combina principios y pragmatismo, lo que Alexander Stubb ha llamado “realismo basado en valores”.
Compromiso con la soberanía, la integridad territorial y los derechos humanos, sin ingenuidad respecto a la divergencia de intereses y valores en el mundo real.
Al mismo tiempo, diversifica alianzas: asociación estratégica con la Unión Europea, nuevos acuerdos en varios continentes, compromisos recientes con China y Catar, negociaciones con India, la ASEAN y Mercosur.
En seguridad, respalda activamente a Ucrania, defiende la soberanía ártica junto a Groenlandia y Dinamarca y reafirma su compromiso con la OTAN.
Este entramado de “geometría variable” no es multilateralismo ingenuo ni dependencia de instituciones debilitadas. Es la construcción de coaliciones funcionales, tema por tema, capaces de actuar.
El mensaje es claro: si las potencias medias no están en la mesa, estarán en el menú. Negociar bilateralmente con un hegemón desde la debilidad no es soberanía; es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.
El discurso de Carney dialoga, de manera casi natural, con una idea que circula hoy en Washington y que Politico ha formulado con crudeza: Trump obtendrá un “tercer mandato” sin necesidad de violar la Constitución.
No porque permanezca en el cargo, sino porque su manera de gobernar condicionará a su sucesor, incluso si es demócrata.
Las políticas migratorias, el proteccionismo industrial, la presión sobre aliados, el trato directo con las élites económicas: todo eso ya ha desplazado el eje del consenso estadounidense. El mundo que Davos añora no volverá por nostalgia.
Por eso, el cierre de Carney es tan significativo. “Estamos quitando el letrero de la ventana”, dijo, en una clara alusión a Havel. Nombrar la realidad, dejar de invocar un orden que ya no funciona como se anuncia, actuar con coherencia y construir la fuerza propia como base de una política exterior honesta.
Canadá, afirmó, tiene recursos, capital humano y valores que muchos otros desean. Pero, sobre todo, tiene la decisión de dejar de fingir.
Davos 2026 no fue un ejercicio de lamento, sino un acto de sinceridad estratégica. Frente a un mundo donde las grandes potencias ejercen su poder sin frenos, las potencias medias tienen una elección: competir por el favor del hegemón o unirse para crear un tercer camino con impacto real. Trump gobierna como si el viejo orden hubiera muerto. Canadá habló como si la tarea fuera construir algo nuevo a partir de sus ruinas. En esa tensión se juega el futuro inmediato del sistema internacional.