Trump y Xi: dos trenes que avanzan en 2026

El informe advierte sobre la vulnerabilidad financiera por ciclos acelerados de depreciación y concentración en empresas de IA.

Santo Domingo.– Acabo de recibir por correo electrónico el más reciente informe del Fondo Monetario Internacional. No llegó como un parte técnico sino como una carta escrita con números que, al leerse despacio, cuentan una historia inesperada: la economía mundial no se desplomó bajo el peso de los aranceles ni se quedó paralizada por la geopolítica; siguió caminando, con paso firme, como si hubiera aprendido a cargar la tormenta sin mojarse del todo.

Informe del FMI destaca crecimiento global y resiliencia ante aranceles

El diagnóstico es claro y, a la vez, desconcertante. El crecimiento global se sostiene en torno al 3,3 %, incluso un poco mejor de lo que se pensaba hace apenas unos meses.

Es casi el mismo pulso del año pasado, como si el shock comercial hubiera sido absorbido por una economía que, contra todo pronóstico, aprendió a reorganizarse. En ese telón de fondo avanzan dos locomotoras que muchos daban por agotadas: Estados Unidos y China.

Donald Trump y Xi Jinping conducen, cada uno a su manera, un crecimiento que no se detiene, aun cuando el ruido de los conflictos comerciales siga resonando en los mercados.

No hay una sola razón para esta resistencia.

Se juntan varias, como sucede en las buenas novelas: una distensión comercial más pragmática que ideológica, estímulos fiscales más generosos de lo previsto, condiciones financieras todavía flexibles y, sobre todo, la capacidad casi camaleónica del sector privado para mover cadenas de suministro, cambiar rutas, sustituir proveedores y seguir produciendo.

Los mercados emergentes, curtidos por crisis anteriores, reaccionan ahora con reflejos más rápidos y políticas menos improvisadas.

Tecnología e inteligencia artificial como motor del crecimiento económico

Pero el verdadero personaje de esta historia no es un presidente ni un ministro de finanzas. Es la tecnología. En particular, la inteligencia artificial.

Mientras la manufactura tradicional avanza con la lentitud de un tren antiguo, la inversión en tecnologías de la información en Estados Unidos alcanza su mayor peso sobre el PIB desde 2001.

No es un fenómeno local: arrastra a Asia, impulsa exportaciones de componentes, servicios y software, y dibuja una nueva geografía del crecimiento donde los cables de datos pesan más que los viejos puertos industriales.

    Ese entusiasmo tecnológico se refleja en los mercados financieros. Desde finales de 2022, cuando la inteligencia artificial generativa salió de los laboratorios para instalarse en la vida cotidiana, las bolsas subieron impulsadas por beneficios reales y por la promesa de ganancias de productividad.

    El dinero fluyó con facilidad y la deuda comenzó a crecer como crecen las enredaderas en las casas tropicales: rápido y sin pedir permiso. Ahí aparece la primera sombra.

    Si las expectativas no se cumplen o si las condiciones financieras se endurecen, el endeudamiento puede amplificar cualquier tropiezo. El propio FMI advierte sobre un detalle técnico que parece menor pero no lo es: los ciclos acelerados de depreciación del hardware avanzado.

    Cambiar procesadores y equipos con tanta frecuencia puede erosionar márgenes, reducir beneficios y empujar a las empresas a endeudarse aún más.

      La comparación con la burbuja puntocom de finales de los noventa surge sola, como un recuerdo que vuelve sin ser llamado. Hay similitudes, sí: la inversión tecnológica pesa tanto como entonces y las valoraciones bursátiles se han expandido.

      Pero también hay diferencias importantes. Esta vez el ascenso fue más gradual, los múltiplos precio-beneficio son más moderados y están respaldados por ganancias reales.

      Según el FMI, la posible sobrevaloración actual sería apenas la mitad de la que precedió al estallido del año 2000. Aun así, la vulnerabilidad puede ser mayor por otras razones: la concentración del alza en un puñado de empresas de IA, la existencia de firmas clave que no cotizan en bolsa pero acumulan deuda, y una capitalización bursátil que hoy es mucho más grande en relación con el PIB que hace un cuarto de siglo.

      En ese contexto, una corrección que antes habría sido manejable puede ahora sentirse en el consumo, en la confianza y en la política.

      Los escenarios que dibuja el FMI son como dos finales posibles de una misma novela. En el mejor, la inteligencia artificial empieza a cumplir su promesa y añade hasta 0,3 puntos porcentuales al crecimiento global.

      En el peor, una corrección de valoraciones resta 0,4 puntos al crecimiento mundial, golpea con más fuerza a Estados Unidos y Asia y se propaga al resto del planeta a través del comercio, los flujos financieros y la riqueza.

      La alta participación extranjera en Wall Street hace que una caída ya no sea un asunto doméstico, sino un temblor global que alcanza incluso a países pobres y endeudados.

      Frente a este equilibrio frágil, el FMI pide cabeza fría. Supervisión financiera estricta, bancos centrales independientes y preparados para actuar en uno u otro sentido, y políticas fiscales que reduzcan deuda antes de que llegue la próxima tormenta.

      También recuerda que la inteligencia artificial no es neutral: crea riqueza, pero también desplaza empleos y presiona salarios. Sin formación, movilidad laboral y competencia, los beneficios se concentran y la promesa se vuelve desigual.

        La economía mundial, dice el informe sin decirlo así, camina sobre una cuerda floja sostenida por algoritmos, chips y decisiones políticas. Trump y Xi avanzan en 2026, cada uno con su estilo, mientras el mundo observa si este auge tecnológico será la base de un crecimiento más productivo o el prólogo de otra euforia que termine en ajuste.

        La historia aún se está escribiendo, y como en las novelas de Gabo, el desenlace dependerá menos de la magia que de la memoria y de la prudencia de quienes creen que el progreso es inevitable.