El actual gobernador Héctor Valdez Albizu representa la continuidad de una escuela técnica fundada en 1972.
Santo Domingo.– El Banco Central de la República Dominicana no nació de un decreto frío ni de una moda. Nació de una idea. Y las ideas, cuando son profundas, tienen nombres propios.
En este caso, tres: Raúl Prebisch, Robert Triffin y Henry Wallich. Tres hombres de mundos distintos que coincidieron en una verdad esencial: sin pensamiento monetario propio, los países pequeños quedan a merced de la historia ajena.
Conocí a Raúl Prebisch en 1972, cuando se cumplieron veinticinco años de la creación del Banco Central dominicano. Yo tenía entonces veintidós años y estuve presente en el acto conmemorativo.
Aquella ocasión no fue solo un aniversario institucional; fue una lección viva de economía y de poder. En ese mismo contexto, en 1972, entrevisté a Prebisch. Esa entrevista quedó recogida posteriormente en mi libro *Entrevistas, Análisis y Reportajes*, publicado en 1977.
No fue un diálogo académico distante, sino una conversación directa con uno de los hombres que habían ayudado a pensar la arquitectura monetaria moderna de América Latina.
Prebisch no era un economista de gabinete. Había sido primer gerente general del Banco Central de la Argentina, había vivido la Gran Depresión y había comprendido que los ciclos económicos internacionales no golpean a todos por igual. De esa experiencia nació su pensamiento estructuralista y su célebre visión centro–periferia, según la cual el comercio internacional tiende a reproducir desigualdades estructurales entre países industrializados y economías exportadoras de materias primas.
Ese pensamiento no se quedó solo en libros. Prebisch fue fundador intelectual y primer gran conductor de la CEPAL, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, desde donde la región comenzó a pensarse con categorías propias.
Para Prebisch, un banco central no debía ser un simple notario del mercado. Debía ser una institución activa, capaz de actuar de manera contracíclica, proteger la producción y el empleo, y preservar el espacio de decisión nacional.
A su lado estuvo Robert Triffin, economista belga-estadounidense vinculado al Sistema de la Reserva Federal de los Estados Unidos, al Fondo Monetario Internacional y a la academia norteamericana. Triffin formuló el célebre dilema que lleva su nombre, anticipando el colapso del sistema monetario de Bretton Woods.
El tercer nombre es Henry Wallich, nieto del fundador del banco comercial más importante de Alemania, quien emigró a los Estados Unidos y llegó a ser miembro de la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal entre 1974 y 1986.
Que Prebisch, Triffin y Wallich coincidieran en la gestación del Banco Central dominicano no fue casualidad. Un estructuralista latinoamericano, un crítico del sistema monetario estadounidense y un heredero del gran capital bancario europeo coincidieron en una verdad simple y dura: la estabilidad monetaria sin desarrollo es una quimera, y el desarrollo sin soberanía monetaria es una ilusión peligrosa.
Las instituciones no viven solo de su origen. Viven de la escuela de trabajo que dejan. El actual Gobernador del Banco Central, Héctor Valdez Albizu, es hijo directo de esa escuela técnica e institucional creada por aquellos hombres.
Yo estuve allí en 1972. Escuché a Prebisch. Lo entrevisté entonces.