1972–1976: El hilo invisible que llevó inicialmente de Carter a Juan Bosch

La entrevista a Juan Bosch en 1975 reflejó un análisis profundo de las crisis mundiales y su impacto local.

Santo Domingo.– Hay episodios que solo adquieren su verdadero significado con el paso del tiempo.

En 1975 yo no lo sabía —o lo sabía apenas de manera intuitiva—, pero todo lo que viví desde 1972 entre Washington, Atlanta, Santo Domingo y Plains, Georgia, formaba parte de una misma secuencia histórica: un hilo invisible que unía Watergate, el Comité Church, los atentados contra Gerald Ford, la elección de Jimmy Carter y, de manera decisiva para la historia dominicana, el retorno de Juan Bosch a la vía electoral.

Impacto en la política dominicana

Tenía veinticinco años. Llevaba seis como periodista profesional y hacía dos que habíamos fundado La Noticia. Era joven, sí, pero no ingenuo.

Ya había aprendido que el poder no se revela solo en los discursos oficiales ni en los comunicados de prensa, sino en las oficinas, en las conversaciones laterales, en los nombres que se repiten y en los silencios que dicen más que las palabras.

Mi presencia en julio de 1974 en la oficina de Frank Mankiewicz en Washington fue uno de esos momentos fundacionales que solo se comprenden plenamente después. Yo era apenas un joven dominicano en una capital imperial sacudida por el escándalo, pero el lugar y las personas importaban.

Conocía a Kirby Jones, quien trabajaba con Mankiewicz. Kirby había sido miembro del Cuerpo de Paz en la República Dominicana en 1965–1966, aunque yo no lo conocí en aquellos años dramáticos.

Nos encontramos Kirby y yo mucho después, cuando regresó de visita al país para ver a amigos comunes —Ney Uribe y Tati, su esposa—. Esa conexión dominicana no era un detalle menor: hablaba de puentes humanos, discretos pero persistentes, entre Washington y el Caribe.

    Kirby acababa de regresar de Cuba cuando lo vi de nuevo en Washington. Venía de un viaje excepcional, acompañado por el célebre periodista Dan Rather, entonces una de las figuras centrales de CBS News.

    Aquella visita no había sido improvisada ni marginal. Antes de ese viaje, Kirby y Frank Mankiewicz ya habían pasado varios días completos en Cuba, conversando extensamente con Fidel Castro, recorriendo el país y observando de primera mano el funcionamiento del régimen revolucionario.

    No se trató de encuentros protocolares ni de entrevistas breves, sino de una convivencia política e intelectual intensa, posible solo en un momento muy específico de la Guerra Fría.

    De esas estancias surgió un libro autografiado —que conservo hasta hoy— en el que Mankiewicz y Kirby publicaron una extensa entrevista con Castro.

    Era una conversación abierta, sin guion rígido, propia de una época en la que Fidel aún dedicaba horas enteras a dialogar con interlocutores extranjeros que consideraba serios.

      Pero lo más valioso, para mí, vino después. Kirby me regaló varios tapes originales con grabaciones íntegras de esas conversaciones: recorridos por distintas regiones de Cuba, charlas informales, comentarios espontáneos de Castro fuera del formato clásico de entrevista. Eran documentos históricos en estado puro, sin edición ni filtro.

      Antes de que Kirby realizara ese viaje, le había hecho un pedido muy concreto. Le pedí que, si tenía ocasión, le preguntara a Fidel Castro por Francisco Alberto Caamaño Deñó y por la incursión guerrillera que había encabezado en la República Dominicana en 1973. Era una pregunta sensible, directa y políticamente incómoda. Kirby la hizo. Y Fidel respondió.

      Lo que Fidel le dijo a su amigo Kirby Jones sobre Caamaño —sin consignas, sin ambigüedades y con el tono de quien habla desde el poder— fue publicado por mí en La Noticia. Aquella publicación tuvo un impacto considerable, porque provenía de una fuente imposible de ignorar y porque desmontaba versiones simplificadas que circulaban tanto en sectores de la izquierda caribeña como en ciertos ámbitos diplomáticos.

      Ese testimonio de Fidel Castro quedó recogido de manera permanente en mi libro Entrevistas, Análisis y Reportajes, publicado en 1977. Una copia de esa obra reposa hoy en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, como constancia documental de aquel período.

        Ese episodio no fue aislado en el plano internacional. Las visitas prolongadas de Frank Mankiewicz y Kirby Jones a Cuba contribuyeron a crear, en Washington, un clima distinto. En el contexto del gobierno republicano de Gerald Ford y con Henry Kissinger como secretario de Estado, esos contactos formaron parte de los factores que facilitaron el primer intento serio de deshielo en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos desde 1959.

        No se trató aún de una normalización formal, pero sí de un cambio de tono, de la apertura de canales discretos y de conversaciones exploratorias que rompían con casi dos décadas de inmovilidad absoluta.

        En 1975, Washington era una ciudad con los nervios a flor de piel. La resaca de Watergate no era un recuerdo: era un clima.

        La renuncia de Richard Nixon, en agosto de 1974, había dejado una huella moral y política que todavía se discutía en voz baja en pasillos, redacciones y oficinas federales.

        Gerald Ford gobernaba con la tarea ingrata de estabilizar el sistema sin poder cerrar del todo la herida, mientras el Congreso miraba dentro del Estado como nunca antes.

        El Comité Senatorial presidido por Frank Church empujó a la opinión pública estadounidense hacia una zona incómoda: la del Estado profundo en su versión real, documental y verificable.

        Las revelaciones sobre operaciones encubiertas de la CIA se volvieron parte del debate público. Para los dominicanos aquello no era teoría: era historia viva.

          La investigación sobre conspiraciones vinculadas a la eliminación de Rafael Leónidas Trujillo devolvía al presente episodios que durante años habían sido negados o maquillados.

          Estados Unidos, al mirarse a sí mismo tras Watergate, empezaba también a examinar críticamente su política hemisférica.

          Ese era el ambiente cuando nuestra redacción de La Noticia funcionaba en la calle Julio Verne 14, cerca del Palacio Nacional. En aquellos días, abril de 1975, una llamada internacional no entraba con la ligereza de hoy. La telefonista de CODETEL anunciaba la comunicación y la espera misma tenía algo de ceremonia.

          Señor Grimaldi, ¿acepta usted la llamada?

          —¿Y quién es?

          —Le habla Maxime Cheshire, jefa de la sección de Sociales de The Washington Post.

          Me dice que su amiga Nicki Zsulc le dio el número.

          Maxime quería saber el paradero de James Howe en Casa de Campo, la Romana.

          Que Maxime Cheshire llamara a una redacción dominicana en 1975 no era un detalle menor. The Washington Post era el diario que había sido decisivo para que Watergate llegara a su desenlace.

          Yo mismo había estado en Washington en julio del año anterior, cuando en oficinas y pasillos ya se hablaba —antes de que fuera noticia consolidada— de la posibilidad real de que Ford sustituyera a Nixon. Washington era así: el futuro se discutía en voz baja mientras el país creía que aún faltaban capítulos.

          La pregunta de Maxime fue directa: necesitaba saber si James Howe estaba hospedado en Casa de Campo, en La Romana. Howe era esposo de Nancy Howe, figura clave del entorno inmediato de Betty Ford.

          Días después, viajando en un vuelo de Pan American, invitado yo y varios periodistas dominicanos por el Banco Interamericano de Desarrollo, BID, una azafata me facilitó un ejemplar de The New York Times. El titular era seco: “Se suicidó James Howe”. El viaje de Howe había sido pagado por Tong Sun Park, el cabildero surcoreano investigado por sobornos en el escándalo conocido como Koreagate. El drama privado volvía a cruzarse con el escándalo público.

          Ese mismo año, Gerald Ford sobrevivió a dos atentados en menos de tres semanas: el primero en Sacramento, el 5 de septiembre de 1975, cuando Lynette “Squeaky” Fromme intentó dispararle; el segundo en San Francisco, el 22 de septiembre, cuando Sara Jane Moore abrió fuego contra él y fue neutralizada por un civil.

          Nunca antes un presidente estadounidense había sido blanco de dos intentos de asesinato en tan corto tiempo. El sistema estaba herido.

          En ese mismo septiembre de 1975, Juan Bosch fue entrevistado por Silvio Herasme Peña y por mí en el programa semanal en vivo A los 7 Días, transmitido por Color Visión. Esa entrevista, reproducida luego en mi primer libro, fue magistral.

          Bosch hizo un recuento minucioso de las crisis mundiales y concentró su análisis en lo que estaba sucediendo en Estados Unidos desde la depresión de 1929 hasta aquellos días críticos. Hablaba como quien entiende que los terremotos políticos no son aislados, sino acumulativos.

          Entrevista a Juan Bosch y su influencia

          En noviembre de 1976 regresé a Washington acompañando al gobernador del Banco Central dominicano, Fernando Periche Vidal, para participar en un seminario de la Overseas Private Investment Corporation (OPIC). En un ascensor comenté al embajador estadounidense Robert Hurwitch sobre la entrevista y las declaraciones de Bosch. Su respuesta fue breve y elocuente: “Ningún comentario, Grimaldi”.

          Fue en esos días, ya con Jimmy Carter electo presidente, cuando conocí personalmente a Maxime Cheshire. Su influencia era evidente. Con una simple llamada a Jack Watson, encargado de Relaciones Públicas del Servicio Secreto, me consiguió el pase oficial de prensa para viajar a Plains, Georgia. Yo ya conocía a Carter como exgobernador desde 1972; ahora me interesaba observar de cerca al futuro presidente.

          En Plains compré algunos recuerdos. Entre ellos, un pequeño libro que aún conservo: Why Not the Best??. Era una carta de presentación moral, sencilla, sin grandilocuencia. Al regresar a Santo Domingo se lo mostré a Juan Bosch. Bosch venía marcado por el golpe de Estado de 1963, la intervención militar de 1965 y una profunda desconfianza hacia los procesos electorales. Carter lo sorprendió. Le costaba creer que Estados Unidos hubiese elegido a un hombre así, por esa vía.

          Pero aquel libro, aquel resultado electoral y todo lo que yo le conté de Washington le abrieron una grieta de esperanza a Juan Bosch.

          No fue inmediato. Fue un proceso. Entre finales de 1976 y mayo de 1977, el Partido de la Liberación Dominicana desarrolló un amplio debate interno. El resultado fue histórico: decidir participar en las elecciones de 1978.

          En mayo de 1977 fueron proclamados Juan Bosch como candidato presidencial y Rafael Alburquerque como candidato vicepresidencial. Bosch fue claro: no íbamos a las elecciones para ganar, sino para demostrar que éramos un partido distinto.

          El resto es historia: 1978, 1982, 1986, 1990, 1994, 1996. Pero el punto de inflexión —pocas veces reconocido— nació allí, entre Watergate, Carter, Plains y un libro pequeño.

          La historia no avanza en líneas rectas, sino en conexiones humanas: una oficina en Washington, un periodista joven, un amigo de Fidel Castro que fue miembro del Cuerpo de Paz, unas cintas grabadas en Cuba, un libro comprado en Georgia y una conversación con Juan Bosch. Así se mueven las placas profundas de la política.

          Conexiones internacionales y legado político

          Post Data

          Años después, tras el desmantelamiento de dictaduras en América Latina y Europa, Juan Bosch viajó en 1989 a Foggy Bottom junto a Leonel Fernández y Euclides Gutiérrez Félix. Allí, un alto funcionario del gobierno de George Bush padre, Bernard Aronson, aseguró que si el PLD y Bosch ganaban las elecciones, Estados Unidos aceptaría su retorno al poder. Carter fue observador electoral en 1990 y volvió en 1996. Estoy convencido de que, de haber ganado antes, Bosch habría gobernado con relaciones cordiales con Washington. Leonel Fernández y Danilo Medina, ambos discípulos de Bosch, así lo demostraron.