Expertos advierten que la presidencia estadounidense y el financiamiento selectivo podrían afectar la legitimidad del organismo.
Santo Domingo.– En estos días de Enero 2026, el presidente de los Estados Unidos Donald J. Trump ha lanzado oficialmente lo que denominó el “Board of Peace” (Junta de Paz), una nueva estructura internacional concebida inicialmente como instrumento para poner fin al conflicto en Gaza y, más ampliamente, como un mecanismo alternativo de gestión de conflictos globales.
La iniciativa fue presentada en el Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza, en un acto cargado de simbolismo político y diplomático, donde Trump firmó la carta constitutiva del organismo junto a representantes de varios Estados invitados.
El Board of Peace surge como parte de un plan más amplio impulsado por Trump desde finales de 2025, conocido como su “plan de veinte puntos para la paz”, orientado a cerrar el ciclo de violencia entre Israel y Hamas, reconstruir Gaza, garantizar su desmilitarización y promover un nuevo marco de gobernanza bajo tutela internacional.
En el discurso de presentación, Trump afirmó que la comunidad internacional había fracasado durante décadas en ofrecer soluciones prácticas y que era necesario “crear algo nuevo, eficiente y con capacidad real de decisión”.
Según su carta fundacional, el Board of Peace tiene como objetivo promover la estabilidad, restaurar gobiernos funcionales en territorios devastados por la guerra y asegurar condiciones mínimas para una paz duradera.
El documento establece una estructura claramente centralizada: el presidente de Estados Unidos actúa como presidente del organismo, con amplias facultades ejecutivas para convocar países, designar autoridades internas y definir prioridades de intervención.
Uno de los elementos más controvertidos del nuevo organismo es su sistema de membresía. Los Estados pueden integrarse como miembros ordinarios por períodos limitados, generalmente de tres años, mientras que aquellos que realicen una contribución financiera extraordinaria —fijada en mil millones de dólares— obtienen un asiento permanente.
Este modelo ha sido interpretado por numerosos analistas como una ruptura radical con el principio de igualdad soberana que rige en el sistema de Naciones Unidas.
Entre ellos figuran Arabia Saudita, Turquía, Egipto, Jordania, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Pakistán, Indonesia y Bahréin, así como Estados de Europa oriental y Asia Central como Albania, Bulgaria, Kosovo, Armenia, Azerbaiyán, Kazajistán y Uzbekistán. En América Latina, Argentina ha manifestado su respaldo inicial a la iniciativa.
La ausencia de las principales potencias globales es, sin embargo, significativa. China y Rusia no han anunciado su adhesión y han mantenido una actitud de cautela.
En Europa occidental, países como Francia, Reino Unido, Noruega y Suecia han declinado participar, expresando reservas sobre la legitimidad del organismo y su posible impacto sobre el sistema multilateral existente.
Uno de los puntos más observados fue el tono de Trump respecto a la Organización de las Naciones Unidas. En su discurso en Davos, el presidente evitó un ataque frontal contra la ONU, algo poco habitual en su retórica histórica, y afirmó que la Junta de Paz no busca “destruir ni reemplazar” a las Naciones Unidas, sino colaborar con ellas allí donde sea posible.
Trump sostuvo que el Board of Peace podría hacer “cosas en común” con la ONU, especialmente en materia de reconstrucción, supervisión de acuerdos y canalización de ayuda internacional, aunque dejó claro que su organismo actuaría con mayor rapidez y con menos bloqueos políticos.
Esta ambigüedad —cooperación retórica, competencia práctica— ha alimentado el debate diplomático sobre si la Junta de Paz terminará erosionando el papel central del Consejo de Seguridad.
Las críticas no se han hecho esperar. Diversos expertos y diplomáticos han advertido que un organismo presidido de facto por un solo país y financiado mediante aportes selectivos corre el riesgo de convertirse en una herramienta de poder geopolítico más que en un verdadero foro multilateral.
Otros, sin embargo, reconocen que la parálisis del sistema internacional actual ha creado un espacio político para experimentos institucionales de este tipo.
Más allá de las controversias, el Board of Peace marca un punto de inflexión en la discusión sobre el orden internacional posterior a la Guerra Fría. Su sola existencia plantea interrogantes sobre el futuro del multilateralismo, el liderazgo estadounidense y la viabilidad de nuevos formatos de gobernanza global en un mundo crecientemente fragmentado.
Si este organismo logrará resultados concretos o quedará como un episodio más en la larga historia de intentos fallidos por imponer la paz desde arriba, es una pregunta que solo el tiempo podrá responder.