Frank Cabral, Juan Bosch y las escuchas que marcaron una época
Las grabaciones de Cabral revelaron fracturas militares y contribuyeron a la memoria secreta del poder en República Dominicana.
Actualizado: 14 de Enero, 2026, 08:35 AM
Publicado: 14 de Enero, 2026, 08:31 AM
Víctor Grimaldi Céspedes.
Santo Domingo.– Frank Cabral pertenecía a una estirpe de operadores del poder que hoy parece salida de una novela de otro siglo.
Para intervenir un teléfono no bastaba un programa ni una orden judicial: había que mandar a un hombre a treparse a un poste de luz, clavar una pinza en un cable de cobre y escuchar con auriculares el murmullo íntimo de voces ajenas.
Cada escucha dejaba huellas físicas y morales.
En ese mundo analógico, cada grabación era una apuesta contra la vida.
Cabral dominó ese oficio peligroso y por eso, durante décadas, se movió en el centro mismo de las tormentas políticas dominicanas.
A inicios de los años dos mil, sentado frente a él y al entonces ministro de las Fuerzas Armadas, le recordé un hecho que le abrió los ojos como si acabara de escuchar un disparo: Juan Bosch le había salvado la vida.
Bosch no era su amigo ni tenía razones personales para protegerlo. Sin embargo, en 1982, cuando Cabral fue arrestado por intervenir ilegalmente los teléfonos de Bosch, de dirigentes del PLD y hasta —según se decía— del propio presidente Antonio Guzmán, la República Dominicana estuvo a un paso de cruzar una línea oscura.
El PLD ya no era el partido diminuto de 1978; se perfilaba como una fuerza que rondaba el diez por ciento del electorado.
Cuando una persona ingresaba al Despacho de don Juan situado puerta a puerta de su Residencia de la avenida Cesar Nicolás Penson, Juan Bosch immediatamente encendía a todo volumen su radio con musica o noticias para confundir al interceptor. Se sabía que aún con los botoncitos cerrados, se espiaban las conversaciones a través del telefono.
La Avanzada Electoral que apoyaba a Salvador Jorge Blanco desató una campaña sucia, una guerra de spots, rumores y escuchas. Se vinculaba a Cabral con la Avanzada.
A Cabral se le atribuía ser el operador técnico de aquella maquinaria. Bosch denunció el espionaje. Cabral fue detenido. Y entonces llegó el mensaje: el jefe de la Policía, ofrecía "arreglar" el caso. En el idioma real del poder dominicano, aquello significaba desaparecerlo.
Bosch respondió con una dignidad que todavía resuena: no era hombre de mandar a matar a nadie. Que se respetaran los derechos del detenido. En ese instante, Frank Cabral siguió respirando.
Pero esa no fue la primera vez que la muerte rondó su nombre.
En julio de 1974, bajo el gobierno de Joaquín Balaguer, fue capturado por el alto mando militar con los equipos de intervención telefónica expuestos como armas de guerra.
El contexto era un volcán: antes había caído el helicóptero presidencial en mayo, y los cuarteles hervían de sospechas y traiciones. En ese clima, Orlando Martínez publicó en El Nacional transcripciones de conversaciones militares interceptadas, revelando fracturas que nadie debía oír.
Siempre se supo, en los pasillos donde se guarda la verdad, que esas cintas venían de Cabral. Los militares lo detuvieron. Pudo haber sido ejecutado. No lo fue porque Balaguer eligió otra salida: el exilio. España lo recibió hasta después del cambio político de 1978.
El 17 de marzo de 1975, Orlando Martínez fue asesinado. Juan Bosch dijo después, más de una vez, que aquellas publicaciones de conversaciones interceptadas fueron una de las causas de su muerte.
Si fue así, las cintas que pasaron por las manos de Cabral quedaron marcadas con la sangre de uno de los periodistas más valientes del país.
Dos presidentes, por razones distintas, evitaron la eliminación de Cabral: Balaguer en 1974 y Bosch en 1982. En ambos casos, la razón era la misma: sabía demasiado. Había estado en el corazón técnico del espionaje político, donde las palabras privadas se convierten en armas públicas.
Esta historia no es una anécdota. Es una ventana a la memoria secreta del poder dominicano, a una época en que micrófonos, cables y cintas magnéticas podían decidir elecciones, destruir reputaciones o provocar asesinatos.
Y es también el retrato de Juan Bosch como un hombre que, aun teniendo en sus manos la vida de un adversario, eligió la ley y la dignidad por encima de la venganza.


