Svalbard y Groenlandia: la nueva frontera del poder mundial
La militarización rusa y las inversiones chinas intensifican la competencia por el control del Ártico.
Actualizado: 14 de Enero, 2026, 08:08 AM
Publicado: 13 de Enero, 2026, 08:53 PM
Victor Grimaldi Céspedes.
Santo Domingo.– El mundo volvió a mirar hacia el Ártico no por romanticismo polar ni por expediciones científicas, sino porque el hielo se está retirando y detrás del hielo aparecen los intereses más duros del siglo XXI.
Groenlandia, territorio danés situado más cerca de Washington que de Copenhague, y Svalbard, archipiélago noruego gobernado por un tratado internacional peculiar, se han convertido en las dos piezas más frágiles y más codiciadas del tablero geopolítico global.
El presidente Donald Trump no habló de Groenlandia por capricho. Habló de ella porque el Ártico ya no es un desierto blanco: es una autopista marítima, un depósito de minerales estratégicos y una plataforma militar de primer orden.
Quien controle el Ártico controlará las rutas del comercio del futuro, el acceso a tierras raras, cobre, litio y cobalto, y la capacidad de vigilancia sobre misiles, satélites y comunicaciones intercontinentales.
Groenlandia es el corazón de ese sistema. Es una masa continental gigantesca, mayor que Alemania, Francia, España, Italia y Reino Unido juntos.
Está situada entre América del Norte y Eurasia, justo donde pasan las trayectorias de los misiles balísticos y las órbitas de los satélites. Desde la base estadounidense de Thule —hoy Pituffik— Washington vigila el espacio y los movimientos estratégicos rusos. Perder Groenlandia o permitir que China o Rusia se instalen allí significaría abrir una brecha mortal en la seguridad de Estados Unidos y de todo Occidente.
China lo sabe. Por eso ha intentado durante años infiltrarse en Groenlandia con inversiones, proyectos mineros y "cooperación científica".
Detrás de esa diplomacia amable se esconden las verdaderas prioridades del Partido Comunista: asegurarse el acceso a tierras raras, minerales críticos para la industria militar, la inteligencia artificial, los misiles y las baterías del futuro.
Rusia también lo sabe.
Por eso ha militarizado el Ártico, ha reactivado bases soviéticas abandonadas y ha desplegado submarinos nucleares y radares a lo largo del círculo polar.
Svalbard es el espejo noruego de ese mismo conflicto. A diferencia de Groenlandia, no es una gran isla sino un archipiélago helado cerca del Polo Norte, pero posee una peculiaridad explosiva: un tratado firmado hace un siglo permite que ciudadanos de cualquier país se establezcan allí sin visa y realicen actividades económicas y científicas.
Durante décadas eso funcionó como una curiosidad legal y una utopía internacionalista. Hoy se ha convertido en una puerta trasera por la que entran los intereses estratégicos de Moscú y Pekín.
Noruega ha comenzado a reaccionar. Ha restringido la compra de tierras por extranjeros, ha limitado derechos políticos y ha reforzado su control sobre las aguas que rodean Svalbard. Lo hace porque ha descubierto lo que Washington ya sabía: el Ártico dejó de ser un territorio neutral y se convirtió en una zona de fricción entre imperios.
China y Rusia no van a observar osos polares. Van a medir señales, rastrear satélites, mapear recursos y posicionarse para el día en que el hielo desaparezca lo suficiente como para convertir el Polo Norte en un nuevo Mediterráneo.
Desde esta perspectiva, la obsesión de Trump con Groenlandia no es un capricho personal ni una excentricidad imperial. Es una reacción estratégica.
Estados Unidos no puede permitir que la potencia industrial y tecnológica china ni el imperio militar ruso dominen la puerta del hemisferio occidental. Lo que está en juego no es solo territorio, sino el equilibrio de poder del siglo XXI.
Quien controla Groenlandia y quien domina Svalbard controla los ojos y oídos del planeta. Desde allí se vigilan lanzamientos de misiles, se descargan datos de satélites, se rastrean submarinos nucleares y se protegen las rutas marítimas que pronto unirán Asia, Europa y América a través del Polo Norte.
Perder ese control sería entregar la supremacía estratégica a dos regímenes que no creen en la libertad política, ni en el pluralismo, ni en los derechos humanos.
Por eso Estados Unidos presiona.
Por eso Dinamarca resiste. Por eso Noruega endurece su política en Svalbard. Y por eso China y Rusia se sienten cada vez más incómodas cuando el Ártico deja de ser una zona gris y vuelve a convertirse en una frontera claramente occidental.
No se trata de colonialismo. Se trata de supervivencia geopolítica. En el mundo que emerge, donde la tecnología, la energía y la vigilancia determinan el poder, el Ártico es el nuevo corazón del planeta.
Y nadie que entienda mínimamente la historia puede creer que Washington vaya a permitir que Pekín y Moscú lo ocupen sin resistencia.
Groenlandia y Svalbard son hoy lo que fueron el Caribe en el siglo XIX o el Medio Oriente en el siglo XX: la bisagra del orden mundial.
Y en esa bisagra se decide algo más que territorios: se decide si el futuro será gobernado por sistemas de libertad o por imperios de control.


