El diálogo político y la memoria histórica dominicana se vieron afectados por eventos clave en 1973.
Santo Domingo.– La memoria no avanza en línea recta. Se mueve como el Caribe cuando empuja el mar contra la piedra: vuelve, insiste, retrocede y regresa con otra luz. Nada de lo que aparece aquí —las imágenes, los nombres, los años, las rupturas— pertenece a historias separadas.
La memoria
Todo forma parte de una sola narración que se manifiesta en escenas distintas. Es la historia de una generación que creyó en la palabra, y de un país que intentó pensarse a sí mismo mientras el tiempo lo ponía a prueba.
Una escena, en apariencia sencilla, lo resume todo: un estudio de televisión sobrio, dos sillones, papeles en la mano, una conversación sin gritos. El programa se llama Economía al Día. A un lado, el entrevistador escucha con atención; al otro, José Francisco Peña Gómez habla con la serenidad del político que todavía confía en que las ideas pueden más que los aplausos.
No hay mitin ni arenga. Hay diálogo. En aquella televisión —hoy casi irreconocible— la política se discutía con argumentos, y la economía era una preocupación nacional, no una consigna hueca. Allí la palabra tenía peso y responsabilidad.
Pero la memoria no se queda en el presente. Da un salto hacia atrás. Blanco y negro. Micrófonos alineados como testigos silenciosos. Una mesa larga en el Museo de Historia y Geografía, en 1985. Al centro, Juan Bosch, ya mayor, con los brazos cruzados y la mirada concentrada de quien sabe que la historia no admite frivolidades.
A su lado, historiadores, papeles, preguntas. Se habla de uno de mis libros, pero en realidad se habla de algo más profundo: de cómo se cuenta una dictadura, de cómo se explica una caída, de cómo se evita que la memoria se convierta en propaganda.
Bosch no habla como caudillo. Escucha. Piensa. Ese gesto —tan poco espectacular y tan profundamente ético— resume una forma de entender la política: pensar antes de mandar, comprender antes de juzgar. La historia, allí, no es consuelo ni revancha; es examen. El pasado reciente se disecciona con cuidado, porque todavía duele y todavía importa.
Debajo de esa escena aparece otra imagen de Bosch: la mano en la sien, la mirada hacia adentro. Historia y Testimonio. No hay título más exacto. Bosch fue ambas cosas a la vez: protagonista y conciencia crítica, actor del drama y narrador del proceso. Y quienes dialogan con él asumen la misma exigencia: darle al país una memoria verificable, no una leyenda cómoda.
El hilo se tensa cuando la memoria llega a 1973. Ese año no pasa; se queda. Es el año en que la esperanza se partió en dos. La ejecución de Francisco Alberto Caamaño, el 16 de febrero, ya prisionero, cerró brutalmente una expectativa que había nacido en 1965, cuando encabezó el gobierno constitucional que resistió la intervención militar estadounidense.
Para muchos dominicanos, Caamaño era una posibilidad abierta, una dignidad todavía en disputa.
Su regreso como guerrillero, a inicios de febrero de 1973, no solo estremeció al país. Aceleró una fractura que venía incubándose desde 1972 dentro del PRD. El desacuerdo entre Bosch y Peña Gómez dejó de ser soterrado. Se volvió irreconciliable. Y para quienes habíamos crecido creyendo que ambos representaban un mismo proyecto democrático, aquella ruptura fue una segunda derrota.
Diez años antes, el 27 de febrero de 1963, cuando Bosch asumió la Presidencia, el país creyó de verdad que la democracia, el progreso y la libertad podían caminar juntos.
El golpe de Estado de septiembre de ese mismo año y los traumas posteriores no mataron esa esperanza, pero la desplazaron. Algunos la depositaron en Joaquín Balaguer; otros la mantuvieron en el PRD. Por eso, cuando Bosch y Peña Gómez se enfrentaron, la frustración fue más profunda: no venía de los cuarteles ni de potencias extranjeras, sino desde dentro.
Éramos jóvenes, apasionados, convencidos de que todavía era posible un entendimiento. Con veintitrés años, uno podía creer que la razón histórica acabaría imponiéndose. No fue así. La ruptura se selló en noviembre de ese año, sin marcha atrás.
El tiempo, sin embargo, no destruye todos los puentes. Años después, el color regresa. Roma. Piedra antigua, mosaicos, silencio solemne. El mismo hombre que entrevistó, que discutió en mesas de historia, que creyó en el diálogo cuando parecía imposible, aparece ahora representando al Estado dominicano ante una de las historias más largas de Occidente. Traje oscuro, corbata roja, gesto sereno.
No es una ruptura con el pasado: es su continuación natural. La palabra que antes preguntaba ahora representa; la responsabilidad es mayor, el tono más contenido, pero el fondo es idéntico.
No hay contradicción entre el periodista, el historiador y el diplomático. Hay coherencia. Hay una línea clara: la convicción de que los países se construyen con ideas, con memoria y con palabra responsable.
Por eso este no es un álbum de recuerdos. Es un archivo vivo. La prueba de que la historia dominicana no solo se hizo en palacios o cuarteles, sino también en estudios de televisión, en mesas de debate, en redacciones jóvenes y en silencios reflexivos.
Al final, todo converge en una misma fidelidad: a la palabra pensada, a la palabra dicha y a la palabra representada. Porque lo que no se narra con rigor se pierde, y lo que no se representa con dignidad se traiciona. Esta historia, contada así, no busca cerrar heridas ni repartir absoluciones. Busca algo más difícil y más necesario: recordar para entender.