La encrucijada de los experimentos socioeconómicos mundiales

El análisis resalta la necesidad de instituciones sólidas y políticas inclusivas para transformar crecimiento en bienestar duradero.

Santo Domingo.– El siglo XXI no heredó ideologías puras, sino sistemas fatigados. Las grandes doctrinas económicas —liberalismo económico, socialismo real, socialdemocracia, tercera vía, socialismo del siglo XXI— llegaron a nuestra época cargadas de promesas incumplidas y de éxitos parciales.

Ninguna sobrevivió intacta al choque con la realidad histórica. Todas, sin embargo, dejaron huellas visibles en países concretos, como cicatrices que el tiempo no logra borrar del todo.

Modelos económicos en Cuba y China

En Cuba, el socialismo real se convirtió en un sistema de supervivencia prolongada. El Estado asumió la totalidad de la vida económica con la promesa de igualdad, pero el resultado fue una sociedad altamente educada y, al mismo tiempo, materialmente empobrecida.

La planificación central garantizó derechos básicos, pero sofocó incentivos, innovación y libertad económica.

Las reformas parciales que fueron intentadas no modificaron la naturaleza estructural del modelo: el poder político siguió siendo el núcleo del sistema económico, y la economía, un instrumento subordinado a la preservación del control.

China rompió ese molde sin renunciar al control político. Introdujo mercado, competencia y acumulación privada, pero siempre subordinadas a un Estado fuerte y a un partido único. El resultado es una economía capitalista en funcionamiento, sin liberalismo político.

No es socialismo real ni liberalismo clásico, sino una forma de capitalismo de Estado disciplinado, donde el crecimiento se antepone a la libertad individual y donde la prosperidad se administra desde arriba como una concesión, no como un derecho.

Desafíos en Rusia, Estados Unidos y América Latina

Rusia transitó desde el socialismo soviético hacia un capitalismo incompleto. Privatizó activos, pero no instituciones; creó mercado, pero no competencia real. El poder económico quedó concentrado en élites estrechamente vinculadas al Estado. El resultado es un sistema donde la lógica económica está subordinada a la geopolítica y al control político, y donde la riqueza no se distribuye según productividad, sino según cercanía al poder.

En los Estados Unidos, el liberalismo económico sigue siendo la matriz dominante. El mercado genera riqueza, innovación y dinamismo, pero también desigualdad creciente y tensiones sociales profundas. El Estado corrige, pero tarde y de forma fragmentaria.

No es un Estado social europeo, sino un liberalismo con parches redistributivos, cada vez más cuestionado por su propia ciudadanía, atrapada entre la promesa de movilidad social y la realidad de la concentración del capital.

    Venezuela encarna el fracaso del llamado socialismo del siglo XXI. La redistribución sin institucionalidad, el uso político de la renta petrolera y la concentración del poder destruyeron la economía productiva. El discurso social sustituyó a la política económica, y el Estado terminó siendo simultáneamente omnipresente e ineficaz, incapaz de producir riqueza y obsesionado con administrarla ideológicamente.

    La Unión Europea representa el intento más estable de conciliación entre mercado y justicia social. La economía social de mercado combina competencia, regulación, derechos laborales y protección social. Su problema no es conceptual, sino demográfico, fiscal y geopolítico.

    Es un modelo costoso, pero civilizatoriamente avanzado, que demuestra que el mercado puede ser productivo sin ser cruel, aunque no inmune al desgaste del tiempo.

    En Brasil, Argentina y México la historia es pendular. Alternan ciclos de mercado y de Estado, sin consolidar plenamente ninguno. La debilidad institucional ha impedido que la socialdemocracia funcione como en Europa y que el liberalismo genere equidad sostenible. Son economías que avanzan, retroceden y vuelven a empezar, como si el desarrollo fuese siempre una promesa aplazada.

    Modelos en el mundo árabe y Asia

    En el mundo árabe, la experiencia ofrece otra lección. Países como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos construyeron economías rentistas basadas en recursos energéticos, con Estados fuertes, mercados controlados y sociedades políticamente disciplinadas. El bienestar material fue real, pero dependiente del petróleo y del gas. Hoy, estos países buscan diversificación económica sin democratización política plena, intentando modernizar la economía sin alterar el poder.

    En contraste, naciones comoEgipto muestran cómo un Estado fuerte sin crecimiento sostenido termina administrando escasez, no desarrollo.

    Asia ofrece modelos menos ideológicos y más pragmáticos.

    Japón representa un caso singular: una economía capitalista avanzada, con fuerte coordinación estatal, alto nivel de cohesión social y profundo sentido del deber colectivo. Japón no apostó ni por el liberalismo salvaje ni por el estatismo total, sino por una alianza silenciosa entre Estado, empresas y sociedad. Su crisis no es ideológica, sino demográfica: una población envejecida que pone a prueba un modelo exitoso construido sobre disciplina, educación y trabajo.

    Otros países asiáticos, como Corea del Sur y Singapur demostraron que el desarrollo acelerado requiere Estado fuerte, mercado dinámico y reglas claras. No fueron democracias plenas en su origen, pero entendieron que sin productividad no hay justicia social posible. El autoritarismo fue transitorio; la institucionalidad, permanente.

    Finalmente, la República Dominicana ha optado por una economía abierta, orientada al mercado, con fuerte atracción de inversión y crecimiento sostenido. Sus avances son reales, pero también lo son sus brechas sociales. El desafío no es ideológico, sino institucional: cómo convertir crecimiento en bienestar duradero, cómo pasar del éxito macroeconómico a la inclusión social sin destruir los motores de la economía.

    La conclusión es clara: no existen modelos universales, solo combinaciones históricas más o menos exitosas. El factor decisivo no es la etiqueta ideológica, sino la calidad del Estado, la fortaleza institucional y el respeto a la dignidad humana.

    Ni dogma ni nostalgia: lo que realmente funciona. El gran error del debate político contemporáneo es discutir etiquetas en lugar de resultados.

    Mientras algunos siguen defendiendo el mercado como si fuera un dogma religioso y otros evocan al Estado como si fuera un padre infalible, el mundo real avanza por caminos híbridos, llenos de contradicciones, ajustes y aprendizajes dolorosos.

    Cuba demuestra que la igualdad sin productividad empobrece. Venezuela confirma que la redistribución sin instituciones destruye. China prueba que el crecimiento puede lograrse sin democracia liberal, pero a un costo humano silencioso. Estados Unidos enseña que el mercado crea riqueza, pero no justicia automática. Europa recuerda que el bienestar es posible, pero caro y frágil. Japón y Asia muestran que la disciplina institucional importa tanto como la ideología. El mundo árabe advierte que la renta sin diversificación es una trampa elegante.

    América Latina, incluida la República Dominicana, no necesita copiar modelos ajenos ni resucitar fantasmas ideológicos. Necesita reglas claras, Estado competente, mercado productivo y políticas sociales serias. Ni socialismo romántico ni liberalismo salvaje.

    La verdadera discusión del siglo XXI no es izquierda contra derecha, sino instituciones fuertes contra improvisación, economía productiva contra rentismo, dignidad humana contra poder sin control.

    Ese es el debate que importa.

    Todo lo demás es nostalgia… o propaganda.